Director de Operaciones de Sigma Dos

Algunos mitos sobre encuestas... y elecciones

No está demostrado que los casos de corrupción habidos hasta ahora hayan pasado factura a los partidos

16.08.2015 | 23:51
Algunos mitos sobre encuestas... y elecciones

Instalados en este cálido verano y con el recuerdo aún fresco de los comicios locales y autonómicos, nuestro país se encamina hacia un otoño en el que están marcadas en rojo dos fechas del calendario electoral: las que señalan las elecciones al Parlamento de Cataluña y las que, poco tiempo después, se celebrarán para elegir las Cortes Generales. Es un buen momento, por lo tanto, para repasar algunos de los tontos tópicos, parafraseando a Aurelio Arteta, que pueblan el mundo de los estudios demoscópicos.

Empecemos por uno de los más buenistas: la corrupción pasa factura electoral a los partidos. Frente a cualquier evidencia empírica, es habitual escuchar en las tertulias o en las conversaciones que tal o cual partido va a ser castigado por los casos de corrupción que le afectan, dentro de un marco general de un país corrompido. Pues bien, ni tenemos clara cuánta corrupción hay en España, ni está demostrado que los casos de corrupción habidos hasta ahora hayan pasado factura a los partidos que han estado implicados en ella. La corrupción es un fenómeno universal y además es muy complicado de medir. Como han demostrado los profesores Villoria y Jiménez, las tres técnicas que se utilizan adolecen de problemas muy relevantes como para considerarlas definitivas. Así, las mediciones objetivas, esto es, las que están basadas en datos judiciales, ni permiten comparaciones relevantes (más imputados en un país que en otro puede significar una mayor persecución de la corrupción, no que haya más corrupción) ni permiten realizar un seguimiento efectivo de la corrupción. Por otro lado, las mediciones subjetivas (basadas en la percepción de los ciudadanos) están muy influidas por el papel que la corrupción tenga en la agenda política, de manera que a mayor cobertura mediática de los escándalos, mayor percepción de corrupción hay por parte de la sociedad, de forma que el nivel real de corrupción puede no cambiar pero, al hacerse más visible, las percepciones sí que cambian. Pues bien, además de esta complejidad de medir la corrupción, se ha de añadir la constatación de que, encuesta tras encuesta, elección tras elección, los partidos que gobiernan desde hace tiempo en determinados territorios no suelen sufrir merma electoral por las acusaciones de corrupción, y lo ocurrido en España en varias comunidades autónomas en los últimos años es un buen ejemplo de ello.

Otro tópico habitual es ese de que no hay que fiarse de los sondeos porque "la gente miente en las encuestas". Un simple vistazo a los niveles generales de acierto de las encuestas durante los últimos quince o veinte años en cualquier país occidental bastaría por si solo para refutar esa afirmación. Cuando a un ciudadano participa de manera voluntaria en encuesta no sólo no tiene apenas incentivos para mentir, sino que, además, el cuestionario está diseñado para atacar lo que el psicólogo Daniel Kahneman denomina Sistema 1 de nuestro cerebro, es decir, aquella parte de la mente que funciona de manera rápida e instintiva, frente al Sistema 2 que es mucho más lento y reposado. La mentira necesita de un proceso de elaboración consciente que no es sencillo (no digo que no se dé, pero no es lo habitual) de elaborar ante un cuestionario. A mayores, la forma en la que se elaboran los cuestionarios permite detectar las posibles inconsistencias que se den las respuestas, de manera que se puede llegar a detectar qué encuestado ha mentido de manera deliberada.

El tercero de los mantras habituales por estas fechas es que "los programas electorales no sirven para nada porque la gente no se los lee". Sin embargo, cuando les preguntamos a los ciudadanos, la respuesta es justo la contraria. Hace unas semanas se hacía público un estudio que elaboramos desde Sigma Dos para la Fundación Transforma España precisamente sobre los programas electorales y la visión que los ciudadanos tienen de los mismos. Pues bien, sin ánimo de marear con cifras, solamente quiero destacar que tres de cada cuatro españoles consideran que el programa electoral debería ser un contrato entre el partido y los ciudadanos. En esta misma línea, ocho de cada diez ciudadanos considera que el contenido del programa es un elemento que influye, en mayor o menor medida, en el sentido de su voto.

Finalmente, y por no cansar al desocupado lector, hay un cuarto aserto que se repite también de manera habitual y que es igual de inexacto que los anteriores: "Las campañas electorales no sirven en realidad para nada porque todo el mundo tiene ya decidido su voto". Esto nunca ha sido real ya que siempre ha habido electores que han decidido su voto durante las dos semanas previas a las elecciones. En una situación como la actual, con el suelo tan movedizo y con escenarios tan volátiles, esta tendencia se ha incrementado con claridad y tenemos la certeza de que, en las dos o tres últimas elecciones, más de un 15% de los electores han decidido el sentido de su voto incluso en los últimos días de la campaña electoral.

Así que más allá del ruido mediático, o de las conversaciones en el bar, cuando dentro de unos meses el lector se transforme (por la magia de la democracia) en elector, podrá tener claro, espero, que algunos de los tópicos que pueblan nuestro imaginario colectivo no son más que cuentos, que confunden más que aclaran, y que esconden más que enseñan.

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