Volvió en el aire...

Ignacio Sardá como buen albarino fue sencillo, siempre de acuerdo y desacuerdo consigo mismo

31.07.2015 | 08:54
Carlos Martín Miñambres

"Se fue en el viento.

Volvió en el aire".

J. Ángel Valente

Este años 2015, estamos celebrando el I Centenario del nacimiento de don Ignacio Sardá Martín, insigne profesor y prolífico escritor, nacido en Carbajales de Alba (Zamora) el día 31 de julio de 1915 y fallecido en Zamora el 28 de marzo de 1979.

Considerado como una persona muy inteligente y sabia según testimonio de los que le conocieron y de los lectores de su obra escrita. Maestro de muchos alumnos (más de 20.000), sembró en ellos la semilla de principios éticos y morales, además de ser transmisor del bagaje académico correspondiente. Como buen albarino fue sencillo, siempre de acuerdo y desacuerdo consigo mismo y, como seguidor del filósofo José Ortega y Gasset, fue consciente de que él era solo él y sus tristes y alegres circunstancias. Radicalmente sincero, nunca pudo convivir con la mentira.

A don Ignacio lo tenemos todos los zamoranos y visitantes de la ciudad inmortalizado en bronce, en su busto situado en la plaza Claudio Moyano, fiel guardián de la Casa de Cultura y Biblioteca Pública. Preside la entrada de esta noble institución, con su pose venerable de maestro, en actitud docente con un libro en la mano izquierda impartiendo su lección, pedagogo insigne que lo fue, sobre todo en su Academia de Estudios "Sardá". Profesor de Letras y Humanidades (Filología, Filosofía y Literatura). Pero no solo está su presencia perennizada en bronce, sino también, y lo más importante, en su extensa obra escrita polifacética.

Hoy nos toca hablar de su poesía. Como poeta ha dejado una estela escrita en el tiempo y vuelve en el aire, recordando aquellos versos de José Ángel Valente que se citan al principio. De su resplandor aún podemos nutrirnos si buscamos luces para alumbrar sombras. Sus palabras no se perdieron, vuelven en el aire, envueltas en la niebla, restos de un fuego que ardió, de una llama que fue vida. Sus poemas son eso, palabras perdidas que vuelven, candelas resistentes en la niebla de aire. Sus versos, que surgieron de la nada del vivir, tienen alas de pájaro surcando el espacio, parpadeantes destellos en el vacío de la memoria.

Importante es la obra poética de don Ignacio publicada en vida, una decena de poemarios, desde 1943 hasta 1977, entre las que sobresale "Eucaristía, Misterio de la Virgen" (1977) que obtuvo el Primer Premio de Poesía Eucarística Internacional en el Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952, al que concurrieron 1.234 poetas con 25 lenguas y dialectos diferentes. E importantes los libros publicados después de su muerte, entre 1979 y 1996, destacando el titulado "Sonetos de amor dolido" prologado magistralmente por el gran poeta por todos conocido, también zamorano, Jesús Hilario Tundidor.

Pero más extensa es su producción poética que hay inédita, joyas olvidadas en los sótanos del olvido. De ésta, alguna parte se ha recuperado en dos libros.

El primero titulado "Ramillete de epigramas y Poemas", cuyo análisis pormenorizado merece un estudio aparte, dada la maestría que muestra en este aspecto satírico y de humor. En el poemario aparecen 111 epigramas seleccionados por el propio autor y que vieron la luz en 1996, gracias al tesón de Amparo, su viuda, libro muy bien prologado por el periodista zamorano Manuel Espías Sánchez. Digno discípulo don Ignacio de aquel otro epigramista, Juan Martínez Villergas, nacido en Gomeznarro (Valladolid) en 1816 y fallecido en Zamora en 1894, donde residió alguna parte de su vida, cuyo recuerdo es evidente por la calle que el Ayuntamiento le ha dedicado. Poeta Martínez Villergas de gracejo singular, sencillez ingenua y simpática, con gran soltura en la versificación, en cuyos textos revive el genio alegre y retozón que inspiró a grandes poetas del Siglo de Oro. Lección bien aprendida por el poeta carbajalino, siendo ganador, precisamente, del Primer Premio de epigramas "Martínez Villergas" en una de las convocatorias del concurso realizadas por parte del Ayuntamiento de Zamora, en honor al satírico de mediados del Siglo XIX.

