Consecuencias funestas

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Consecuencias funestas
Consecuencias funestas  

JOSÉ LUIS MARTÍN RODRÍGUEZ De nuevo han ocupado las columnas de la prensa zamorana dos especies dañinas, una con escaso provecho y la otra con ninguno. La primera pertenece al reino animal irracional y la otra al animal racional que se comporta irracionalmente. Se trata -no hace falta que lo aclare- por una parte de los lobos y por la otra de los incendiarios, enemigos impunes de la naturaleza y de la riqueza general de una comarca especialmente dotada de vegetación y belleza conjuntadas armoniosamente. Se han cebado con esa belleza extraordinaria que caracteriza al partido judicial donde nací y que, dentro de las comarcas de mi tierra, destaca por competir con los paisajes más amenos de toda España y de parte del extranjero. El fuego -dicen que en gran parte intencionado- ha predominado en Sanabria y ha llegado hasta Asturianos, municipio de la baja Carballeda. Del norteño Porto al «sureño» Asturianos en pocos días ha debido atenderse hasta a doce focos de bosques y campos incendiados. Ocurre este fenómeno normalmente en el estío; este año, tal vez debido al prolongado estiaje, que ha hecho del invierno el más seco en muchos años, el fuego (por desgracia intencionado) se ha adelantado y se ha producido en la estación menos propicia a tal fenómeno. Indudablemente son los incendiarios los culpables principales (y casi exclusivos) de esa actividad antisocial y antieconómica. Y -lo más irracional- que no produce un beneficio -al menos reconocido- a quienes incurren en tan delictivo ataque contra la economía (por el daño directo, al destruir riqueza y el indirecto, al contribuir a la gran sequía, puesto que la abundancia de arbolado influye poderosamente en la existencia de lluvias). Es algo que nunca he llegado a comprender: hacer daño sin recibir provecho alguno. No justifico el robo; pero entiendo que se robe para disfrutar del producto robado; sin entender el asesinato, sospecho que el asesino pretende algún supuesto beneficio que dimane de esa acción; pero «matar por matar» o «hacer daño por hacer daño», sin que se derive un beneficio -por pequeño que sea- creo que añade a la malicia del acto una irracionalidad impropia del humano ser racional.


He dicho que el incendiario es el culpable principal cuando el incendio es intencionado. Pero cuando se producen los incendios con tanta frecuencia, una vez y otra vez, no cabe duda de que son culpables la legislación y la justicia, que no cumplen con su obligación de defender los bienes naturales de los ciudadanos. El mal que se deriva de los incendios es importante. ¿En qué se queda el castigo reparador y preventivo inferido a los incendiarios -muy pocos- que han sido descubiertos y tal vez detenidos? Debe ser tan leve la sanción impuesta que todos los años (y el actual más que el anterior; y así sucesivamente) se repite el fenómeno en los mismos lugares y en otros próximos o lejanos. Si el mal es grave, el castigo establecido por la ley e impuesto por la justicia tiene que ser importante y tan disuasorio que los incendios vayan siendo cada día más raros hasta llegar a quedar reducidos a los no intencionados ni previsibles, porque se pongan los medios para que no ocurran. Alguien ha dicho, a propósito de los que han sucedido en Sanabria en estos días, que hubiera costado menos limpiar de maleza los montes que el dinero invertido en los medios empleados para sofocar el fuego. Y tiene razón. Y, si a esas medidas preventivas se pusiera mayor empeño en hallar al incendiario y, una vez hallado, se le impusiera -por ejemplo- participar en primera línea en todos los incendios que se dieran aquel año y el siguiente, casi con seguridad se le quitarían las ganas, a él y a otros, de reincidir en la «lúdica» faena.


En cuanto a los lobos, que -diga lo que diga quien escriba sobre ello, hablando de las 61 ovejas muertas en San Agustín del Pozo- matan mucho, pero no a todo el rebaño (lo comprobé más de una vez en la Dehesa de Valverde cuando tenía de siete a nueve años), la actitud de nuestra sociedad es tan especial que los considera «especie protegida». Se comprende muy bien que no son ganaderos los que tienen esa consideración. Ni son ganaderos ni han contemplado -como yo de pequeño- el llanto desolado de los cabreros de Valverde cuando el lobo atacaba a su rebaño y lo diezmaba. Aparte del gran cariño que le tenían a sus cabras -que conocían una por una, en toda su trayectoria desde que eran tiernos cabritillos- veían mermado su exiguo capital y arruinados sus desvelos en el cuidado de aquellos animales, que, indefensos, habían perecido «agorjados» por los depredadores que, tal vez, solo habían aprovechado una de las cabras, dejando a las otras muertas con solo aquella herida mortal en su garganta. Como se ve, si se ha demostrado que fueron realmente lobos y no «cánidos pequeños» los que atacaron en San Agustín, la movilidad del animal ha dado como resultado que no se han limitado a Sanabria, Carballeda o a cualquiera otra comarca de la parte occidental de la provincia de Zamora (Aliste, Sayago o la tierra de Alba), sino que llega su efecto destructivo hasta la parte nororiental de Zamora, en los partidos de la Tierra de Campos. ¿Sanción para la actividad destructiva de los lobos? No ¡por Dios! Son «especie protegida»; y hay que procurar que, lejos de desaparecer, vaya aumentando el número de individuos de «lobo ibérico». Y, en caso de que se mate alguno, debe procederse con moderación para no desbordar las estadísticas de alimañas de tal género existentes.


¿Consecuencias? Los lobos verán aumentado su número; los incendiarios reincidirán o serán relevados en mayor número. Y los contribuyentes seguirán «pagando el pato» para sufragar los gastos que ocasiona sofocar los fuegos y las insuficientes indemnizaciones con que se atiende a la parte económica de los ataques del lobo. La parte económica, porque para la parte sentimental de ver muerto a un animal al que se le cogió cariño no hay indemnización ni siquiera aproximada.


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