03 de agosto de 2015
03.08.2015
Muy breve

Ejemplo de lección y esperanza

Palazuelo, siempre acogido a ese paisaje dulce y atractivo, invita a quedarte mirando cerca

03.08.2015 | 09:55
Herminio Ramos

En pasados días, nuestro diario ofrecía una noticia extraordinaria para los tiempos que corren: una cruz de nueve metros de alto en Palazuelo de las Cuevas, en recuerdo de algo desaparecido por efecto del tiempo, que erosiona sin piedad todo lo que encuentra a su paso.

Los secretos del suelo de ese pueblo contribuyeron, sin duda, a atraer hacia allí a los primeros pobladores de una geografía tan atractiva como rica. Los documentos existentes reflejan que en los alrededores se localizan varios yacimientos. Uno de ellos, se sitúa al oeste, en un cerro de naturaleza dura, cuya cima, fuertemente amurallada, se conoce con el nombre de Las Cercas. Este lugar es conocido por las turquesas encontradas entre los escombros de una explotación de época romana y excavaciones en busca de variscita. El segundo yacimiento, se encuentra al sureste de Palazuelo y ofrece un inmenso caudal de material en el que se encuentran cuentas de variscita, lo que ha llevado a pensar en que existía un centro de fabricación, aunque nada haya que sugiera la existencia de un castro. Recorrí todos estos parajes acompañando a Juan Pantoja Salguero durante su estancia como delegado de Industria y otros cerros del silúrico, cuyos crestones guardan en sus entrañas mitos, leyendas y esperanzas de Aliste. Palazuelo, siempre acogido a ese paisaje dulce y atractivo, invita a quedarte mirando cerca, de forma que puedas anclar a la memoria el valor claro de los habitantes de esas tierras silenciosas y llenas de esperanza.

¡Qué días aquéllos del rosa, rosae! Del oratio, orationis y del teorema de Pitágoras. Del venir y vamos todos con flores a María. De invocaciones al Espíritu paráclito, signifique lo que signifique. De contriciones y propósitos de enmienda. De interminables clases de gimnasia, "brazos arriba, brazos abajo", en un patio helado y cubierto por escarcha.

Eran tiempos de disciplina a golpes de campana. O a golpes, sin más. Se repartían más hostias fuera que dentro de la capilla. Podían llegar de cualquier parte, siempre a mano vuelta, y había que tener reflejos y buen juego de cintura para esquivarlas lo que, a Dios gracias, nos ayudaba a mantener la forma física.

Era el tiempo de Bahamonte y Julio Jiménez, de Gabika, aquel vasco que ganó una Vuelta a España, del Dúo Dinámico, de Amancio Amaro Varela, de Marcelino y Lapetra, de la primera cerveza. ¡Joder, qué rápido ha pasado todo!

Me gusta la foto aunque tiene algo de siniestro. No sé. Tal vez, la disciplina que, siempre, supone la pérdida de individualidad. Alumnos y profesores obedeciendo consignas. Todos con gesto ceñudo. Mirada fija y el ademán recio.

Ó quizás, sea esa primera línea de clérigos, circunspecta y amenazadora, que observa al fotógrafo. Con el señor obispo al frente parece un tribunal del Santo Oficio. Como si todos ellos, trinitarios convencidos, hubieran sido entrenados para defender, a fuego y espada, la bondad de la doctrina y la verdad de los misterios.

Los dos curas de los extremos, con las manos colocadas sobre los muslos, cabezas ladeadas y mirada perdida, son alucinantes. Juraría que los he visto tallados en piedra, no recuerdo dónde, en alguno de mis viajes. No sé.

En cualquier caso, hieráticos y simétricos, podrían formar parte como músicos de vihuela, o algo así, del pórtico de cualquiera de nuestras catedrales. Y, aún, más. De tener que datar las tallas, las situaría en la última época del románico. En la transición al gótico, probablemente, por la ligera inclinación de sus cuerpos.

Y qué comentar de ese niño asomándose, como con miedo, tras el cabezón de uno de los curas, ¿qué habrá sido de él? ¿Y del resto del grupo con toda una vida, en aquel momento, por estrenar?

Sí, me gusta la jodida foto. Es el reflejo de un tiempo que se fue. Tiene el magnetismo de la adolescencia pero un no sé qué inquietante, ya digo.

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