Otro de los libros que recoge una mínima parte de su obra olvidada es el que se editó en 2004 por la Excelentísima Diputación Provincial de Zamora, "Volvió en el aire", como homenaje al ilustre profesor en el XXV aniversario de su muerte el día 28 de marzo de 1979.

En este breve poemario, con bellas ilustraciones aportadas por artistas zamoranos como son Hipólito Pérez Calvo, Fernando Chacón, Antonio Pedrero, Alfonso Bartolomé, Fili Chillón y Mª del Carmen de Alba, se sacan a la luz excelentes poemas rescatados del olvido, gracias al interés de su viuda Amparo Pascual Vaquero, fiel albacea y celosa guardiana de su cuantiosa obra poética lamentablemente inédita.

Breve poemario, pero suficiente para corroborar nuestro concepto de la gran personalidad humana y literaria de don Ignacio, donde aparece en el primer bloque su propio "Autorretrato" al estilo machadiano, autodefiniéndose, físicamente, con su frente espaciosa y serena, rasgos de profunda gravedad en el rostro y ojos penetrantes y reflexivos. Introspectivo pensador existencialista que se halla entre dos "nadas", átomo del Ser por do camina / -lucecita de Dios- el alma. Soñador, porque "¿Qué sería el vivir sin el dulce sueño?". Huérfano perdido en los laberintos de la existencia buscando a la "Madre de los tristes y consuelo de alegría". Amante de su tierra y del campo carbajalino de fecundo surcos que dan el pan.

Poeta creyente y católico de sólida formación filosófica y teológica de la cual son muestra estos breves retazos de su poesía. Con reminiscencias platónicas, pues en la cueva del tiempo yace el cuerpo, "mientras hace/ lucha civil de espaldas a la hoguera". En impecables décimas el poeta se pregunta por su identidad como ser humano arrojado a la existencia. Si mira hacia dentro solo encuentra el abismo oscuro, el misterio de no saber si es libertad solo o solo deber. Poeta-filosófico, reciente el auge de la corriente filosófica del existencialismo, Sardá consideró que la Realidad, sus propia circunstancia, no es lo general y universal, sino el individuo en su singularidad e interioridad. Ante la paradoja que le ofrece el mundo, no le queda otra salida que el "salto de la fe", siguiendo al filósofo danés Kierkegaard (1833-1855).

También incluye este poemario poemas de amor, "predilección del poeta en toda su obra" sonetos que parecen desgajados de su gran libro "Sonetos de amor dolido", donde se ve la influencia platónica, considerando el amor como senda que lleva a la trascendencia de la mano de la belleza de la persona amada.

En el cuarto bloque hay fragmentos de poemas históricos de larga extensión como son "Lucrecia Borgia", "Don Pedro de Castilla", "A buen juez, mejor testigo". En ellos se aprecia la fuerte personalidad teñida por la tragedia, el patetismo pasional y la gravedad épica de estos personajes.

Y, por último, no podían faltar los textos sobre temas zamoranos con los que el autor estaba tan vitalmente identificado: el Duero, la Semana Santa, el Cerco de Zamora, paisajes alistanos y albarinos?

Como dicen los versos de José Ángel Valente, don Ignacio Sardá, siempre volverá en el aire porque su poesía está en el viento, escrita en la historia, escondida en la memoria de quienes le conocieron y de sus lectores.

Su voz poética es puro lirismo y emoción. Estilista consumado dentro de la retórica clásica, eminente sonetista, sobre todo; filósofo y poeta al mismo tiempo; profundo humanista y defensor a ultranza de los valores éticos; poeta que sabe tocar la fibra del humor, suavizante y lenitivo en las adversidades humanas; receptor de las inquietudes de la sociedad de su momento: teólogo neoplatónico y tomista que se alza hacia la divinidad navegando en el misterio de los dogmas cristianos; inspirado poeta del amor y la belleza.

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