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HEMEROTECA » |
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MANUEL PRIETO PEROMINGO Estamos en verano y no es cosa de entrar en problemas demasiado serios. Es conocida la anécdota de Oscar Wilde dando una réplica enfadada al conocido que, medio en broma, medio en serio, le dirigió muy poco cortésmente un «cada día se le ve más gordo». El dramaturgo irlandés, con ingenio indudable, le espetó de mal humor: «y usted cada día resulta más ordinario», frase francamente dura en el Londres victoriano de finales del siglo XIX. Era llamarlo soez, zafio o patán.
Reconozcamos que el suplicio social de los obesos en nuestros días es similar al de tiempos pasados y la tentación de solidarizarse con ellos es demasiado fuerte, aunque para nada favorezca su salud. Todo se basa en los reproches, voluntarios o no, que suelen dirigirles los flacos, entecos o amojamados y los atildados y peripuestos. La envidia, la inquina, la antipatía o la maldad no fueron habitualmente representadas en los óleos clásicos de los grandes artistas de la Historia del Arte con figuras gordas, gruesas, obesas o rollizas. Para ofrecer la visión de esos defectos o pecados siempre eligieron modelos delgados, escuchimizados o secos. Lo verdaderamente triste es que siempre habrá algún amigo inconsciente que, probablemente entre risitas y bromas, soltará un «pero ¿qué haces para ponerte tan gordo?» O peor el otro chascarrillo: «¡Qué bien se te ve, tan orondo como siempre!».
El patrón o modelo de la Humanidad está estipulado o estereotipado por los que quieren dirigir nuestras vidas en cuanto a las formas como el del hombre con cintura de zagal adolescente, cuello espigado, mejillas algo chupadas o consumidas y con un peso de no más de sesenta o sesenta y cinco kilos, como ideal. Hoy en cuanto se pasa de estas cantidades se está en sobrepeso y entonces eres o estás «gordo» sin vuelta de hoja, sin remedio. Los fornidos, robustos y corpulentos de antes han pasado de buenas a primeras a la categoría social de gordos. Y hay que aguantarse.
Con la mujer se acrecienta el problema a causa de actrices, modelos de alta costura, revistas del corazón y de moda, programas de «debate amarillo» televisivos, dietas milagro, clases de Pilates, rayos UVA, índice de masa corporal, bikinis, etc… a los que tiene que enfrentarse toda fémina que se precie de estar al día.
Es incongruente que la Humanidad, o mejor, que las personas tengan que ver a sus congéneres a través de lo que marca la moda y a través de la visión interesada de ciertas publicaciones, empresas, negocios o de las cadenas de TV. ¿Quiénes son capaces hoy de vencer a esa poderosa y voluminosa máquina de propaganda y de publicidad comercial que avala la existencia de los flacos en contra de los gruesos? En otros tiempos más venturosos no ocurrían estas cosas, dirá alguno. Hoy Rubens («Fiesta de Venus», «Las tres Gracias»), José Ribera («Silenio ebrio»), Leonardo, y bastantes más, junto a todos los artistas grecolatinos, serían mártires de mercaderes que anulan lo recio, lo fornido, la opulencia de las carnes y por ende el bien comer y el mejor beber.
Tomemos alegremente esta realidad como lo que es, algo con lo que tenemos que convivir, unos por exceso y otros por defecto. Y sin darle mayor importancia.
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