Unos sepultados, otros al aire libre

La esclavitud de la mina y la dura vida de los emigrantes de generaciones atrás

20.07.2015 | 10:00
José Luis Martín

La prensa nos ha ofrecido en estos días los ímprobos esfuerzos que se han empleado para rescatar el cuerpo sin vida de un minero fallecido en Cerredo (Asturias). El derrumbe en una galería ha sido tan brutal que ha ocasionado trabajos inhumanos para poder llegar al minero muerto. En este caso se trata de uno solo; en otros casos los atrapados son varios; y las familias que quedan sin amparo numerosas. Es el triste destino de muchos compatriotas que han de escarbar a grandes profundidades para sacar el mineral, que a ellos le da el pan y al resto de los ciudadanos la comodidad del disfrute de tantas cosas como proceden de esos minerales puestos a disposición de la industria. Pueden utilizarse todo tipo de precauciones; puede extremarse el personal cuidado para detectar el letal grisú y evitarlo; es penoso el trabajo que se emplea en entibar las galerías para evitar derrumbes. Pero, a pesar de tantas precauciones, el techo cede o el gas mortífero aparece y lo uno o lo otro se llevan las vidas.

En mi familia sucedió la otra alternativa. Uno de los hermanos de mi padre hubo de subir a Asturias; como tantos zamoranos que, no hallando otros trabajos más "familiares", tuvieron que oír la llamada de la mina y dejaron los campos de Zamora para residir en la montaña asturiana tan rica en su entraña del mineral tan codiciado. Mi tío tuvo la gran suerte de conseguir un trabajo dependiente del municipio, enrolado en la limpieza municipal. De sus tres hijos y una hija, esta emigró a Alemania en aquellos años en los que la Germania se convirtió en una segunda patria para españoles desheredados. El mayor de sus hijos, por medio de la marina mercante se enroló en empresas internacionales y ha vagado errante por el mundo; el más pequeño se dedicó a estudiar y, en un triste accidente, fue el único difunto en los viajeros de un utilitario que llevaba a cinco. Finalmente, el segundo de sus hijos acudió a la mina en aquel Carballino que albergaba la Pumarabule.

En mis visitas anuales, durante mis vacaciones en Cantabria, solo una vez me ocupé algo intensamente en conocer la vida en la que se movían mi primo Ismael, su esposa y su hija. La niña, que respondía al nombre tan de aquella región minera de María Dolores, optó por los estudios de Magisterio, cuando llegó su tiempo. Mi primo, muy joven aún cuando lo conocí, ingresó poco después en el gremio de los jubilados por "incapacidad física". Me sirvió de guía en mi curiosidad. En esa aventura llegué hasta instalarme en la cabina del ascensor que bajaba a la mina. Pero nada más allá que en el ascensor parado. Sin embargo, solo el pensar que aquel artefacto me podría conducir a varios centenares de metros en las entrañas de la tierra me produjo una horrible sensación. ¡Y aquella era la tarea cotidiana de aquellos hombres! Sufrí un verdadero espanto. Y aquella sensación se vio aumentada por la que experimenté entrando en la inmensa nave que servía como vestuario a los mineros. Contemplar colgados de sus perchas las vestimentas, cascos, etc. de los mineros que libraban en aquel momento me produjo tal sensación de "muerte burlada", de momento, que no pude dejar de imaginarme a todos aquellos hombres desenterrados después de un aparatoso derrumbe. Mi visita a los alrededores de la mina fue algo que me grabó en el alma una sensación espantosa.

Y la "tragedia" me acechaba "al aire libre", sin participar en la ímproba tarea. Aquel primo, que siendo muy joven, me guiaba por su mundo, se jubilaba apenas cumplidos los treinta años, porque otro enemigo traicionero del hombre de la mina había hecho presa en Ismael. La silicosis, la terrible enfermedad que produce el contacto con la sílice, invadió sus pulmones y poco tiempo fue suficiente para que me comunicaran su jubilación definitiva. No se lo llevó ningún derrumbe; como a muchos otros, la enfermedad lo apartó de la profunda mina para llevarlo en muy breve tiempo a la casi somera fosa. No hubo que rescatarlo de la lóbrega galería. Él murió al aire libre que, viciado por la silicosis, no era capaz de ventilar sus asfixiados pulmones. Fue una de las víctimas de la otra alternativa mortal de la mina.

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