Clases de maquillaje

Los cursos de verano de los partidos políticos

15.07.2015 | 09:44
Agustín Ferrero

Estamos en esa estación del año en la que menos destaca la estética, ya que al ponernos menos ropa afloran con facilidad nuestros defectos. Es en verano cuando las lorzas, barrigas, cartucheras, marcas de antiguas heridas y tatuajes horteras aparecen a la vista en todo su esplendor. Es, por tanto, el mejor momento del año para evaluar en detalle el verdadero aspecto de nuestros cuerpos: sin ambages, sin trampa ni cartón, sin el inestimable retoque que ofrece el photoshop.

También es el tiempo en que los partidos políticos aprovechan la inactividad parlamentaria para dar clases de maquillaje, en cursos y conferencias, tratando de ocultar sus defectos, adoctrinando a los mandos para que estos, a su vez, hagan lo mismo con los militantes y no se dejen contaminar de la realidad de la calle; para que repitan los eslóganes que les han inyectado en vena; para que digieran las estrategias como obedientes aprendices del Corán propio de cada sigla; para ocultar sus michelines y destacar las imperfecciones ajenas.

Estamos en verano, y desde fuera del enorme circo que acoge al mundo de la política se sigue viendo, con meridiana claridad, la enorme silueta del elefante, porque es tal su forma y dimensiones que no hay quien haga ver que se trata de un simpático koala. Porque por mucho photoshop que le pongan encima al paquidermo nadie es capaz de ocultar su trompa. Como tampoco de evitar que el lobo deje de ser un lobo, aunque se hayan empleado horas en maquillar con harina esas garras que pueden llegar a destrozar a los cabritillos.

Hasta que no se convenzan de que el cine va a seguir siendo cine -mientras haya salas que proyecten películas- será difícil que convenzan a la gente de que la cosa va a cambiar, que van a transformarse en etéreos querubines, que dejarán de meter la mano en la masa. Porque, aunque determinados escribidores se empeñen en llamar a todo audiovisuales, solo lo que es consumido en las salas oscuras seguirá siendo cine. Porque las pelis que se ven en la tele son otra cosa, como también las que ofrecen los DVD o los Blu-Ray caseros, ya que estos soportes admiten ser modificados a gusto de los espectadores, sin más que cambiarle el color o el sonido, según los gustos.

Por cierto que, sin darme cuenta, me estoy saliendo del tema, como suelen hacer los políticos. Sin darme cuenta me he dejado llevar a mi afición al cine, y estoy hablando de otra cosa distinta, como también hacen los políticos. Y es que, como cualquier otro bicho viviente, de vez en cuando me meto en mi mundo y, a poco que pueda, intento acercar a él a los demás.

Es por ello que, para no pensar solo en lo propio, es menester adoptar métodos que ayuden a salir de uno mismo, si es que se desea ser tenido en consideración. Es pues importante huir de la saturación de determinadas informaciones o de ciertos tipos de información, porque de no hacerlo así se acabará haciendo lo mismo que ellos, o lo que sería peor, pensando como ellos.

Porque, si nos dejamos llevar de la propaganda, cualquier día de estos podríamos olvidar hechos deleznables, como aquel de Díaz Ferrán -cuando era presidente de la patronal y aun no le habían trincado por los cientos de millones de cierta fechoría- permitiéndose la frivolidad de decirle a los trabajadores aquello de "hay que trabajar más y cobrar menos"; el mismo que hace unos días se ha acordado dónde tenía unos cuantos millones "despistados", al objeto de cumplir solo cinco años de cárcel de los quince que le habían caído. Y eso sería muy grave, porque se pasaría de ser crítico a formar parte de una masa amorfa y manipulable.

No se trata tampoco de pensar que los imbéciles son solo los que no piensan como nosotros, ni de pasarse las veinticuatro horas del día deseándole el mal a nadie, pero sí de preservar una pizca de inteligencia y, si fuera posible, practicar de vez en cuando el libre albedrío, como decía aquel entrañable personaje de "Amanece que no es poco".

Hay que andar despiertos hasta que alguien llegue a demostrar que el fin de un ciclo económico tiene que coincidir, exactamente, con la llegada de las elecciones. Hay que estar atento hasta que alguien explique cómo el simple hecho de entreabrir la ventana en un curso de verano permite que entre los rayos de luz llegue a colarse una bajada de impuestos.

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