Sonó la campana, ¡ya era hora!

Honorables gestores de la Generalitat catalana, cogidos in fraganti con el guante blanco aún puesto

02.09.2015 | 00:15
Sonó la campana, ¡ya era hora!

Lo del "tres por ciento" era "vox populi" en Catalunya, al menos en Barcelona. De eso hace ya, al menos, dos décadas -de hecho, lo soltó Maragall cuando se le escapó, hace diez años, en plena sesión parlamentaria, envainándosela mas tarde por órdenes superiores- mientras el molt honorable, por entonces president Pujol, era feliz administrando su fortuna en Centroeuropa. Y los nacionalistas de verdad, hacían castellers cada vez más grandes, con niños de menor edad en lo más alto y la barretina calada hasta el entrecejo. Todo el mundo lo sabía, pero nadie lo decía en público. Era algo así como una campana, una campana del yugo al badajo, pero nadie se atrevía a tocarla, con tal de no hacer ruido, no fuera a ser que se espantara el ganado. Mientras esto sucedía el resto del país era feliz, dejándose llevar por la ignorancia, el olvido intencionado o la falta de memoria. Estaba feliz el dueño de la campana, ya que recaudaba los "tres por cientos" de los contratos públicos, como también lo estaban aquellos que solo se atrevían a mirarla, pero sin osar tocarla, porque así les dejaban gobernar tranquilos en la meseta, sin los embistes propios de quienes decían que eran un partido inventado para eso, y para amagar con la independencia.

Pero las cosas fueron tomando otro cariz. El ex molt honorable y su saga familiar fueron puestos en evidencia. En evidencia de que más que luchar por el independentismo lo que se curraban de verdad era aquello de "salut i força al canut", aunque, eso sí, solo a nivel familiar. Algunos de los muy honrados alcaldes, consejeros, y gestores de entidades dependientes de la Generalitat han quedado retratados, y cogidos in fraganti con los guantes blancos aún puestos; la sede central del partido del gobierno catalán, expropiada por falta de liquidez y otras zarandajas; la fundación del Liceu, desviando la pasta de la cultura hacia bolsillos de dudosa reputación. Y claro, aquel eslogan que repetían muy ufanos, los chicos de CiU, de que "España nos roba", de un día para otro se vio transformada o complementada, según se mire, con el "nosaltres també", mientras seguían promocionando la hueca faramalla literaria que viene exaltando el imperio nacionalista.

Y, hace unos días, por fin, sonó la campana, y la Policía entró, por orden de un juzgado catalán, en dependencias de CDC -de soltera CiU- y de su principal fundación buscando documentos que acreditaran, de una vez por todas, lo del "tres por ciento". Y fueron tan fuertes los golpes propinados por el badajo sobre el bronce campanil, que las plañideras independentistas en lugar de colaborar, se olvidaron que, hasta hacía poco, habían estado clamando justicia, y salieron por peteneras, diciendo que en Madrid les tenían manía, que les querían chafar las elecciones autonómicas que habían convocado para septiembre, lo que no les impidió destruir documentos en la trituradora. Y es que, claro, si teniendo sobre sus cabezas "la bota de Madrid" han llegado, tan ricamente, a practicar la prevaricación, el cohecho y la falsedad, eso sí, presuntamente ¿que no tendrían pensado hacer cuando la Policía y la justicia dependiera solo de ellos? (De los dirigentes independentistas, que no de los ciudadanos catalanes) ¿que no tendrían pensado pedir a las empresas constructoras para adjudicarles una obra pública?, ¿quizás un seis por ciento?

Y en ese ditirambo rocambolesco pocos nacionalistas se atreven a hablar de justicia, o de que se castigue a los culpables, o de reconocer que en todas partes cuecen habas, que lo de la corrupción no es una lacra exclusiva de los grandes partidos nacionales, sino algo inherente a individuos sin escrúpulos que le buscan las vueltas a lo que sea para asegurar su futuro, aprovechándose de una legislación laxa, de unos investigadores con gafas de corcho, y de una campana que acostumbrada a estar en silencio, que apenas hace solo unos días, comenzó a sonar en Catalunya.

En tanto esto sucede, en otras partes se continúa caminando por tierras de moros y cristianos anotando en la libreta de viaje los paisajes y personajes que se van encontrando por los caminos, con el mayor realismo del que son capaces: unas veces dulce, otras cruel, y otras entre Pinto y Valdemoro.

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