Cobardías manifiestas y despreocupación silenciosa

Mariano Rajoy y el Gobierno no han sabido gestionar adecuadamente el conflicto catalán

17.11.2014 | 23:58
Cobardías manifiestas y despreocupación silenciosa
Cobardías manifiestas y despreocupación silenciosa

Cuándo llamaremos a las cosas por su nombre? Estamos tan acostumbrados a los "eufemismos" que damos un paso atrás cuando íbamos a proferir una palabra algo fuerte. Tal vez por eso, en los medios de comunicación, ahora, con lo ocurrido y lo esperado en Cataluña, prodiguen la palabra "pasividad" en sus referencias al Gobierno de España y a otras instituciones que, más o menos, dependen del mismo. Lo siento mucho; pero yo he preferido utilizar otros términos en esta ocasión, tan fuertemente calamitosa para la unidad de España y para el Gobierno del señor Rajoy, quien -en esta ocasión y en otras demasiado abundantes- da la impresión de que "aspira" a la vida cómoda de la oposición, dejando la posición comprometida del Gobierno.

Mi opinión sobre "cobardía" la aplico al Gobierno de la Nación, que se ha limitado a "papelines", casi convertidos en "papelones" y se ha escudado detrás del Tribunal Constitucional -que, a su vez, parece que no ha consumado su actuación-, en lugar de ir "a pecho descubierto", adoptando (el Gobierno) medidas fuertes que, desde su primer paso, hubieran paralizado los sucesivos avances del señor Mas, que -aunque sea para mal- sí se ha puesto a la cabeza de la rebelión y hasta ha llegado a proclamarse "único responsable" de la consumación de la pertinaz desobediencia a las firmes resoluciones del Tribunal garante de la Constitución Española. Los hechos parecen haber transformado todo lo ocurrido en un diálogo constante entre afirmaciones "rotundas" de don Mariano Rajoy y negaciones taxativas de la realidad. Decía el señor presidente: No se celebrará la "consulta"; ha respondido la realidad: Sí se celebra; afirma, de nuevo, don Mariano: no se pondrán urnas; responde la realidad: se han puesto urnas; decía nuestro presidente: "Se impedirá que se pongan a disposición de la "consulta" centros oficiales"; ha contestado la realidad: solo algún director de instituto de Enseñanza Media se ha negado a abrir sus puertas al aparato electoral, a pesar de la opresión soportada por una directora. Y algunas otras palabras del diálogo aquí establecido. No es extraño, pues, que algunas personas significadas pidan al señor presidente que haga buena su última afirmación: "Mientras yo sea presidente del Gobierno, no se romperá la unidad de España". Como la unidad de España se considera algo "sagrado", esas voces le dicen al señor presidente que, de acuerdo con su "contundente" aserto, haga lo que sí está en sus manos: dejar de ser el presidente del Gobierno de España. Yo no soy partidario de tal decisión: siempre he estimado que la voluntad del pueblo debe cumplirse el tiempo legal; y que los interesados -en este caso don Mariano Rajoy- deben soportar su "calvario" el tiempo que les pidió la voluntad popular en las urnas. Eso sí: con dignidad propia y defensa de la soberanía popular.

Otra "cobardía" encuentro yo en los estimados cuatro millones de personas que el domingo, día 9N, no acudieron a votar y que se estima que no son partidarios de la independencia de Cataluña. Mi opinión es que, tal como se presentaba la situación, debieron arrostrar cualquier peligro y acudir a votar su supuesto "No". Con tal medida, hubiera quedado clarísimo que el "Sí" no hubiera alcanzado el proclamado 80%: hubiera quedado reducido a la ridícula minoría más baja de un 20%. No creo que el señor Mas estaría tan ufano en estos momentos.

Finalmente el remate: existió un silencio ominoso en todas las localidades de España, que ahora -en conversaciones particulares- aparecen tan "indignadas" por lo ocurrido. Por poner el ejemplo más notorio, en este Madrid, donde soportamos cada día algaradas con manifestaciones de probos "inconformistas", que alteran la circulación de nuestras calles por cualquier "jaimitada" de muy escasa importancia, en esta ocasión, ante un asunto de tan esencial significación como una posible ruptura de España, no han colapsado nuestras calles ni han impedido a los ciudadanos disfrutar tranquilamente de la tan concurrida Puerta del Sol. Tal vez mi juicio sea equivocado; pero ahí está la realidad y parece que abona mi humilde criterio.

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