Dios y el calor

Cuando llega el buen tiempo es como si la fe se enfriara y se fuera de vacaciones

12.07.2015 | 10:18
Ignacio Rodríguez Coco

El calor de estos días nos hace reflexionar sobre un curioso fenómeno que contradice las leyes de la termodinámica. Y es que, cuando llega el buen tiempo, es como si la fe se enfriara y se fuera de vacaciones, donde el calor, las fiestas y las playas hacen que algunos cristianos nos olvidemos de Dios.

Para muchos fieles existiría una fe de invierno y otra de verano. La de invierno creería en un Dios más casero y de mesa-camilla que invita a la oración y al recogimiento. Eso sí, mientras se mantenga el calor. El frío y el miedo a la neumonía dan la excusa perfecta para no pisar por la iglesia y quejarse de falta de calefacción, aunque se sea el más rácano de la parroquia a la hora de la colecta. La fe de verano creería en un Dios cuya presencia parece evaporarse con los calores estivales, y al que se visita muy poco. Así, con la subida de las temperaturas, solo algunas viejas se atreven a entrar en las iglesias acompañadas de sus abanicos, que al funcionar suenan como alas batientes de mariposa acelerada.

Tampoco los curas se libran de los cambios de temperatura. Así, alguno solo atiende ciertos pueblos durante los meses de calor, porque (según dicen) en invierno solo quedan allí cuatro viejos? Mientras, estos viejitos no dejan de rogar a Dios que el viaje hacia las vacaciones eternas ocurra en verano, cuando es más fácil encontrar cura, y así poder confesarse y morir en paz.

Así las cosas, parece ser que hoy la temperatura y el ambiente influyen en la fe religiosa. Durante siglos los templos estuvieron fríos, pero llenos de gente con una fe ardiente que hacía que la Iglesia fuese un cálido hogar. Hoy, invierno espiritual, incluso con calefacción hace a veces más frío espiritual dentro que fuera. Así, tenemos templos calientes, pero piedras semivivas en estado criogénico, esperando ser descongeladas (resucitadas). ¿No será que tanta calefacción y tanto aire acondicionado para adaptarse al ambiente secular nos hace acomodar, rebajando tanto la temperatura religiosa que ahogan el fervor de la fe, de manera que es más fácil preocuparse del calor de los edificios que de la temperatura de los corazones?

Gracias a Dios, aunque aquí la fe varía con el ambiente, en otros lugares del mundo ésta no cambia con el termómetro. Ahí están los millones de perseguidos que huyen de la yihad por causa de Cristo, a los que ni frío ni calor consiguen quebrantar su fe en el Dios de la esperanza y el amor. ¡Como si el frío y el calor fueran su mayor preocupación! Y aquí nosotros preocupándonos porque en las iglesias se pasa frío o se suda mucho? Más nos valiera quemar o estar congelados, o terminaremos en el más allá en ese "ambiente más calentito" que les espera a los tibios de este mundo.

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