Canción de amor en los Tres Árboles

Pongamos nuestro empeño en el momento, en lo sencillo, en lo superfluo

17.07.2015 | 00:21
Canción de amor en los Tres Árboles

Déjame agonizar junto a tu cuerpo y ponerte paños húmedos sobre la frente, Munia. Déjame protegerte del crepitar de velas que llegó con el crepúsculo y, pues es de los suspiros el momento, embriaguémonos de este instante, amor, y disfrutemos.

Sueño transitar tu arquitectura, a tientas y en silencio. Sin barreras. Endulzar mi aliento en el arco de tu cintura y perderme en su infinita geografía. Apurar la copa, ahora que es tiempo. A falta de la fe del asceta, en mi plegaria solo tu vientre, Munia, su resplandeciente meseta.

Renunciemos al poder y a la gloria, al saber, a la ambición, a la memoria. Para qué ganar batallas si un día en la hojarasca acabarán los pedestales. Prefiero una rosa al mármol de las estatuas, a cualquier promesa tu aliento. Tu dulcedumbre, al halago. Al aplauso, tu piel sedienta. La complicidad de tu cuerpo, al más sagrado juramento. Nada más, amor. Eso pretendo.

Tendidos en la hierba, escuchemos este rumor apenas perceptible, como de clandestino roce de enaguas que nos trae el viento, y, sin fatigas ni desvelos, amémonos.

Pongamos nuestro empeño en el momento. En lo sencillo, en lo superfluo, en el susurro de las cosas. Ahora, en la canción del Duero, indiferente tras el cañaveral.

Es una melodía sin nombre. Tampoco tiene lugar, ni tiempo, y habla de infancias cristalinas, de terrenos angostos, hoces, gargantas y llanuras. De transparencias perdidas y de una madurez definida por el escepticismo y la duda.

Sus aguas están pasando frente a la isla de Las Pallas. En un instante se enfrentarán a los tajamares del puente de piedra. Verán por última vez las espadañas cristianas sobre la judería de La Horta, brincarán las azudas de Olivares y se perderán tras la iglesia de San Claudio, camino del océano. Allí, su final y el olvido.

Este es nuestro paisaje, Munia, el río. ¿De quiénes será mañana?

Brindemos, pues, sin demora, que no habrá un tiempo mejor, y bebamos juntos hasta acabar el vino de la tinaja.

Hagamos como los dioses, que no saben del mañana, y levantemos la copa antes que un manto negro cubra el sendero que transitamos. ¡Deprisa!? ¡Sin tardanza!...

¡Apresurémonos!.., que el aleteo de la noche a punto está de caer sobre los Tres Árboles. Tú y yo, enfebrecidos amantes bajo los chopos, seducidos por los almendros floridos y moreras recién reverdecidas. No volveremos a hollar las playas del ayer, Munia, ni volverá la ingenuidad perdida. Efímeros fueron los sueños, que se fueron los amigos y las cosas para siempre, y, pues yerta se quedó la tarde, amor, y de continuos desencantos suspendida, ven y festejémonos.

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