Querido Alfonso

Creí que tu muerte era una broma macabra y ahora aquí estoy, recordándote

30.09.2015 | 09:39
José Carlos Guerra

Querido Alfonso: no sé qué hago aquí escribiendo una carta que no has de leer. Justamente ayer colocaba en mi álbum la foto que me enviaste y en la cual los dos estábamos en Arco junto a alguien que confundimos con Guayasamil. Recordaba el momento y el día. Sonreí. Benedetti dice que el pasado es una colección de silencios. Silencios que no son capaces de borrar el ruido o el compás de la música y que solo ayuda a dulcificar los momentos amargos.

Hace un rato, alguien me da la noticia de tu muerte. Creí que era una broma macabra a la que nos tenías acostumbrados. Y yo, mientras te custodiaban tu familia y tus amigos, paseando por Sanabria, tratando de buscar esa luz tan íntima y de la que tanto nos gusta disfrutar a los pintores zamoranos. Paso páginas de un catálogo y leo en esa luz verde y roja de tus paisajes, la juvenil factura, el corte de mangas a la tristeza y las ganas de vivir constantes.

Recuerdo la última vez que te vi con vida en un encuentro inesperado, primero Antonio Pedrero, luego llegaste tú con tu bonhomía. Encuentro casual, no buscado y para mí entrañable.

Mucha agua ha pasado sobre las aceñas del Duero desde las primeras exposiciones juntos, pero sobre todo, aquella de El Círculo no del cerco, que nos llevó a León.

Aún te recuerdo en el taller del Castillo, volcado sobre el tórculo e impartiendo tu sabiduría a críos que no entendían el pañuelo de seda, de colores chillones o del pendiente en el lóbulo de tu oreja.

Muchas veces, cuando por desgracia, he tenido que visitar el hospital y al detenerme ante la obra de Antonio, veía en cada cabeza de cada figura, tu cabeza y en cada rostro barbado tu rostro.

No entiendo cómo el ser humano puede soportar tanta pena y tanto dolor.

Alguien se acercó a mí cuando María agonizaba para decirme: que Dios no nos dé de una vez todo el peso de la pena que podemos soportar. No hace falta cuando, un solo gramo, nos derrumba y nos desgarra.

¿Para qué sirven tantos cristos como los que pintaste? ¿Para qué esos cielos planos y esas llanuras exentas de árboles?

Solo te pido una cosa y es que construyas una nube, en eso sí que te echará una mano Luis Quico, una morada para los pintores zamoranos. Una nube con una sola calle a la que llamar Santa Clara y una taberna que puede ser La Golondrina, donde un día reunirnos todos, porque será la única forma de hacer la eternidad más entretenida.

Descansa en paz allí donde estés y si ves a María, mi mujer y tu amiga, dile que todo va como ella quería.

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