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HERMINIO RAMOS En la Alhóndiga, ese noble monumento zamorano que nos lleva a los finales del siglo XVI y que guarda las esencias y estructura de la cultura de nuestro Consistorio, nos ofrece en su salón de exposiciones una de esas muestras artesanas de la forja en la que además de definirnos al autor como un artista consagrado en el arte del hierro, nos ofrece las inmensas posibilidades que en ese arte pueden desarrollarse. Si nos desplazamos a la época, 1575, en que se levanta el noble edificio, sin exagerar podemos afirmar que en este campo de la forja, la rejería ocupaba a las grandes familias de rejeros, aunque también hemos de reconocer otras obras no de arte pero no menos grandiosas. La forja o arte del hierro, ha sabido enlazar en las manos de estos maestros el poder del fuego y el artista que aprovecha ese fuego para arrancarle al hierro toda su fortaleza y dominarlo humildemente pero a la vez sabiamente hasta convertir su dureza y su consistencia en las formas de una obra de arte. Es como si el maestro forjador alcanzase el alma del hierro y la transformara hasta conseguir perpetuarla en la obra de arte que se nos ofrece bajo las formas y los objetos más diversos pero siempre convertidos en una permanente muestra de la alianza del hierro, el fuego y el artista que unidos hacen historia.
La forja gloriosa va decayendo hasta quedar convertida en una artesanía utilitaria a la sombra del campo y con destellos artísticos de cuando en cuando. Será la segunda mitad del pasado siglo cuando comienza a despertar de su secular sueño y más concretamente será la Formación Profesional la que reivindique a ésta dándole y reconociéndole todos sus valores e interés. En esta época y a esta generación pertenece Gregorio Fagúndez, el señor Goyo para los amigos que en este caso concreto es quien nos ofrece en ese singular monumento, esa no menos singular exposición en la que el maestro del hierro nos muestra cómo desde los quince años ha sido capaz de encontrar y poner en práctica todos los recursos del arte y del oficio para entregarnos una serie de obras de tal categoría, que cualquiera de ellas serían motivo de atracción en las salas más destacadas de cualquier museo.
Dos aspectos destacaría yo en la obra del señor Goyo: primero el dominio del arte de la forja, porque sólo con ese dominio se pueden realizar con arte y acierto esa filigranada decoración que adorna las distintas partes de las piezas presentadas. Auténticas creaciones que aumentan su belleza por la decoración, en la que no nos cabe duda es algo más que un maestro.
En segundo lugar ese acierto de haber dedicado a la historia de la ciudad algunas de las piezas, junto al anecdotario y añadiría la filosofía que encierran algunas de sus geniales creaciones.
Entre las primeras hemos de destacar las Barandillas del Puente de Hierro. Nuestro artista ha conseguido levantar, conservando los restos de esas barandillas una auténtica alegoría al hierro al tiempo que recuerda su origen y los remata en un alarde y además un feliz acuerdo con dos grandes símbolos de la ciudad y de su historia, el río, el puente y su primer obispo, el santo Atilano, pez y anillo que coronan y cierran ese feliz acierto de nuestro maestro de la Forja.
La exposición supone una visita obligada a la exposición, algunas de cuyas piezas harán historia en las salas de nuestros museos.
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