Cerrando el círculo de la reconciliación

En memoria de Amparo Barayón Miguel

07.08.2014 | 23:52
Amparo Barayón de joven.
Amparo Barayón de joven.

desde hace varios años llevo trabajando en hacer visibles historias de mujeres y sus aportaciones, que tan cruel e injustamente han estado olvidadas. Lo hago desde un blog "on line" de este periódico y en otros espacios.

En este camino de búsqueda, recientemente me encontré con Helen Graham historiadora sobre la Guerra Civil española. La encontré porque comparte nombre con uno de los personajes de una novela de Anne Brontë, que forman parte de un universo anglosajón que me apasiona, como a Helen Graham lo español. Me interesó de ella que pusiera atención en el papel de la mujer en la terrible contienda y que considere que la Guerra Civil no es un pecado original de los españoles, sino que había corrientes de pensamiento a nivel europeo que produjeron su materialización.

Fue para mí una tremenda sorpresa leer en sus textos sobre la historia de la zamorana Amparo Barayón Miguel asesinada en el verano de 1936, cuando tenía 32 años.

La historiadora nos cuenta cómo los militares rebeldes y sus partidarios civiles fueron redefiniendo al enemigo; menciona aquí "la nueva mujer", dice que un miedo patológico y el odio a las mujeres emancipadas fue una muy poderosa fuerza motriz entre los rebeldes. Amparo Barayón no termina por ser asesinada en lugar de su marido, como muchos comentaristas han afirmado con anterioridad. No, ella fue asesinada, por así decirlo, en su propio derecho. Amparo era una mujer moderna, también nos cuenta que uno de sus asesinos, fue un antiguo pretendiente al que Amparo había rechazado.

En 1930, cuando la monarquía de España se desmoronó, Amparo tenía, 26 años. Dejó Zamora y se fue a Madrid, para convertirse en autosuficiente. Encontró trabajo como operadora de centralita telefónica. Vivía de forma independiente, educándose a sí misma, tanto política como culturalmente. Allí conoció a Ramón J. Sender y comenzó a vivir con él, lo que era avanzado para esos momentos, incluso en Madrid.

El hecho de que Amparo, nos dice la escritora, hubiera extendido sus alas inspiraba terror a los pilares de la sociedad zamorana y también entre los miembros conservadores de su propia familia que la vieron como en el camino de la condenación. Y sería alguno de estos miembros de la familia, quien la denuncia a las autoridades militares en Zamora. Esto ocurrió a finales del verano de 1936, después de que Amparo se hubiera refugiado en Zamora con sus pequeños hija e hijo en las secuelas de la sublevación militar por considerar que aquí no pasaba nada.

Como resultado de la denuncia, Amparo fue encarcelada a finales de agosto de 1936. Fue interrogada con la intención expresa de conseguir que se retractase. Fue sometida a una presión extraordinaria, incluso por un sacerdote, quien la sometió a múltiples abusos e incluso, después de que ella hizo su confesión final, le negó la absolución. En otras palabras Amparo Barayón estuvo sujeta a una forma de tortura psicológica sostenida cuyo objeto era humillarla y finalmente romper con ella, aunque no fue torturada y violada físicamente, como otras presas republicanas.

Un día, su nombre apareció en la lista y los escuadrones de la muerte vinieron de noche a sacarla de la cárcel en las sacas mortales. El 11 de octubre de 1936, Amparo Barayón fue tomada de la cárcel hasta el cementerio y bajo una luz de la linterna, le dispararon y le dieron sepultura, donde cayó, en una fosa común junto a la tapia.

Nos cuenta Helen Graham, cómo el sacerdote en cuestión, dio cuenta a los miembros de su familia después de que ella había muerto. Ella como muchas mujeres republicanas fue encarcelada con su pequeña bebé en condiciones de hacinamiento e insalubridad que eran comunes con masivas muertes que no ocurrieron de forma inusual.

De hecho, esto parece haber sido parte del castigo por su transgresión de género. Un funcionario de la prisión dijo a Pilar Fidalgo compañera de cárcel de Amparo, que las rojas habían perdido el derecho de alimentar a sus crías. Hay muchos relatos de los interrogadores policiales comentando enfáticamente que las mujeres rojas deberían haber tenido más sentido de responsabilidad al tener hijos, porque "las rojas no tienen derechos".

Pilar habla también del sufrimiento moral de los huérfanos. En este sufrimiento moral se dejó a Andrea y Ramón hijos de Amparo, que terminaron alejados de su familia en un lejano país que nos sustrajo su compañía y sus aportes y que los dejó sin raíces.

Leí que Andrea ha terminado siendo monja y que un alto cargo de la Iglesia le pidió perdón por la violencia que esta había ejercido contra su madre. Dudo realmente si esta mujer hubiera sido monja de haber vivido normalmente con sus padres y me duele el sufrimiento infringido a estas personas.

Yo que soy sobrina de un miliciano que murió en la guerra en el bando franquista poco antes del fin de esta, que viví luto largo durante mi infancia por él, desde aquí pido el reconocimiento a esta mujer en sus hija e hijo y como muestra se ponga su nombre a una calle en esta ciudad.

Mujeres como Amparo con sus decisiones cotidianas nos han ayudado a vivir mejor a todas y es de justicia mostrar nuestra gratitud, reconocimiento y pedir perdón por actos que salieron de lo peor de nuestra sociedad.

Sería muy bonito compartir una reunión con la alcaldesa zamorana, la directora de "LA Opinión-El Correo de Zamora", la escritora Helen Grahamy los hijos de Amparo: Ramón y Andrea un 11 de octubre y lanzar al viento una paloma con el compromiso de un futuro de paz y reconciliación. Ya sabemos que quien desconoce la historia está condenado a repetirla.

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