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HEMEROTECA » |
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JUAN JESÚS RODERO Antaño, cuando se quería representar la imagen de un ciudadano próspero y supuestamente feliz y satisfecho de la vida, de un rico, o de un tiburón como decía el genial Perich, se dibujaba a un hombre gordo fumándose un gran puro, habano por supuesto. Pero el paternalista estado de la era del bienestar hace tiempo que cambió el panorama hacia todo lo contrario y no sólo en España sino en muchos países, emprendiéndose cruzadas contra el tabaco primero y contra la obesidad ahora, como la que el Gobierno de la nación de común acuerdo con todas las comunidades autónomas acaba de anunciar y emprender.
Vaya por delante que a la gente, en general, le parece bien y hasta muy bien a algunos, que se conciencie al personal de los peligros para la salud que conlleva el fumar y el sobrepeso, y que se tomen serias medidas al respecto. Siempre que no se exagere, claro, que es lo que parece que está ocurriendo casi en todas partes con el tabaco, donde ya no se trata de recomendaciones sino de prohibiciones estrictas cuya infracción significa sanciones severas e incluso muy severas. A este paso ni siquiera en la calle se podrá fumar y los fumadores sólo podrán hacerlo en su casa… si les dejan.
Ahora, la cosa va dirigida contra la obesidad y ciertamente es fácil observar cómo aumenta más y más el número de personas gordas. A veces, parece que estemos en Estados Unidos. Se come mucho y se hace poco ejercicio. Y eso que si antaño casi todas las enfermedades se curaban a base de reposo y mucha alimentación en la actualidad es todo lo contrario: movimiento y dieta. Lo que decían los antiguos, eso de que para llegar a viejo poco plato y mucho zapato. Pero lo preocupante es que este problema de salud que supone o puede llegar a suponer la obesidad afecta también a los niños. Uno de cada cinco menores tiene problemas de sobrepeso, según los datos de Sanidad.
Y es ahí cuando el Gobierno y los gobiernillos regionales han decidido intervenir. Con buen criterio. No se trata de prohibiciones con duras sanciones como en el caso de los fumadores, sino de una rigurosa campaña nutricional con límites, normas y disposiciones que tanto la industria alimentaria como los sectores implicados tendrán que atender. Se pone coto al exceso de azúcar, sal y grasa tanto en la llamada bollería industrial como en las bebidas refrescantes que tendrán unos límites precisos en la composición del producto. No será un adiós a golosinas, chuches, bollos y demás pero sí un cambio cualitativo. Eso es lo que pretende esta nueva cruzada.
Como ocurriera con el tema del tabaco las protestas no se han hecho esperar y la industria ya ha denunciado la criminalización de sus elaborados, con el riesgo consiguiente por un posible descenso de ventas lo que a su vez implicaría la pérdida de puestos de trabajo. Lo de siempre, vamos. Pero no parece tan difícil poner menos azúcares y menos sal y menos y mejores grasas en bollería y refrescos. O cambiar por fruta pelada y envasada, por frutos secos o por zumos verdaderamente naturales. Educación nutricional, eso es lo que los expertos creen que se necesita y no sólo en los niños.
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