Estampa de una década

Tarde de toros en la Plaza Mayor de mi pueblo

31.07.2015 | 08:54
Eduardo Ríos

Trataba de homenajear a las gentes que no abandonan los lugares a los que pertenecen. También, a quienes habiéndose ido vuelven más tarde por apego y fue, entonces, cuando recordé que la Plaza Mayor de mi pueblo era grande y asimétrica.

Tenía una morera frente a la iglesia. La pequeña fuente de granito, en el centro, con dos caños y un pilón.

Días antes de La Asunción los campesinos bajaron los primeros carros y los engarzaron en torno a la fuente. Las varas de uno en el piso del otro bien aseguradas con correas y, una vez cerrado el círculo, esparcieron sacos de arena y anclaron, a modo de burladero, dos trillos en el suelo.

En la mañana del quince de agosto, el día grande, todo estaba preparado y a las cinco en punto de la tarde, según rezaban los carteles, el diestro salió a la plaza. Enjuto, repeinado. Detrás, cuatro o cinco chavales con trajes de luces descoloridos y apenas sin lentejuelas.

Terminado el paseíllo, lo hace el toro por una rampa de madera. Un animal resabiado de enorme cornamenta que da varias vueltas al coso resoplando.

Dentro del burladero, el "maestro" muerde con desesperación el capote. Está solo. En los ojos, desamparo. Se oyen los primeros silbidos. El respetable se impacienta. Insultos. Abucheos.

Encomienda su alma al diablo. No hay salida. El matador se santigua y sale a la arena. Suda. Se ajusta la taleguilla y avanza indeciso por el ruedo. Duda. Se detiene. Mira de reojo al bicho, está jadeando. Desde lejos, le acerca la capa al morro. Cabecea, indolente, el animal y es entonces que el pobre hombre suelta el trapo y vuelve al burladero corriendo como un poseso. Ruge la plaza. Improperios. Gritos. ¡Fuera! ¡Fuera!

Con las trompetas, la suerte de banderillas. Cambia el tercio. La figura encorvada del banderillero, zigzagueando con un palo en cada mano hasta los cuernos del astado, es sobrecogedora.

A punto de llegar el momento de la verdad, silencio. La tarde pendiente del torero. Y es que, en la celebración de la muerte, el oficiante es el "maestro".

En realidad, el matador es uno más de la cuadrilla. Un poco más suicida que sus compañeros, si acaso, con cara de iluminado. Da unos pases de muleta y se enreda con la espada en los cuernos del toro. El objetivo, hacerlo tambalear. Lograr una estocada definitiva. Lo intenta varias veces y a la quinta o sexta tentativa lo consigue. ¡Centrada y hasta la bola! El animal se derrumba y queda patas arriba con la boca abierta vomitando sangre negra.

La plaza enloquece. Vítores. Aplausos. Abrazos. Pañuelos en el aire. El "maestro" llora. Tiene los ojos extraviados. Con el traje hecho jirones y cojeando alza, incrédulo, los brazos. Sigue vivo.

La cuadrilla, entretanto, le ha sacado al ruedo a trompicones. El público le aclama. Él sonríe a duras penas. Acierta a santiguarse, agradecido, y saluda al respetable.

Era la década de los sesenta. Años duros en mi pueblo. Un tiempo de sueños y emigración.

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