La columna del lector

Los sueños de final del verano

04.09.2015 | 00:18

Cuando empiezan las vacaciones estivales el sueño común puede concretarse en dos palabras: desconectar y descansar. Sin embargo, al final del verano, se hayan cumplido o no nuestras expectativas iniciales -muchas veces imposibles por la presencia de ordenadores, móviles, y demás artilugios electrónicos-, surgen los sueños con los que nos pertrechamos para afrontar el que presagiamos, como siempre, largo y duro invierno.

Si las uvas del 31 de diciembre es el momento de hacernos retos para el año venidero, sobre todo, dejar de fumar -de ahí que los fumadores esa noche fumen (fumemos) desaforadamente bajo el sueño de que será la última vez que fumen (menos mal que yo nunca me he planteado semejante reto)-, el final del verano tiene una iconoclasia más variada a la que, distintamente a diciembre, la publicidad no solo no es ajena, sino que alimenta. Prescindiendo de los anuncios sobre la vuelta al cole, que, realmente, es más una pesadilla para grandes y pequeños, la publicidad da corporeidad a lo que en los últimos días del verano nosotros hemos ido fraguando en nuestra mente absortos en el vaivén de las olas, o el rumor de las hojas cimbreándose a mereced del viento: aprender idiomas sin demasiado esfuerzo, desde casa y en pocos meses -todavía en esto hoy el inglés sigue siendo el rey-, ir al gimnasio con la excusa inicial de rebajar los kilos cogidos en verano -en realidad, han sido cultivados amorosamente durante todo el invierno- y combatir el estrés de la vida diaria, y, por supuesto, empezar alguna colección que nos haga sentirnos únicos y diferentes, que nos dé una especie de pátina de personalidad. Y aquí entran los anuncios de colecciones de lo más variopintas: relojes, plumas, abanicos, maquetas? Este año tres son las más llamativas: una colección para conocer distintos animales, incorporando, obviamente, la miniatura del animalito en cuestión, otra sobre guitarras y una, más intelectual, sobre la filosofía.

Bastarán unos días del otoño para que, en la mayoría de los casos, poco quede de nuestra colección y sus pocos restos iniciales descansen en alguna estantería de la casa hasta que, probablemente, nos mudemos y sean objetos que, como en toda mudanza -que siempre tiene algo de campo bélico- sean abandonados a su suerte.

Y es que, nos guste o no, somos presa fácil de nuestra rutina, esa que denostamos constantemente, pero que nos sitúa en una zona de confort que, aun siendo poco agradable, conocemos y nos da seguridad, e incluso comodidad. Recuerdo a un amigo que tuvo una pequeña perra durante quince años y durante catorce se estuvo lamentando de todo lo que le limitaba el hecho de tenerla, pese a que la quería, sin duda, pero que, además de sus necesidades comunes a todos los canes, añadía el no poder quedarse sola en la casa sin montar un estruendo. Cuando la perra murió, parecía que mi amigo había encontrado la liberación. Por fin el cine, el teatro, la cena con amigos, se convertirían en la realidad de su sueño de libertad. Cuatro meses después del óbito del can nos presentó a su nueva perrita.

Porque soñar es estar dispuesto a saltar al vacío y a afrontar el reto y, sobre todo, el esfuerzo de conseguir aquello que, se supone, nos hará más felices, más persona, más, en definitiva, nosotros mismos. Y esto es un vértigo que no todos están dispuestos a afrontar, quizá por el temor, consciente o inconsciente, ya expresado por Goethe, al señalar que hay que tener cuidado por si nuestros sueños se hacen realidad.

Luis M. Esteban Martín (Zamora)

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