La sociedad del (bien)estar

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La sociedad del (bien)estar
La sociedad del (bien)estar  

IGOR BARRENETXEA MARAÑÓN La crisis económica lo está barriendo todo a su paso, como una corriente de aire helado que hubiese atravesado la gran llanura europea y congelado, de pronto, todos los corazones. Igual que si una horda de feroces bárbaros hubiesen penetrado para imponer su disciplina de hierro, su fría concepción del mundo y, sobre todo, la áspera verdad de su arbitrariedad, ante millones de ciudadanos que antes creían firmemente en sus derechos y libertades. La lealtad de esta horda es para con ellos mismos, sin importarles los efectos que esto tendrá en la población sobre la que ahora gobierna. Los derechos y las libertades no son útiles para comer, un trabajo digno y una vivienda digna, se establecían antes como derechos fundamentales de los españoles; eso ha pasado a mejor vida. Hay viviendas, sí, pero estas han quedado vacías porque no hay trabajo. Ya nadie se acuerda de sus dueños cuando la policía llama a la puerta de los domicilios para proceder a los desahucios. Solo cuando el drama ha sacudido la conciencia social (en unos casos, como los jueces, o por pura imagen, caso de las entidades financieras rescatadas, curioso), ha dispuesto mecanismos para evitar que cientos de familias acaben en la calle, sin otro techo que el cielo sobre sus cabezas, sin nada para guarecerse de las inclemencias ni para calentarse. Por todo ello, y lo que viene, nos dicen, los ciudadanos debemos apretarnos el cinturón, aceptar resignados, sin más convicción de que pase lo más rápidamente la estación, hasta que retorne la primavera, si acaso llega, porque sabemos que estamos solos y desprotegidos; lamentablemente, cada vez más solos, cada vez más desprotegidos.

Podemos salir a protestar pero los gobiernos no nos escuchan.

Dicen actuar en beneficio del bien común. Pero, sinceramente, no lo tenemos tan claro porque no están padeciendo lo que la gente de a pie. Su austeridad, el recorte de sus sueldos o gastos, nos producen una risa agridulce. El invierno se prolonga de una manera insondable para el resto, como si hubiese venido para quedarse indefinidamente; ya no hay paños calientes que aplicar, la realidad cotidiana se plantea desnuda ante nuestros ojos, solo hay que leer los titulares de prensa: desahucios y sus terribles efectos, nuevos recortes que se avecinan y que afectan a los que menos tienen y a los inmigrantes, a los que se les indica que han dejado de ser personas, y se les impide acceder a la cobertura sanitaria.

No habrá paga extra de Navidad y si alguna autonomía incumple la orden, es sometida a la dictadura de los tribunales. Para contener las penurias, no hay mejor medida que recortar el Estado de bienestar, aprovechar el signo adverso de los tiempos para aplicar las políticas neoliberales de turno. Esto es, dejar de intentar la redistribución de la riqueza, cerrar el grifo del Estado asistencial, del cual tantos ciudadanos se han beneficiado (viendo solo el carácter innoble cuando no es así); recortemos servicios, incumplamos los compromisos adquiridos con otros seres humanos, privaticemos la sanidad y permitamos que las empresas inviertan en educación, hasta conseguir que el sistema se pliegue a la conveniencia del capitalismo. Los europeos nos hemos convertido en víctimas dobles de una crisis financiera internacional que lo único que hace es buscar nuevos mercados y lugares afines a sus intereses.

Una crisis que sufrimos y padecemos, como si ese fuera nuestro aciago e inapelable destino. Algo terrible ha sucedido y aún no nos hemos hecho a la idea de cómo ha ocurrido, ni si hay una solución. Los padres, muchos jubilados, asisten, cuidan y protegen a sus hijos en paro, y, como antiguamente, la familia se ha convertido en el baluarte natural para sobrevivir ante un marco hostil y un Estado que se ha olvidado de los necesitados. No hay más opciones. Mientras Europa sueña con parecerse a Estados Unidos, renunciar a su identidad para mostrar que quien más tiene es el que más vale, obviando las injusticias a las que vivimos sometidos, miles de ciudadanos vagan escarbando en los cubos de basura para encontrar algo que les permita vivir un día más, y alimentar a sus familias. Los inmigrantes, antaño, un capital humano que compensaba la falta de crecimiento demográfico del país, para el caso español, se marchan, les siguen otros miles de españoles que han decidido embarcarse en la aventura de buscar en Europa empleos que les permitan no solo ir tirando sino hacer más dignas sus grises existencias. El mundo ha cambiado y la política se ha mostrado incapaz de anticipar la jugada. Ha buscado soluciones rápidas a un tsunami financiero que no ha habido manera de amortiguar.

Nadie se ha hecho responsable de sus efectos.

Pero para recuperarse se ha acordado olvidarse de aquellos ciudadanos que suponen una carga para el Estado. Las ONG y las organizaciones asistenciales vuelven a convertirse en los guardianes de la dignidad humana como hace un siglo. Comedores sociales atestados de gentes que no pueden sufragarse un menú del día en cualquier bar o tasca que se precie. Lo han perdido todo menos la dignidad, que esa nunca les será arrebatada ni hipotecada a favor de ningún banco o gobierno. Y el Estado, en vez de proceder con cautela, se embarca en restablecer el viejo equilibrio rescatando bancos y entidades financieras para que el capitalismo no se colapse pero a costa, claro, de quitar el pan de la boca o regatear con el futuro de miles de familias.

Si acaso creímos en una sociedad justa y en estable equilibrio, nos hemos despertado de este bonito sueño de la manera más amarga y despiadada posible, cuando la utopía se ha derrumbado sin más. El dinero es como la energía, no se destruye, se transforma, ahora bien nadie sabe a dónde ha ido a parar. Lo único que sabemos es que hay cinco millones de personas apuntadas en las listas del INEM en España, entre ellas una generación de jóvenes, ya perdida, pues no encuentran trabajo ni tienen expectativas de lograrlo.

Cinco millones de almas errantes que hoy se limitan a esperar.

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