Crónicas de un paso de cebra

Los bárbaros no existen

A los que nos dirigen en realidad lo que les importa es la coreografía, no resolver nuestros problemas

14.07.2015 | 08:55
Concha Ventura

Konstantino Cavafis, el gran poeta egipcio, nacido en Alejandría en 1863, el cual residió en Grecia cortos periodos de tiempo, lo que le bastó para sentirse griego de corazón, escribió uno de sus más famosos poemas, titulado "Esperando a los bárbaros", que más tarde tomaría como modelo el premio Nobel sudafricano J. M. Coetze para escribir una novela del mismo título en 1980.

Se basó Cavafis en un hecho histórico, la revuelta sudanesa contra los británicos, creyendo que si los sudaneses los vencían, los egipcios se liberarían a su vez del yugo de los ingleses, a los que él metafóricamente denominaba persas, o sea, bárbaros.

La palabra bárbaro viene del griego y significa los que balbucean, para referirse a todos aquellos que no hablaban griego y emitían unos sonidos parecidos a bar, bar, bar. Posteriormente se aplicó el vocablo a los pueblos invasores.

Conocemos sus poemas gracias a su gran amigo Alexander Sengópulos, quien heredó su legado y se negó a cumplir la palabra dada y, en vez de echarlos al fuego, los publicó.

Se trata de un poema enigmático donde una multitud, representada por todas las clases sociales, se pone sus mejores galas para esperar ansiosamente, congregada en el foro, la llegada de los bárbaros, para que les arreglen sus problemas (como si no tuvieran otra cosa que hacer los bárbaros) y así poder salir de la inacción en la que se hallan sumidos todos. Pero los ciudadanos se dan cuenta al anochecer de que han estado viviendo un espejismo y regresan, sombríos y desesperanzados, a sus casas.

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

Esa dimensión metafórica del poema la podemos hacer extensible a la época en que nos toca vivir.

La mayoría de los políticos, de cualquier ideología, no hace más que cambiarse de traje, de siglas, de sede, de discurso, de consonantes, bla, bla, bla, pero no cambia lo que de verdad importa.

Mientras tanto, siguen contemplando los asombrados ciudadanos la creación de estados, como ídolos con los pies de barro, enterrados en una economía suicida de mercado, con deudas astronómicas, que crecen para el enriquecimiento de unos pocos y el empobrecimiento continuo del resto de la población, la siembra de la retórica de la sumisión, del temor de lo lejano, la corrupción política, la expansión de la frustración en el ser humano por la toma de medidas donde lo que importa es lo material, la economía, no el adelgazamiento de los cargos ni de las estructuras del estado, por supuesto los seres humanos representan un cero a la izquierda, lo que provoca en la sociedad la desolación, el descreimiento, la desesperanza y como consecuencia de todo ello el alejamiento de la cosa pública.

Por citar un ejemplo, no hace falta que busquemos en otros territorios que no balbuceen, nos encontramos aquí con multitud de estructuras estatales repetidas e innecesarias, diputados, senadores, alcaldes, concejales, diputaciones, responsables insulares, consultivos, cargos de confianza de todo tipo y condición, políticos contratados por las grandes empresas a las que previamente ellos mismos han beneficiado, mancomunidades, embajadas autonómicas, defensores del pueblo, observatorios y entes asesores, fundaciones públicas, sindicalistas, representantes patronales, entidades de gestión de fondos, consorcios, gestores de fondos públicos, entidades de coordinación territorial y municipal, órganos de control interno y un etcétera interminable, ¿he olvidado a los tontos útiles?, que suma la cifra de unos 445.000 y pico cargos públicos, 300.000 políticos más que en Alemania, pero nosotros con la mitad de población.

Y así no hay país que resista.

Eso sí, como en el poema de Cavafis, suelen cambiarse de look a menudo, pensando que así se borrará la idea de espejismo de la mente de los votantes, a los que parece hacen caso por un día.

¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron

hoy con rojas togas bordadas;

por qué llevan brazaletes con tantas amatistas

y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;

por qué empuñan hoy preciosos báculos

en plata y oro magníficamente cincelados?

Porque hoy llegarán los bárbaros;

y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

¿Cómo van a salvarnos los bárbaros de la desolación?, si a los que nos dirigen lo que de verdad les importa es la coreografía.

Todo esto se cierra con la lamentación final de la obra, la mayor parte de los que gobiernan están acostumbrados a exaltar la grandeza de lo que no existe y nunca existirá, que se resume en pocas palabras, en sentido común, búsqueda del bien del estado y honestidad, y aunque ese es el verdadero sentido del poema de Cavafis, ese es también, otro cantar.

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