Las máscaras de Carnaval suelen ocultar la realidad

Juan Vicente Herrera ha sufrido una transformación y ahora empieza a decir las cosas claras

21.10.2015 | 00:14
Herrera llega a las Cortes.

Eso es lo que ha hecho el presidente de la Comunidad de Castilla y León, quitarse la máscara, en un ataque de sinceridad, y ofrecer una imagen más acorde con la realidad, abandonando ese club en el que los socios se encuentran inmersos en la vorágine del carnaval, la mojiganga y la mentira.

Ha tenido que ser en este momento, en el que Herrera no parece tener demasiada ilusión en seguir dirigiendo la Comunidad de Castilla y León -de hecho, dudó si presentarse o no en las pasadas elecciones- y encontrándose en una situación en la que lo mismo da firmar un decreto que fumarse un puro, ha optado por mostrarse más sincero, apeándose de la fea costumbre de practicar la ucronía. Ha tenido que ser ahora, y no antes, cuando un político, con mando en plaza, se ha quitado la máscara del día a día para acercarse a la realidad, para transmitir algo que la gente venía sospechando de los cargos públicos: esos que se entregan, en cuerpo y alma, a sus partidos, en lugar de hacerlo con las ciudades o regiones donde han sido elegidos para defender sus intereses.

Ha tenido que ser ahora cuando Herrera, con el calentón que le ha proporcionado el problema de la minería, y tras el ninguneo del Ministerio de Industria o más concretamente del ministro Soria, cuando ha decidido desmarcarse diciendo algo que podría haber estado barruntando desde hace tiempo, pero que no se había atrevido a hacerlo público, como le pasaba a Woody Allen en sus disquisiciones sobre el sexo. Ha dicho, con meridiana claridad, que el ministro del ramo no tenía ni pajolera idea del problema de la minería. Y soltándose aún más la melena -es un decir, dada su elocuente alopecia- ha afirmado que lo hace porque "es un político veterano que tiene la libertad y la independencia para, aun considerándose un militante hasta el último momento, tener una cierta independencia de juicio y de crítica". ¿Habrá querido decir que cuando no era veterano, ni nada por el estilo, no había disfrutado de independencia de juicio, ni de crítica, o que había sido un mandado, como gran parte de los cargos públicos nombrados con el sacrosanto dedo de la cúpula de los partidos?

De haber querido decir eso, extrapolando, podría llegar a colegirse que la fétida dulzura de la corrupción -como decía Bogart en "El sueño eterno"- aunque no haya sido catada por determinados cargos públicos, sí habría podido ser olida, aunque, eso sí, no denunciada, por mor de no haber llegado a alcanzar la categoría de veteranos y, por tanto, tener que vivir condicionados a la práctica de la obediencia ciega.

Más vale tarde que nunca. Porque eso de ver chuparse el pulgar con aire tímido, como suelen hacer determinados dirigentes, a estas alturas de la película no llega a convencer a nadie. De manera que estas declaraciones de Herrera ojalá sirvan para que otros hagan lo propio y empiecen a contar la realidad de las cosas. Ojalá que la clase política haga el esfuerzo de desenredar la madeja, de no complicar el guion -como hizo Faulkner con aquel "sueño eterno" de Bogart y Bacall, en el que no había manera de saber quién había matado al chófer del general- y de acostumbrarse a ser bien percibidos por la opinión pública, que les agradecería empezaran a prescindir de latiguillos como "la energía positiva", la "transversalidad", "los agentes sociales", "el mover ficha" y otras sandeces que se empeñan en repetir como papagayos por el mero hecho de haberlos recibido de las cúpulas de sus partidos. Ojalá comiencen a hacer uso de sus propias ideas, para que los ciudadanos puedan llegar a devolverles la confianza que les han tenido que retirar fruto de sus propios y continuos deméritos.

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