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HEMEROTECA » |
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XAVIER DOMÈNECH En una entrevista que concedió con ocasión de dirigir «Haz conmigo lo que quieras» el escritor Ramón de España definió lo que había aprendido, por la fuerza, en los primeros días tras la cámara: «Sólo sé que el director debe saberlo todo y tener respuesta para todo, porque todos esperan que decida constantemente y sin dudar» (como la entrevista era en la radio, la cito de memoria). Daba lo mismo que tuviera las cosas claras o naufragara en un mar de dudas: debía decidir y mandar con convicción y coherencia. En la baraúnda de cámaras, focos, grúas, vías, generadores, micrófonos, sastres, maquilladoras, actores, figurantes, conductores y servidores de «catering» se espera que el director sepa lo que hacer en cada momento; es más: se exige que así sea. Si la única persona que tiene el conjunto del proyecto en la cabeza dice algo del tipo «no sé» o «vamos a iniciar un proceso de reflexión», o cambia de orientación día sí día también, cunden el desánimo y la desmoralización.
Si ello sucede en un rodaje cinematográfico, que no deja de ser un proceso industrial bastante pautado y planificado, cabe suponer que la alergia al desgobierno será mucho mayor cuando quienes lo perciben son los ciudadanos de un país sumido en una crisis económica que no ofrece visos de salida y que le ha llevado ya a los cuatro millones largos de parados, mientras su solvencia sube y baja como en un tiovivo. Un país donde la sensación más extendida es que el Gobierno no sabe ni adónde va ni por dónde, que se dedica tan sólo a dar palos de ciego, y que ni tan siquiera es capaz de garantizar que va a cumplir las órdenes de sus acreedores, que le han prescrito un severo régimen de ayuno. Ahora los impuestos van a subir, ahora no tanto. Ahora despido casi libre, ahora despido judicializado.
Ahora cero inversiones públicas, ahora unas cuantas carreteras para que no protesten los barones. Las gentes abren el periódico matinal con aprensión, temiendo hallar en él una nueva ocurrencia del equipo económico.
Así las cosas, llegó la huelga general, cuya única trascendencia parece haber sido el incremento del malestar. Si los sindicatos, que son «de los suyos», se ponen así con Zapatero, es que lo está haciendo realmente mal.
Los ciudadanos han suspendido la huelga porque la consideran una perfecta estupidez, inútil para sus propósitos y perjudicial para el país en estos momentos, pero comparten con los sindicatos la certeza de que había motivos. Pero, además, una huelga general es siempre un elemento que añade confusión y caos al paisaje y alimenta el humano deseo de pasar página y acabar con tanto desconcierto. Los sindicatos querían que el Gobierno rectificase, pero quizás hayan conseguido cargárselo del todo. Al final, las partes contendientes han empatado pero a puntos negativos: ambas suspenden. Quizás esté acertando Rajoy con su táctica de sentarse a esperar: no sólo le están regalando la Moncloa, sino que llegará a ella con los sindicatos desactivados.
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