En defensa de los sindicatos

Eran cerca de veinte hombres, trabajadores de la construcción, con las manos encallecidas y una madurez suficiente como para no dejarse engañar.

 
En defensa de los sindicatos
En defensa de los sindicatos  

LAURA RIVERA CARNICERO Pasaron por el sindicato porque les acababan de despedir disciplinariamente, por falta de asistencia al trabajo. Nos contaron lo que realmente había pasado: cuando llegó la Navidad, el encargado les dijo que se cogiesen quince días de vacaciones, en parte porque se merecían pasar las fiestas en casa con la familia descansando, y también porque el tiempo era tan malo que no se podía trabajar. Se fiaron del encargado que les transmitió la buena noticia, y cuando volvieron al tajo al cabo de los quince días les dieron la carta de despido por abandono del trabajo. ¿Qué podían hacer?


¡Pero hombres de dios! - de ese «dios» que dice un físico muy inteligente que no existe-. ¿Cómo es posible que no tengáis por escrito el permiso por vacaciones? ¿Cómo os habéis fiado? -les dijeron en el sindicato los más avezados y escarmentados sindicalistas-. ¿Qué queréis que hagamos ahora? ¿Cómo demostramos que os han puesto con el alma que no existe en los pies, sin un duro en el bolsillo y sin derecho a cobrar el paro?


Lloraban las piedras de ver a estos hombres tragarse sus lágrimas; se rompía el alma al ver su orgullo pisoteado. Trabajadores con experiencia burlados una vez más, y la familia esperando en casa: «Vete al sindicato a ver qué se puede hacer». ¿Qué podía hacer su sindicato?


Entonces yo era una de las liberadas sindicales que ahora todos denuncian y denuestan porque los sindicatos han convocado una huelga general contra algunas políticas del Gobierno del PSOE, y eso convierte en vagos e irresponsables a quienes cuando firmaban con los gobiernos de turno en el Estado y en las Autonomías eran nada menos que «agentes sociales» y pilares básicos de la sociedad democrática.


¡Al cabo no han recibido alabanzas desde los poderes públicos y fácticos los agentes sociales sindicales por su sentido de la responsabilidad cada vez que se apuntaban a la concertación y firmaban un inútil Plan de Empleo! ¡Tantas!, que han conseguido que muchos trabajadores se fueran alejando de los sindicatos porque su realidad desmentía los avances laborales conseguidos presuntamente con estas firmas. Llegó un momento en que con las firmas solo se conseguía perder menos de lo que amenazaban con recortar, pero se perdía. Al final, después de varios años, hay que volver a convocar una huelga general, como la que todos los primeros de mayo cantábamos en la «mani» a la que nunca faltamos: «Hace falta ya una huelga, una huelga?».


Porque se ha llegado a una situación límite: con cinco millones de parados, con trabajos precarios para jóvenes y viejos, con los sueldos a la baja y las pensiones congeladas, con el despido barato, con los contratos basura? y amenazando con seguir recortando derechos a los trabajadores. Nuestros derechos.


¡Qué casualidad que sea ahora precisamente cuando se ponen a recontar, y recortar como Esperanza Aguirre, a los liberados sindicales! Poco les falta para acusar a los miles de liberados de ser los culpables de la crisis, porque hunden a las empresas y disparan el déficit de las administraciones públicas. ¿Dónde estaban los salvapatrias y salvaempresas hasta hace unos días, antes de la convocatoria de huelga, que no se les oía? Mientras los sindicatos se plegaban apenas sin resistencia, más o menos a la fuerza, a sus intereses, los miles de liberados eran responsables agentes de los agentes sociales. Gente respetable. Y no como ahora que se han levantado de la mesa de la negociación, cortésmente y sin dar ni un leve puñetazo. Y por si fuera poco que sean muchos los miles de liberados, son unos vagos que no quieren trabajar.


Eso nos dicen.


Las luchas históricas de los trabajadores han conseguido que los representantes elegidos en cada empresa, los delegados sindicales, tengan por ley un crédito horario que se descuenta de su trabajo para dedicar a tareas sindicales. Esas horas se pueden acumular en una persona, y surgen así los llamados liberados. Las horas totales que pueden utilizar de su trabajo en la empresa son las mismas, las tengan delegados o liberados. En muchos casos se opta por acumular horas en un liberado porque la empresa pone demasiadas pegas -incluso amenazantes- a los delegados si quieren usarlas; incluso es la empresa a veces la que prefiere que haya un liberado a que los delegados utilicen esas horas cuando las necesita el sindicato o los trabajadores porque les dificulta la organización del trabajo. Todo esto es la ley, de momento, y supuso en su momento un avance en los derechos laborales.


A estos liberados se han sumado a mayores los llamados «institucionales», que son aquellos que se conseguían a través de la negociación colectiva en empresas o del pacto en la administración.


¿A veces se han utilizado estos liberados para favorecer una firma o un acuerdo? Puede que en algún caso, pero entonces ninguno de los firmantes lo criticaba. Acaso los propios trabajadores, que veían cómo la merma de sus derechos se transformaba en más liberados.


¿Hay liberados vagos? ¡Claro! Y trabajadores, y empresarios, y -aunque menos- hasta amas de casa.


¿Utilizan la liberación para sus intereses personales? Algún caso habrá, como en otros sectores.


Es verdad que, por ser conquistas muy difíciles y muy duras de la clase obrera, la ética exige más a un liberado sindical que, por ejemplo, a un alcalde o al presidente del Gobierno (y eso que también fue durísima la lucha por la democracia). Pero la solución no es que desaparezca el derecho al crédito horario de los delegados o liberados. Para que hoy se tenga ese derecho, hubo muchos sindicalistas que dieron su tiempo después del trabajo y que perdieron muchas veces su trabajo y hasta su vida. No renunciemos a un derecho por su mala práctica o por la pésima propaganda en su contra.


Yo he conocido en los sindicatos gente solidaria, altruista, trabajadora. Algunos eran liberados durante un tiempo. Algunos lo son hoy en día. No tienen de qué avergonzarse por ejercer un derecho conseguido por los trabajadores.


Los sindicatos y el sindicalismo son necesarios. Y cuando tengo dudas porque no luchan todo lo que yo quisiera, me acuerdo de los cerca de veinte hombres que entraron en el sindicato un día porque les habían despedido cuando se fueron de vacaciones. Creo que solo consiguieron cobrar el paro tras la demanda. Pero tenían donde ir; sabían donde ir? ¡A su sindicato! Para que nos defienda.

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