Ante la hipótesis de no haberse enterado de nada

Los ascensos políticos en Zamora descolocan a los más despistados

21.07.2015 | 09:00
Agustín Ferrero

Emitió un prolongado suspiro mientras se mecía en aquel sillón con balancín, que le habían regalado por Navidad, sin tratar de disimular cierta expresión de disgusto. Era una noche serena, tibia, donde la luna iluminaba las aguas del Duero y este le devolvía un delicado brillo plateado. La brisa que corría por el puente atenuaba, en parte, los estragos del calor; o al menos él lo pensaba así, porque desde el caserón, donde se encontraba, veía como las aguas se animaban cuando saltaban con serena agilidad las azudas.

A diferencia de otras noches, en esta no conseguía conciliar el sueño, de manera que sus pensamientos le fueron llevando hacia temas de actualidad. Dejándose llevar al terreno de las hipótesis llegó a la conclusión de que la provincia donde él vivía debía estar mal, muy mal, aunque él, y otros muchos, no habían llegado a ser conscientes de ello. Por otra parte, habían tenido que venir de fuera para hacerles caer en la cuenta de que habían disfrutado, hasta hacía poco tiempo, de una excelente materia prima dirigiendo los destinos de la ciudad y la provincia, y tuvieron que ser el presidente de la Junta, en un caso, y el mismísimo presidente del Gobierno, en otro, quienes les habrían sacado de la inopia.

La alcaldesa que había gestionado la capital durante los últimos años había sido nombrada vicepresidenta de la Junta, a mayores de portavoz y consejera: el mayor peso específico del nuevo gobierno de la comunidad. Por otra parte, el anterior presidente de la Diputación ocupaba ahora, en su partido, una importante vicesecretaría en su organización.

Y mientras todo eso acontecía, él no se había enterado de nada, ya que no había sido capaz de ver a ambos lo suficientemente apuestos y avezados como para ocupar tan destacados cargos. Más que nada, porque solo supo ver que los mandatos de la alcaldesa le habían hecho recordar aquello de "pasó como un rayo de luz por un cristal, sin romperlo ni mancharlo", ya que no recordaba que hubiera acometido obra o infraestructura relevante para la ciudad que, por otra parte, nunca había estado tan sucia y descuidada como entonces. Pero, detrás de esas apreciaciones debía ocultarse algo trascendente que no era capaz de descifrar, quizás porque no se llevaba muy bien con su subconsciente, ya que de no haber sido así, sería difícil explicar salto tan cualitativo en la carrera de la alcaldesa.

Por otra parte, había vivido con la idea de que existía una galopante despoblación en la provincia, a mayores de una falta generalizada de actividad económica acompañada de carencias estructurales, como también que habían acontecido desafortunados hechos en la ciudad -como la reconstrucción del nuevo teatro- que no invitaban a ser expuestos en un escaparate. Pero algo debía subyacer en la personalidad del presidente de la Diputación para que hubiese sido valorado tan positivamente por sus superiores, y haber pasado a ser noticia diaria en la tele.

Le costaba creer que aquella provincia, habiendo contado con gestores tan brillantes, no hubiera sido capaz no ya de repuntar, sino ni siquiera de variar el, en su opinión, fatídico rumbo que le estaba conduciendo hacia el precipicio.

Aunque era consciente de que nada podía llegar a excluirse en el mundo de la política, por no ser la más limpia de las actividades humanas, al tratarse de un hombre vacunado contra el desaliento prefirió pensar que debería encontrar alguna explicación al respecto.

En la habitación donde se encontraba llegaba amortiguado el ruido de la calle, lo que no era óbice para que llegara a conciliar el sueño, de manera que decidió emplear ese tiempo de la forzada vigilia en seguir barajando hipótesis. Una de ellas pasaba por que no se hubiese sabido ver, a su tiempo, que la provincia se encontraba enferma; tan enferma, que su salvación podría encontrarse comprometida. De hecho, hacía tiempo que se percibían malas sensaciones en el ambiente, algo así como si algo se estuviera muriendo poco a poco, como si quienes manejaban el cotarro hicieran uso abusivo de cuidados paliativos, para evitar que el trance llegara a ser traumático.

Lo que no entendía muy bien era por qué si la alcaldesa y el presidente llegaron a ser conocedores de tan infortunado diagnóstico, no lo habían hecho saber.

Debemos estar mal, muy mal -se repitió-, tan mal que en las previsiones de los altos dirigentes del país no se observa que nos tengan en cuenta en planes esperanzadores de futuro -murmuró entre dientes-. Solo siendo así podría explicarse que las actuaciones de los regidores provinciales y locales no hubieran llegado a dar los resultados apetecidos.

Tales cavilaciones, generadas en las largas horas de aquella calurosa noche del estío, le hacían difícil concentrarse en la lectura, ya que las letras bailoteaban ante sus ojos mientras aparecían imágenes fugaces que debían pertenecer a otro lugar, o a otra época. Mientras tanto, los vastos suelos de madera y las escaleras con gastados pasamanos crujían de vez en cuando aumentando sus incertidumbres.

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