¿Podrá Podemos?

Hay muchas personas que no terminan de encontrar concreción a las propuestas de la formación

11.11.2014 | 08:45
Francisco José Alonso Rodríguez
Francisco José Alonso Rodríguez

Que Podemos es el fenómeno político del último año en España, pero también en otros puntos del planeta en los que se ha convertido en referente, es innegable. Que su defensa de la imprescindible regeneración política, en el sentido estricto del término ("dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo"), resulta también incuestionable. Pero, de momento, son muchas las personas que no terminan de encontrar concreción a las propuestas de la formación.

Podemos, que mantiene su consideración de movimiento ciudadano más allá de su inscripción como partido político, sustenta sobre términos como Libertad, Igualdad, Fraternidad o Soberanía la defensa de su programa colaborativo. Este recoge apuestas tan obvias e irrenunciables como el cambio de modelo productivo, la eliminación de la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, la garantía del derecho a la salud y a la educación pública o incluso la elaboración de presupuestos participativos, práctica con importantes casos de éxito en el ámbito local de países como Brasil.

El control de la corrupción o la limitación de sueldos constituyen, según Podemos y miles de españoles, otros obstáculos a superar en el tránsito hacia un nuevo modo de hacer política que, en el caso de la nueva formación, bebe de la defensa del concepto de justicia que el 15-M enarboló en las calles y plazas de España y de otras muchas ciudades del mundo y que, quizá, pierda muchos de sus matices en la traslación a la esfera política.

Pero son varias las voces (más allá de las de los expertos en generar ruido) que siguen considerando utópico el proyecto de Podemos, tanto por su concepción de la democracia como por su estructura interna. En esta línea de pensamiento se sitúa Gustavo Bueno, quien reconoce sus conocimientos de organización pero no de economía y augura la disolución del partido como consecuencia de la unión de los círculos y de su interpretación de la democracia: en este punto recuerda que se trata de un sistema político próximo a la demagogia, según Aristóteles, y tirano para Rousseau.

Convertido en revulsivo en un escenario político, el español, anclado en el bipartidismo, Podemos ha traído consigo el discurso del fin de los privilegios, de la defensa de lo público y de las libertades individuales, del freno al avance hegemónico del interés económico y empresarial sobre el ciudadano y de la lucha por la recuperación de la igualdad en un momento, no olvidemos, de especial sensibilidad.

La desigualdad que impera y campa en la actualidad (incluso la que no ha visto aún la luz pero todos sabemos que espera su momento para emerger), que nos llega a diario a través de los medios de comunicación, ha generado la previsible indignación en una ciudadanía que, con bochorno, comprueba cómo sus condiciones laborales y vitales son víctimas de retrocesos constantes fruto, en muchos casos, de la connivencia entre los poderes político y económico.

Es por ello que la de la lucha contra la desigualdad se ha convertido, en todas las latitudes, en la principal meta a alcanzar y en una demanda prioritaria para la ciudadanía, que cansada de abusos y brechas entre unos y otros no estaría en absoluto preparada para una nueva decepción.

El mensaje de Podemos, esperanzador y necesario en muchas de sus argumentaciones, ha permitido insuflar oxígeno a una sociedad asfixiada que no está en disposición de afrontar una desilusión más, derivada, en este caso, de la falta de concreción, recorrido a largo plazo y viabilidad de sus propuestas y de una visión política optimista pero irrealizable, como advierte Bueno.

Frente a ello, los economistas integrados en las filas de la formación creen irrenunciable redefinir los términos del debate económico pese a los obstáculos y dificultades que ese camino depara. El objetivo: acabar con la desigualdad, tanto en lo económico, erigido en el "ámbito único", como en lo social. Esa apuesta pasaría, inexorablemente, por poner fin a prebendas y privilegios en forma de cargo o incluso de títulos nobiliarios, asunto que, por su hondo calado, debería situarse entre las prioridades de la agenda política en la próxima legislatura. Y a eso sí se ha comprometido ya Podemos.

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