Crónicas de un paso de cebra

Sobre la dulzura

Las humanidades no pueden desaparecer de los planes de estudios

29.09.2015 | 08:52
Concha Ventura

Cada poco tiempo los que nos gobiernan reinventan un nuevo plan de estudios para que alumnos y profesores tengan que comprar nuevos libros, cambiar el orden de las programaciones, generar papel y más papel con informes que apenas nadie lee, burocracia pura y dura, restando tiempo para la verdadera función del magisterio. Con lo fácil que sería llegar a un acuerdo para que todos los implicados en el proceso educativo tuvieran una visión de conjunto y se sentaran las bases de lo que de verdad importa.

He visto por la tele la proeza del equipo de baloncesto español que vuelve a ser campeón de Europa, y he notado en ellos, motivación, ganas de superación ante la adversidad, el desarrollo de una fuerza sobrehumana, pero sobre todo entrega, trabajo y esfuerzo, mucho esfuerzo. Ahí anida el germen de una verdadera educación. También en prestar atención a la formación emocional, a la creatividad, a los valores, a los idiomas, a las nuevas tecnologías y a una combinación equilibrada entre materias humanísticas y científicas y poco más.

Para que un pueblo pueda desarrollarse en su totalidad se debe ofrecer la posibilidad de conocer la base de la que se parte, y nosotros, lo queramos o no, formamos parte de la cultura occidental, "Somos los griegos".

Todo esto viene a cuento, porque para entender nuestra forma de pensar, por ejemplo, el arte occidental, la iconografía y la iconología (no solo la representación de las cosas, sino también la evolución de su significado) que se esconde detrás de una Capilla Sixtina, no podremos entenderlas nunca, si no sabemos historia sagrada, sus mitos y leyendas, porque han ido forjando el riquísimo acervo cultural que poseemos. Todo ello hará posible adquirir un verdadero aprendizaje, porque para aprender no solo hay que mirar, sino ver, interpretar y trascender la realidad que nos ha tocado vivir, y por eso, hemos de entender además la historia de las religiones. Y defiendo a ultranza, por supuesto, la libertad de culto en la sociedad, unida ésta a la tolerancia en todos los sentidos, sin permitir que ningún grupo ejerza violencia contra los que no practiquen lo mismo, (esto es fundamental en el mundo entero, pero especialmente en las sociedades democráticas), así como la laicidad en los sistemas de estudio.

Siempre me han llamado la atención los personajes de Sansón y Daniel entre los leones, por su fuerza sobrehumana.

Se sabe que el primero fue un personaje del Antiguo Testamento, al cual, al nacer le fue concedida una fuerza descomunal, siempre que no se cortara el pelo.

Sansón se enamoró primero de una filistea, una mujer que era considerada indigna por los de su tribu por no pertenecer a la misma. Y esta señora fue la causante de todas sus desgracias. Un día, Sansón presentó un enigma a los filisteos, debían encontrar su significado "Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura". Les daría 30 vestidos de lino y 30 de fiesta si lo resolvían, en caso contrario se los tendrían que entregar ellos a él.

Ella, con artimañas, le sonsacó la solución y se la pasó a los de su pueblo. Los filisteos se burlaron de él al darle la respuesta correcta: la abeja y el león; y en un arrebató, al conocer el engaño, se cargó a los 30 con una quijada, en esa época las quijadas eran las armas de destrucción masiva, y se cargó luego a otros treinta mil; al poco tiempo abandonó a la que iba a convertirse en su mujer. Más tarde, se volvió a dejar engañar por otra señora, a la que confesó que su fuerza le venía de su larga cabellera, y esta, a cambio de una fuerte suma de dinero, se la cortó, mientras el dormía. Fue así apresado fácilmente y conducido a prisión.

El día de la fiesta del dios filisteo Dagón, lo llevaron al templo para que los divirtiera y le pidió al lazarillo que lo acompañaba, que lo dejara cerca de las columnas que lo sustentaban. Oró a su dios y recuperó su poder, derribando el templo y provocando una gran mortandad.

Por otra parte, en Zamora, poseemos algunos ejemplares de Daniel entre los leones, un hombre bueno que vivió en la Babilonia del rey Darío, a quien algunos envidiosos lo acusaron de adorar a un dios que no era su rey. Darío ofendido lo echó al foso de los leones y su dios lo salvó. Hay uno, en la iglesia de Santa María la Nueva en una de las ventanas del ábside, donde aparece un hombre levantando unos leones con las manos. Y aunque se trata de dicho héroe, este tiene su origen en un personaje anterior, porque los constructores de la iglesia vinieron de oriente o tenían claras influencias orientales. Se trata de Gilgamésh, personaje legendario de la tradición sumeria, cuyas hazañas están recogidas en el Poema de Gilgamésh, hombre de fuerza descomunal. En el Louvre se puede ver una de sus representaciones, que adornaba los muros del palacio de Sargón, con un león en los brazos.

Y otro Daniel, maravilloso, es el de la iglesia visigoda de San Pedro de la Nave, que aparece curiosamente entre dos leones que están en un lago de agua lamiendo las olas.

Qué ha podido pasar para que personajes de fuerza inusual hayan aparecido tallados de manera tan desigual. Pues que la historia del mundo y de las civilizaciones se va forjando sobre capas de cultura que se entrelazan y superponen a lo largo del tiempo, y todo ese engranaje la enriquece. Toda mezcla amplía el significado de las cosas y del universo conocido.

Este Daniel de época visigoda es representado en el agua porque, el maestro cantero que lo talló ya no hablaba latín tardío, es visigodo, (S. VI-VII) época en que se empieza a usar el romance, la lengua que nosotros hablamos hoy de manera mucho más evolucionada, y la palabra lacum, pasó de significar en latín lugar arenoso, al romance, lago o lugar de agua.

Y a pesar de la diferencia, todos pensamos que tanto el Daniel de la iglesia de Santa María la Nueva, como el Daniel de San Pedro de la Nave son la misma persona, cargados de simbolismo e influencias, enriquecidos por el poso de los siglos que van remodelando las historias antiguas y ofreciéndonos repuestas a todos los enigmas que los hombre nos podamos ir planteando.

Se hace necesaria una revisión de los programas educativos para que las humanidades no desaparezcan, para que aprendamos no solo a comprender el sentido de la comida de la abeja o la dulzura del león, león que el héroe mató y en el que se instaló un panel de abejas, sino para entender que occidente, hasta ahora ha estado sustentado en leyendas y mitos que han configurado nuestra historia y si no la entendemos, estaremos condenados a repetirla, porque somos los griegos.

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