Sobre un campo de minas

Las dificultades del cambio prometido por el nuevo equipo municipal

24.07.2015 | 09:30
Agustín Ferrero

Y llegó el nuevo gobierno municipal, blandiendo la bandera del cambio, y a cada paso que daba por la ciudad le iba explotando una mina. Primero la de los cuatro o cinco millones con los que hay que indemnizar a los acreedores de aquella nefasta operación de la compra de solares -para construir un edificio municipal- a un precio desproporcionado; después, la del lamentable estado de la piscina del "Tránsito" que hacía imposible su apertura; unos pasos mas allá la de la deuda de veinte millones que reclama la empresa concesionaria de la ORA y otros pasos mas acá la del inacabable culebrón de la rehabilitación del matadero.

De manera que los nuevos ediles tendrán que dejar para otra ocasión la colocación de la bandera en el alto de Valorio -si es que lo habían pensado alguna vez- al modo de aquella que colocaron los americanos en Iwo Jima en plena 2ª Guerra Mundial, esa que aparece en esa foto que ha llegado a ser un icono, y que ahora se cuestiona su autenticidad, a pesar de ser Premio Pulitzer.

No les queda más remedio que olvidarse de banderas y de fotos, y aprender a desactivar minas, a hacer como que no se dan cuenta de que alguien les está poniendo palos en las ruedas, y a no escuchar comentarios descalificatorios. Porque la ciudad está hecha unos zorros, y lo primero y urgente es dejarla en condiciones de poder pasearla sin que se corra el peligro de volar por los aires, de asearla como Dios manda, aprovechando este momento en que la gente quiere creer que la recuperación es aún posible. Deben desaparecer, al menos por un tiempo, las caras largas, las bocas entreabiertas y las miraras incrédulas y espantadas como si el piso se estuviera cuarteando bajo los pies y el techo se derrumbase sobre las cabezas.

El hecho de que el equipo municipal actual no tenga que depender de ningún partido en el poder -a nivel regional ni nacional- lejos de ser un inconveniente, como pudiera parecer a primera vista, puede llegar a ser una enorme ventaja, ya que eso les va a evitar tener que obedecer ciegamente las consignas que le puedan llegar desde arriba con la nada inusual advertencia de ser fulminado.

El gobierno municipal debe ir afianzándose, poco a poco, con cuidado, no vaya a ser a que alguna de las minas se encuentre lo suficientemente oculta como para, llegado el momento, darles algo más que un buen susto.

Otras minas, afortunadamente, se encuentran localizadas desde hace tiempo, de manera que es posible evitarlas, o eliminarlas cuando alguien llegue a contar con el desactivador adecuado. Entre ellas se encuentra la de esas casas construidas sin licencia o entrando en terrenos de propiedad municipal, o la de esos edificios derribados por las prisas de la especulación inmobiliaria que llevan lustros sin ser acondicionados ni reconstruidos; o aquella otra de los museos que, aunque sean tan necesarios, nunca han pasado de ser meras promesas electorales; o aquella otra de "racimo" que afecta a esos escaparates con bellas imágenes de monumentos o paisajes que sirven para ocultar la tragedia que se oculta tras ellos, en el interior de unos comercios cuyas estanterías se encuentran vacías desde hace mucho tiempo; o esas "pintadas" en monumentos y en viviendas particulares que se ha permitido que proliferen a lo largo y a lo ancho de la ciudad, con la velada aquiescencia de quienes podrían haberlo evitado.

A ver si, por una vez, llega a hacerse algo diferente a lo que ha venido siendo habitual en épocas pasadas, cuando las gestiones, promesas e informaciones, se descomponían y disolvían sin que los hechos correspondieran a las palabras. Tendrán que armarse de credulidad y pensar que arreglar al ciudad es aún posible, porque, quien llega a desmoralizarse puede sentir una desmotivación tan profunda que puede llevar a cometer distracciones tan graves como en las que otros pudieron llegar a caer.

Y, a ser posible, tratar de hacer todas estas cosas con una mirada clara y directa, sin asomo de incomodidad ni irritación. Procurando actuar con precisión y sobriedad, sin incurrir en sentimentalismos ni en consideraciones subjetivas, describiendo con objetividad solo lo que se haya podido comprobar. Aunque, bien es cierto, que llegar a actuar de esta manera, siendo político, no es tarea fácil.

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