La columna del lector

Carta a mi padre, Juan José Román Pérez

23.09.2015 | 00:20
Juan José Román Pérez.

La vida de mi padre desde su nacimiento hasta su muerte estuvo marcada por múltiples acontecimientos personales y sociofamiliares que determinaron su personalidad polemista, vehemente y apasionada. Durante su infancia y juventud vivió muchos infortunios, condicionados por el triunfo franquista en la "guerra incivil" según él la definió, que le alentaron en su lucha y esfuerzo por la superación dentro de un contexto familiar republicano. El repetía hasta la saciedad "en mi hambre mando yo" y su objetivo era "sentirse persona". De ahí el largo peregrinaje que marcó su vida. Pasó miserias y apenas asistió a la escuela, pero ya con 8 años inició su actividad laboral en diversos trabajos: panadero, recolector de aceitunas, peón albañil, herrero, etc. Finalmente, entró en la Administración Pública, lo que le proporcionó a su familia el bienestar siempre perseguido por él.

Él se definía como autodidacta que no esperaba ser canonizado y este pensamiento ha sido un fiel reflejo de la realidad. Fruto de ello fue la publicación de su libro "Del Salor al Bajo Duero" en el año 2004.

Hombre de nula formación en sus orígenes, con 40 años y ya en la Función Pública, inició su formación académica con el objeto de obtener los títulos necesarios para consolidar su puesto de trabajo y poder promocionarse en un futuro. Consiguió los títulos con gran esfuerzo y dificultad, al robarle mucho tiempo de dedicación a su familia, a pesar de que su objetivo no era otro que proporcionarle a esta un clima de bienestar.

Toda esta sucesión de avatares condicionaron su personalidad: muy sumisa en el seno familiar, pero muy combativa y polemista fuera de dicho entorno.

En este mismo medio escrito lo conocerán por sus polémicos artículos, mediante los cuales él defendía las ideas que bajo su conciencia eran justas, a pesar del perjuicio que le pudiera causar esa lucha que ejerció desde su niñez.

Buen esposo, obsesivamente pendiente del cuidado de mi madre de salud vulnerable, aunque no la complaciera en otros temas como los relacionados con el "orden doméstico". Hombre paciente en el seno familiar donde los hubiera. Padre bonachón en exceso, atípico para la época, al no importarle incluso "ser el último mono" en el reparto de dádivas y preferencias dentro de ese seno familiar. A él le gustaba que lo tratáramos como un amigo ignorando que esa actitud no le favorecería.

Uno de sus iconos de identidad era el presumir de los éxitos de sus hijos y sus nietos. También, ¡cómo no! de sus propios logros, por el esfuerzo que le supuso llegar a donde llegó. Hombre de grandes valores humanos: orgulloso, sensible, sentimental y defensor a ultranza de sus ideas. En la fase final de su vida, algo egoísta, intransigente e indisciplinado, rasgos muy comunes en personas de edad avanzada que desencadenaron alguna que otra disputa entre nosotros.

Desde Tenerife le he dedicado a él y a mi madre mis 35 períodos de vacaciones anuales, yendo a Zamora para dedicarles el tiempo que mi trabajo me ha permitido, más los períodos que ellos pasaban en la isla. Mi pena ha sido no haber podido compartir más tiempo, aunque sentimentalmente el vínculo ha sido muy fuerte. Las conversaciones telefónicas con él eran diarias porque sé que lo necesitaba, en especial en su fase final cuando estaba envuelto en un sufrimiento emocional que él trataba de disimular.

Papá, nunca me hiciste caso en trasladarte a Tenerife en dicha fase final, aunque fuera por temporadas, aun sabiendo que mamá ya estaba protegida. Está claro que "ni con mamá ni sin ella". No fuiste capaz de hacerlo. Quizás porque eras poco valiente para el desplazamiento por "tus dolencias", como tú decías. Quizás por la presión que tú percibías respecto al "qué dirán". Quizás porque tu obsesión de sobreprotección sobre mamá te impedía hacerlo. No sé. Nunca entendí que te costara tanto dar ese paso.

Mi último contacto con él fue en la tarde noche del 01/08/2015 cuando me participó que se encontraba mal y me quedé con el "tú tranquila hija". Fue la frase de despedida. Me queda la pena de no exigir al centro donde vivía la derivación al hospital cuando contacté telefónicamente para transmitirles mi inquietud. Opté por la prudencia y me limité a reservar mi preocupación y esperar a llamar al día siguiente, pero ya era tarde. Tú ya te querías ir. Yo pensaba que lo decías con la boca pequeña, pero la expresión de tu cara a finales de julio te delataba ese sinvivir. Luchabas ante situaciones para ti injustas que chocaban con la necesaria disciplina del centro y que, al tener yo conocimiento de ellas, me arrancaron algunas broncas hacia tu persona. Fui un poco egoísta, porque yo no quería problemas. A lo mejor tendría que haberte escuchado más y entender y medir el alcance de tu sufrimiento.

Te fuiste el 02/08/2015, el día de Nuestra Señora de los Ángeles o Madre de los Cielos, como dicen sus devotos. Casualidad o no, elegiste marcharte ese mismo día; tú estabas destinado a ser uno de esos ángeles. Estoy segura de que allí tenías reservado un espacio privilegiado.

Muchos te queríamos y yo siento que se ha ido la persona que más me quería en el mundo. Me acuesto y me levanto con tu recuerdo. Siempre vivirás en mí. Descansa en Paz.

Con todo mi amor.

Rosi Román (Tenerife)

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