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CARMEN FERRERAS Vivimos en una sociedad necesitada. Necesitada de más comodidades de las que tiene, necesitada de más lujos de los que puede disfrutar, necesitada de más dinero del que puede gastar, necesitada de elementos, cuantas veces innecesarios, que sólo contribuyen a nuestra insatisfacción. Necesitamos crearnos necesidades. No podemos pasar sin ellas. No podemos vivir sin ellas. Son banalidades que nos empeñamos en creer que contribuyen a nuestra felicidad, a nuestro bienestar, cuando no es así. Tantas necesidades como nos creamos nos complican la vida, pero nos dejamos, vamos a gusto en la burra, aunque ese ansia por crearnos necesidades innecesarias nos ponga al borde del infarto.
Me encantan ciertos pueblos de África que conozco bien por mi larga permanencia en aquellas latitudes ecuatoriales y sobre todo de América Latina, de la América hermana, donde la mayor necesidad, la única necesidad de familias enteras, de barrios marginales enteros, de pueblos enteros, es la necesidad de sobrevivir. Abrir los ojos cada día y comprobar que luce el sol para todos es a lo único que aspiran. Y no es que sean conformistas, pero se conforman. Son gentes que conservan intacta su dignidad, que no la han prostituido en beneficio de la lisonja, de la prebenda o del vil metal.
Junto a esas personas, pronunciando una elocuente lección que nos negamos a aprender, están los misioneros, los sacerdotes, esos contra los que parece haberse abierto la veda, hombres y mujeres de Dios, que realizan su apostolado entre la marginación, en la precariedad más absoluta. Pero ahí están, aguantando firmes. De vez en cuando vuelven al solar que los vio nacer, nos hablan de su apostolado, nos conmueven o eso queremos hacerles creer, les soltamos un óbolo siempre miserable con el que quedar bien el día que señala la Santa Madre Iglesia, pero en cuanto nos dan la espalda porque vuelven a aquellas tierras de misión, a la América de los niños yunteros o al África del sida, auténtico azote apocalíptico, nos olvidamos de ellos y volvemos a nuestras viejas costumbres, que por algo hacen leyes, de crearnos absurdas necesidades.
Cuanto más miro en derredor, cuanto más profundizo, menos me gusta lo que veo. Cada día que pasa estoy más de acuerdo con aquella máxima, con aquel versículo, con aquella verdad que recuerda: «no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita». Esa es la verdadera cuestión. No necesitar o necesitar menos. Ese es el mejor y mayor patrimonio de quien sabe administrarlo correctamente. Se habla muy bien, se escribe muy bien desde el bienestar, desde el sobresueldo, desde la comodidad pero procurando no caer en el grave «error» de predicar con el ejemplo. Lo digo, más que nada, por la cantidad de redentores, por la cantidad de almas pías como pretenden cada día, aquí y acullá, darnos lecciones de ética, de caridad, de misericordia y aun de humanidad y con cuya rueda de molino hay que comulgar. Son los que no entienden eso de «... quien menos necesita», porque ellos necesitan conseguir más aunque sea a costa de. Pero qué bien quedan admonizándonos cada día.
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