CHANY SEBASTIÁN
La Raya fue durante siglos lugar frecuente de escaramuzas guerreras y a veces encarnizadas batallas donde españoles y portugueses dieron su vida en batallas ajenas que a ellos ni les iban ni les venían, pero los nobles y los reyes de Castilla y Portugal eran dueños absolutos del ordeno y mando y para ellos obedecer: la única alternativa. Los cercos de Carbajales por los portugueses y de Miranda do Douro por los castellanos fueron la muestra de contiendas pérdidas por los invasores que en su huida arrasaron pueblos alistanos y trasmontanos. Moría más gente en la retirada de los vencedores y de los vencidos que en el fragor de la propia batalla a manos de fusiles y bayonetas.
El siglo XX dio lugar a un modo de vida para muchos alistanos y trasmontanos: el estraperlo o contrabando. Hombres y mujeres convertidos en fuera de la ley durante décadas, mientras en Portugal gobernaba Salazar y en España Franco, años de acoso y derribo, hasta que la Revolución de los Claveles en Portugal y la Democracia en España abrieron los caminos de las esperanza a la supresión de barreras, conseguida con integración de ambos países en la Unión Europea, rompiéndose las fronteras, aquellas que en 1297 rubricaron Dinis y Santa Isabel con María de Molina y su hijo Fernando IV «el Emplazado».
El café Palmeira fue por excelencia el producto estrella del contrabando. Al amparo de la noche, bajo la luz de la luna, lloviendo, con heladas o nevando, salían los porteadores y porteadoras a venderlo en tierras alistanas para ganar unas perras para sobrevivir, surcando intransitables senderos pues lo que se trataba era de evitar y despistar a los Carabineros y Guardiñas. Cholas rompiendo urces y sorteando robles, sabiendo que si la cosa salía bien se ganarían unas pesetas para sacar adelante a la familia, que si salía mal perderían el café y lo invertido en él, sumiéndose en la ruina, antesala de la miseria.
La Carmiña y Filismina fueron dos de las contrabandistas más afamadas de La Raya y de las más recordadas y queridas en Aliste. Sobre sus espaldas sacos con hasta treinta kilos de café por recorridos largos y sinuoso, desde su aldea de Constantim, a cuya Virgen de la Luz eran devotas, hasta los límites de Aliste por Valer y Puercas, hasta Alba, por Vegalatrave. Aun recuerdo en mi niñez la estampa de aquellas dos mujeres cuando llegaban a mi pueblo, siempre cansadas, a veces mojadas hasta los huesos hasta la casa de mi abuela Paula. Los tiempos cambian y no siempre para peor. Aquellas sendas se sufrimiento y perseguidos pueden ser ahora fuente de intercambio cultural, material e inmaterial. Alistanos y trasmontanos seguimos empeñados en mirarnos de frente tras siglos de citas a escondidas, condenados a entendernos, pues para bien o para mal, lo sabemos, nuestro futuro será el mismo.