editorial

Que nuestros mayores no mueran solos y olvidados

20.09.2015 | 00:06
Que nuestros mayores no mueran solos y olvidados

La muerte de Antonio Velasco, el ganadero de Villardiegua obligado, años atrás, a sacrificar su cabaña de vacuno, dejó consternados esta semana a los vecinos de su pueblo y a la comarca de Sayago. Cuando lo encontraron, hacía días que había fallecido por causas naturales en su propia casa, sin ninguna otra persona al lado. Los continuos ladridos del perro alertaron a los vecinos. Vivía solo, como se estima que lo hace el 15% de los mayores de 65 años en una provincia que encabeza las listas de envejecimiento según todas las estadísticas y en la que cerca de 30.000 personas han cumplido los 60. Zamora, es, además, una de las provincias españolas con más octogenarios, cerca de 10.000, rozando el umbral de la esperanza de vida que alcanza poco más de los 80 en los hombres y supera los 86 en el caso de las mujeres. Estas son, además, las que integran más a menudo los hogares donde habita una sola persona, generalmente viudas.

Los mayores zamoranos, que se enfrentan al último tramo de sus vidas con pensiones exiguas, unos 700 euros al mes de media, son los que más sufren los recortes sociales y el copago. Buena parte de ellos los asume en soledad, una incómoda compañera de viaje cuando la salud se tuerce, como le ocurrió al ganadero sayagués. La muerte de ancianos solos en sus casas cada vez es un hecho más frecuente, no solo en el medio rural, sino también en las ciudades.

La soledad puede ser una opción tomada libremente o llegar sobrevenida, pero los mayores tienen derecho a elegir continuar viviendo en su propia casa con unos márgenes mínimos de seguridad hasta el final de sus días. La tecnología permite hoy llevar ayuda a la mayoría de los rincones de la provincia. Prestaciones como la teleasistencia, a la cual están suscritos más de 11.000 personas en la provincia, puede ser una buena medida, que debería incentivarse y que obliga a cuidar el estado de las telecomunicaciones en la provincia para garantizar la calidad del servicio. La existencia de comedores colectivos abiertos por la Diputación también ofrece una posibilidad real de convivencia y de control de la nutrición de los mayores, aunque deba todavía erradicarse la equivocada asociación de ideas con la "comida de caridad para pobres" en pro de una mayor concienciación sobre el cuidado integral para las generaciones que han contribuido generosamente a la sociedad con su trabajo durante la etapa activa y que ahora deben encontrar en ella suficiente amparo.

Los mayores representan una parte que cobra cada vez mayor peso específico en la demografía zamorana. Suponen más del doble en población frente a los menores de 15 años censados en la provincia. Atesoran experiencias y conocimientos que deben transmitirse a las siguientes generaciones. Resultaría oportuno recuperar iniciativas como la que puso en marcha hace unos años la Universidad de Salamanca para fomentar el alojamiento de jóvenes estudiantes del campus en hogares de mayores solos: compartir piso con "abuelos adoptivos" estimula el necesario intercambio generacional y el respeto por los mayores, uno de los valores que debe mantener una sociedad sana. A cambio, los más jóvenes, además de compañía podrían ayudar a sus anfitriones a manejarse en un mundo radicalmente distinto al que conocieron otras generaciones. Este tipo de experiencias es únicamente una muestra de las múltiples formas de fomentar el envejecimiento activo y el acceso a las ventajas que las nuevas tecnologías pueden ofrecer a la población de más edad que no ha tenido oportunidad de adiestrarse en su manejo.

Trasladar experiencias similares al ámbito rural resulta, a priori, más difícil lo que obliga a buscar fórmulas de asociacionismo, incluso a la creación de una especie de "red centinela" entre los propios habitantes del pueblo para detectar las situaciones de deterioro que acarrea el lado más oscuro de la soledad. La finalidad es allanar obstáculos para un colectivo creciente del que, tarde o temprano, todos formaremos parte. De nada sirve mirar para otro lado. El problema está ahí, lacerante. Toca arremangarse y hacer cuanto haya que hacer para evitar que nuestros mayores se mueran solos y olvidados.

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