Por qué no me gusta Merkel

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Por qué no me gusta Merkel
Por qué no me gusta Merkel  

G. GARCÍA-ALCALDE La afición musical me lleva a Alemania casi siempre que salgo de España. Admiro esa sociedad, esa cultura y la manera de vivirla. Tengo inmejorables amigos alemanes, que es mucho decir cuando apenas conozco su idioma. Ya no me alojo en hoteles sino en pequeños apartamentos familiares que propician un cierto ambiente de vecindad. En una palabra, me gusta el pueblo alemán y soy «germanófilo» en la más amplia acepción. Pero no me gusta Angela Merkel. No estoy seguro de que esta contradicción sea lógica, ni que el progresivo empobrecimiento socioeconómico y cultural de los países europeos en dificultades derive exclusivamente de la teología de la austeridad nacida en Berlín y coercitivamente impuesta sin disimular ni un poco la insolidaridad proteccionista de la cancillera. La historia de los últimos siglos parece reiterar la frustrada voluntad hegemónica de Alemania, una de cuyas consecuencias es la conciencia de culpa que aflora en reacciones de las que me prohíbo hablar con los buenos amigos.

Una culpa larga y vieja, que puede arrancar de acontecimientos muy pronto centenarios (guerra 1914/18) según la crítica intelectual de los mismos alemanes y, más agudamente, de 1945. Ningún gobierno se ha atrevido desde entonces a removerla activamente, pero algo me hace pensar que el principio de superación de esa culpa es el underground ideológico de la señora Merkel. No seré quien lo critique, pues considero injusta la herencia que recae en varias generaciones de un pueblo admirable, como si la culpa no se extinguiese con la desaparición de los culpables. No fue casual la resonancia planetaria del «no» de Merkel a Netanyahu tras el reciente ingreso de Palestina en la ONU como estado observador. Era «la primera vez» desde 1945, subrayaron todos los medios. Lo que critico es que esa excesivamente demorada manumisión, que consagraría a la cancillera en el altar de los Adenauer, Brandt, Schmidt o Kohl, se apoye en un poder económico (antes fue militar) que pasa por laminar el bienestar de la Europa del Sur. ¿No es, de alguna manera, caer en el mismo error?

Aún sin ejército, estos desarrollos que apestan a derechona son tan peligrosos como los radicalismos de izquierda sufridos en Berlín hasta 1989 y ahora aplicados a dividir a España con la ayuda de un tonto útil que huye hacia adelante. Lo de siempre. De momento, la estimación popular del gobierno de Rajoy ha caído de enero a octubre más abajo de lo que nunca estuvo el gobierno de Zapatero, ni siquiera en la debacle de octubre de 2011. Lo dicen los sondeos del CIS, que ya dan a Rajoy una valoración inferior a la de Rubalcaba. Y la sangría no ha terminado. Para prolongar el plazo de ajuste del déficit, la factoría Merkel exigirá recortar el sistema de pensiones. El presidente español se está pasando muchos pueblos, pero ella también. Y ya conocemos la renta de la docilidad: si Monti tuviera que presentar una lista electoral, su resultado no subiría del 15%. Por eso pide que le proclamen.

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