La Carballeda: lo que el viento se llevó

En la tierra está la fuerza, es lo único que perdura cuando todo se desmorona

30.07.2015 | 09:38
Juan Carlos Argüelles

En una de las innumerables escenas cumbre de la mítica "Lo que el viento se llevó", la dulce e inolvidable coqueta Scarlett O'Hara (Vivian Leigh), cogiendo un porción de la tierra roja de Tara, pronuncia con desgarradora firmeza esa frase que ya ha quedado para la posteridad de los cinéfilos: "A Dios pongo por testigo que nunca más volveré a pasar hambre...", momento acompañado de un resonante clímax musical. Para refrescarles la memoria, Tara es la lujosa mansión de la prominente familia señorial y esclavista que representa el decadente estilo de vida de los estados confederados del Sur. Cuando zaherida y abandonada por el apuesto Rhett Butler (Clark Gable), Scarlett emprende el regreso, le recuerdan que la tierra roja simboliza los orígenes, en la tierra está la fuerza, es lo único que perdura cuando todo se desmorona a tu alrededor.

Una sensación similar debemos experimentar todos los que por causas diversas, vivimos y ganamos esforzadamente el pan cotidiano en tierras lejanas a las que nos vieron nacer o cuidaron nuestra infancia. Ha sido un año largo y ahora, como los presidiarios a punto de recobrar la libertad, vamos tachando los días que faltan para emprender el ansiado viaje hacia la tierra prometida y, de paso, librarnos de esta ola de calor, insoportable e interminable. Como Tara, la Carballeda es uno de esos paraísos perdidos, cuyo disfrute veraniego solo está reservado a los elegidos. Solo mi suegro es oriundo de la comarca carballedana, pero toda la familia aguarda impaciente -perrita incluida- el instante supremo de sentir la brisa fresca del "alto de los carriles" y el olor de las espigas recién segadas, divisando el pueblo.

Tras el imprescindible acondicionamiento de la casa, habrá que decidir cuándo subir al Losadal o bajar a Villarrío y a Tijera. Reservar tardes apacibles para tertulias relajadas con los amigos y noches estrelladas para contemplar la incomparable bóveda celeste, antes de calentarnos al amor de la queimada. Quizá lleguemos hasta Velilla, a ver si aún permanecen por allí los osos, e intentaremos subir de nuevo a la Fuente del Buey o atacar alguna de las ya escasas rutas que aún quedan inexploradas. Tristemente, no conseguiremos aplicar las ecuaciones de Einstein para estirar el tiempo y conseguir que el solitario mes se convierta en tres. Aunque si de verdad quieren descansar, olvídense de móviles, portátiles, tablets y cualquier artilugio que les mantenga vinculados con su rutina diaria.

Como nunca hay felicidad completa, este año acudiremos a la Carballeda con un nudo en la garganta y un desgarro en el alma, porque falta nuestra entrañable Marga Llamas, figura imprescindible del paisaje de Muelas, además de otros queridos vecinos. Es preciso hacer de tripas corazón porque la ley inexorable de la vida así lo dicta. Ahora que se han unido a una estrella, su recuerdo evocador de tantas vivencias compartidas permanece con nosotros. Ellos ya forman parte de la tierra roja de la Carballeda, la raíz que perdura y contiene la fuerza que nos acompaña.

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