La columna del lector

Érase una vez

23.07.2015 | 00:26

En estos días de pleno verano vienen a mi mente recuerdos de una infancia no tan lejana. Hace no tanto tiempo volvía en los veranos desde Barcelona con mi madre a su pueblo. En aquellos veranos allí encontraba a mi primo, a mi tía, a mi abuela. Un pueblo con vida (la vida que había en esos pueblos), dos bares, tienda, una empresa de autobuses que iba y venía todos los días de Zamora. El pueblo estaba lleno de gente. Durante aquellos días uno de mis entretenimientos era ir desde la casa de mis abuelos a una de sus "cortinas" y recuerdo ver a mujeres trabajando las tierras. Te saludaban. Te ibas parando cada poco. Algunas que no te conocían te preguntaban aquello de "¿y tú de quién eres?". También en la casa había vida. Además de mi primo, mi tía y mi abuela, el corral estaba lleno de gallinas y, anteriormente cuando vivía mi abuelo, de cerdos, conejos, una vaca y una cabra.

Pero hoy día no es así. Hoy día cuando llegas al pueblo no solo no queda nadie en la casa, pocos quedan en el pueblo y ninguno trabajando aquellas tierras. Ahora, por el melancólico camino de la casa a la cortina, que tanto me gusta rehacer escuchando el cuco, solo se ven jaras, zarzas y brotes de árboles (que en cuanto crezcan un poco más estará prohibido cortarlos sin permiso) que han cubierto todo lo que antes estaba cuidado. Todo lo que antes las personas se empeñaban en mantener limpio ahora no hay quien lo atienda. Llego a la cortina y una de las paredes que levanté hace unos años, que antes habían levantado y cuidado mi abuelo y su padre, volvía a necesitar de dedicación. Esta será seguramente la imagen que muchos que hayan conocido sus épocas pasadas, vean ahora.

Todo lo anterior ha hecho que yo haya pasado de ser investigador a ser informante, y se puede resumir de varias maneras, yo lo defino como: despoblación. Y con la despoblación tienen mucho que ver las estadísticas. Las estadísticas hay que usarlas lo justo, sobre todo cuando se trata de estudiar la realidad social y cultural de una tierra, en ese caso es mejor acudir a otros métodos de análisis. Las personas no son meros números. Pero es una de las técnicas que aprendí a aprovechar. En este caso, y en relación con mis recuerdos anteriores, decidí observar los datos existentes sobre las provincias fronterizas con Portugal, y he podido observar algo alarmante, y seguramente sabido por todos: en las últimas dos décadas Zamora es la provincia, de entre aquellas, que más población ha perdido. De entre todas esas provincias fronterizas Zamora (10%, 22.000), Ourense (7%, 25.000) y Salamanca (3%, 10.000) son las únicas que pierden población. Esto lleva a una primera conclusión también conocida: el problema no es solo de un pueblo, de un municipio, de una comarca o de una provincia, es un problema de una gran región a ambos lados de la frontera: el noroeste de la península Ibérica. Una región que comparte características sociodemográficas desde siempre.

Sí, pero si centrando el objetivo dentro de esa región vemos que Zamora es la peor parada de todas las provincias de la frontera, aún es mucho más alarmante la situación de una de sus comarcas, la comarca de Sanabria y La Carballeda que en dicho período de tiempo ha perdido alrededor del 30 % de su población. Y revisando las bases estadísticas del último año desde la finalización de mi tesis doctoral las cosas, en general, han empeorado en la comarca: se ha perdido alrededor de un 2% más de población.

Cuántos artículos se han podido leer en este diario y en otros medios de comunicación sobre el grave problema de la despoblación de los municipios de esta provincia. Ser espacio fronterizo puede ser una de las causas de la evolución de estas tierras, de Zamora en general y de la comarca de Sanabria y La Carballeda en concreto, pero viendo la situación de las otras provincias fronterizas parece no ser la causa principal. Es cierto que nos encontramos en una macroregión deprimida económicamente pero existen otras razones. La continua pérdida de capital humano desde mediados del siglo XX, las políticas desde los gobiernos centrales hacia la región, la falta de inversión empresarial, la lejanía de los ejes de poder económico y político, el espíritu de los sanabreses... Son algunas de las diversas variables causantes del estado actual de la comarca. Algunos creyeron que dotando de buenas infraestructuras ayudaría al desarrollo y crecimiento, pero el contar con buenas infraestructuras y con fondos europeos millonarios, no tiene por qué dar lugar a crecimiento y esta comarca es ejemplo de ello pues aún contando con autovía, buena carretera nacional y tren, por un lado, y numerosos fondos para el desarrollo por otro, nada de ello ha conseguido parar el proceso de declive.

Ahora llega el AVE, existen dudas razonables de que pueda traer algún beneficio a la comarca. Lo que me indigna es que, para empezar, se han expropiado tierras para la construcción de la nueva vía férrea en una comarca en la que no se permite llevar a cabo prácticamente ninguna actividad económica por la protección de su entorno natural. Sin mencionar que el Lago se sigue contaminando cuando es una reserva natural y atracción para el turismo.

En breve llegan nuevos fondos millonarios europeos a través del grupo de acción local Adisac, confiemos en que sean bien usados para producir riqueza y empleo. Que no den lugar a inversiones que una vez hechas sus resultados se queden estancados en el tiempo como han existido y existen algunos casos. Hay que seguir llevando a cabo proyectos de desarrollo y de crecimiento sostenible. La gente de estos lares siempre fue muy trabajadora, pero marcharon a levantar otras tierras mientras que esta se iba cerrando. Los bosques se van tragando la comarca y sus pueblos como un día el agua se tragó a Valverde de Lucerna. Esperemos que la leyenda no fuera premonitoria del destino de estos pueblos. Es una exigencia urgente el frenar la despoblación de esta comarca y de la provincia. Lo que queda. Una cultura debe ser conservada manteniendo población y dándoles oportunidades para quedarse y que vengan más. Todo para no tener que contar a nuestros hijos y nietos un cuento que comience: "Érase una vez un niño que vivía en un pueblo, un pueblo que ya no existe".

Raúl Reloba Ferrero (Zamora)

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