Despoblación en tierra de pusilánimes

No debemos permitir que la vida elija el cauce del pesimismo y la tristeza

08.07.2015 | 08:36
Agustín Ferrero

Decía hace poco Javier Marías, hablando de los pusilánimes -que, por desgracia, somos mayoría en occidente- que esta sociedad que hemos creado entre todos "ha procurado infrautilizar a todo el mundo, incluidos los ancianos; o, si se prefiere, prolongar la niñez de los individuos indefinidamente y convertirlos en menores de edad permanente". Y no le faltaba razón al conocido escritor, porque de manera continua asistimos, como invitados de piedra, a decisiones importantes, en las que habríamos estado obligados a intervenir, o al menos a manifestar nuestra opinión. Pero lo cierto es que otros lo han hecho por nosotros, tratándonos como a menores de edad; y nosotros lo hemos admitido, pasando de todo, acurrucándonos en la colchoneta de los pusilánimes.

Sin ir más lejos, hace unos pocos días, nada más ser conocido el resultado de las elecciones municipales y autonómicas, determinadas asociaciones de empresarios se apresuraron a exigir que debían arreglarse rápidamente los endémicos problemas estructurales que venimos padeciendo. Han exigido que las fuerzas políticas se pongan de acuerdo, porque "así lo han exigido en las urnas los ciudadanos". Y, ciertamente, no les ha faltado razón, como tampoco les hubiera faltado si lo hubieran planteado en los mismos términos a los gobiernos anteriores, especialmente en la comunidad de Castilla y León, ya que a todos los niveles (Nacional, autonómico, provincial y local) pertenecían al mismo partido y, consecuentemente, no habrían tenido demasiada dificultad para hacer grandes cosas juntos.

Pues eso, que está bien que lo digan ahora, aunque sea un poco tarde. Como también estaría bien que en el entorno hubiera alguien que dijera algo diferente; más que nada por promover un contraste de ideas, pues de los debates a varias bandas suelen surgir conclusiones más acertadas. Practicar el arte del debate, que es un don que solo permiten las democracias, es cosa buena, pues se perfilan los contrastes y se estimula la costumbre de escuchar, aunque se trate de ideas diferentes a las nuestras.

Mientras el paro y la despoblación galopan sobre estas tierras, como jinetes apocalípticos -a un ritmo, que de no frenarlo, en treinta años habrá desaparecido la provincia, o estará a punto de hacerlo- nosotros, aquí, continuamos participando de la liturgia de los pusilánimes. Y la catarsis final será culpa de todos: de los que lo han hecho mal, y de quienes no hemos sabido hacer los deberes a tiempo. Es por tanto menester el escuchar a aquellos que intentan afinar los instrumentos para interpretar melodías diferentes, ya que de ellos podrán brotar propuestas atrevidas.

Y es que, en estos tiempos que ahora corren, el río imperturbable de la vida va muy deprisa, y quizás, esté cansado de seguir por su cauce; quizás esté esperando nuevos arroyos de aguas más claras y cantarinas.

No debemos permitir que la vida elija el cauce del pesimismo y la tristeza. Dejémosle llegar el perfume de la primavera y la fragancia de las rosas frescas, para que en el futuro, nuestros descendientes lleguen a escuchar muy lejanos los ecos lastimeros.

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