Zamoreando

¿Endriago?

No hay palabra más bonita en el diccionario que la de "madre"

07.09.2015 | 09:33
Carmen Ferreras

Cómo llamar a quien ha sido capaz de dejar morir de hambre, de sed, de soledad, de abandono, de dolor a la autora de sus días, a su madre? No hay palabra más bonita en el diccionario que la de "Madre", también en su versión familiar, "Mamá". A mí me parece que supera a cualquier otra. La de madre es una palabra llena de contenido que hay que pronunciar con amor y con las mayúsculas del respeto y la admiración. Resulta incomprensible que un hijo haga con su madre lo que ha hecho un tinerfeño de 39 años, acusado de un delito de homicidio por omisión. Dejó morir a su anciana madre de 76 años.

Cuando los sanitarios acudieron al domicilio de la anciana se encontraron con el cadáver de Ana Delia que se hallaba en posición fetal, apenas 25 kilos de peso, llagas por todo el cuerpo y síntomas de no haber recibido la más mínima atención durante un largo, larguísimo periodo de tiempo. Ni alimentación, ni higiene, ni compañía, ni amor. Ana Delia careció de todo lo que a buen seguro ella dio a manos llenas. El último tramo de su vida no pudo ser más espeluznante. Una vida que el desamor de su hijo acortó, no me cabe duda. Ni besos ni pan. Ni agua ni caricias. Ni mimos ni aseo. Justo cuando la madre más lo necesitaba.

Si todas las madres hicieran lo que ese endriago hizo, cuando sus hijos pasan por la etapa de bebés, el mundo se acabaría pronto. Además del presunto delito de homicidio por omisión a este hijo desnaturalizado y egoísta que desoyó los ruegos de su madre que clamaba por un pedazo de pan y un vaso de agua, hay que acusarle también de violencia de género. El abandono de personas ancianas es una forma horrible de violencia que debiera ser impensable en nuestros días donde rasgarse las vestiduras por los demás es tan fácil, mientras dejamos a los nuestros al albur de la soledad, del hambre y del abandono más absoluto, cuando no de la violencia física y psíquica.

A ese mal llamado hijo no se le puede dejar ir de rositas. Una madre vale más que una sentencia de los tribunales que siempre serán benevolentes con el hijo parricida. A veces no hay que manejar un arma, sea blanca o de fuego, para llamarse parricida, a veces solo basta la indiferencia, el desapego, el desamor para alcanzar esa indeseada condición. Al endriago, para justificarse, no se le ocurrió utilizar otro argumento que el de que su madre siempre fue muy delgadita. Además, cobarde. Ignoró a su madre hasta las últimas consecuencias, hasta el último aliento, hasta que el abandono al que la tenía sometida, encerrada en casa, anclada en la cama, se apoderó de su cuerpo desnutrido y frágil y expiró.

Ojalá no tengamos nunca más que hablar de este tipo de comportamientos ni hacernos eco de este tipo de noticias que dejan mal el cuerpo y el alma. Ojalá que la Justicia haga justicia a Ana Delia. Ojalá que haya un castigo ejemplar para este ejemplar de asocial y desnaturalizado que nos ha dejado a todos con el corazón encogido y clamando, si no venganza porque no podemos descender a su altura, sí la justicia más rigurosa.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine