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ÁNGEL MACÍAS No, no se trataba de una obra que haya obtenido cien premios ni vendido un millón de ejemplares. No está encuadernada con tapa dura, ni ha sido reseñada ampliamente en los periódicos de difusión nacional. La historia que relata era ya con anterioridad ampliamente conocida por mí y sin embargo la narración me cautivó desde las primeras palabras del primer párrafo. Estoy hablando del libro tan histórico como novelado, del sanabrés Delfín Rodríguez, «9-E: La noche que pasó aquello» y que desde aquí recomiendo vivamente a todos aquellos que quieran conocer, contada de una manera distinta, la enorme tragedia de Ribadelago tras la rotura de la presa de Vega de Tera.
Casi coincidiendo con mi intención lectora para este fin de semana veraniego, denunciaba este periódico la semana pasada cómo aún no se ha materializado la promesa de construcción del Museo en Memoria de las Víctimas de la mayor tragedia sufrida por nuestra provincia. El museo, fue anunciado por las autoridades hace algo más de dos años, cuando se iniciaban los preparativos de los actos conmemorativos del quincuagésimo aniversario, promesa que se reiteró cuando estos se celebraron en enero de 2009. Pero a día de hoy aún nadie sabe cuándo empezará su construcción. Como he sido cocinero antes que fraile, sé que en el ámbito de la administración, una cosa son los deseos y otra la velocidad que se puede imprimir a la tramitación de los proyectos, pero sé también que una vez pasadas ciertas fechas el eco de las propuestas se va alejando y corre el riesgo cierto de pasar a dormir el sueño de los justos.
No debería ser así en esta ocasión. Demasiado tiempo se me antojan ya 51 años de sueño para los justos que perecieron en aquella descarnada noche de invierno fruto de la injusticia de otros. Demasiados años durante los que los supervivientes no pudieron siquiera enterrar los cuerpos de sus seres queridos a los que el agua llevó a las profundidades del lago para que allí se quedaran. Demasiados, como para no darles a los que para su bien o para su mal quedaron, casi lo único que han pedido, ese museo en el que a modo de panteón colectivo para todo un pueblo, puedan homenajear a aquellos que se fueron.
En palabras de otro escritor, Alberto Vázquez Figueroa, quien participó como buzo en las labores de rescate, con respecto a otras tragedias, «en Ribadelago tan solo algo era ligeramente distinto: los muertos no podían ser recuperados porque se hallaban aprisionados en el fondo de un lago. Días de espera de los parientes aguardando que el agua devolviera a sus víctimas, pero estas no volvían, retenidas en el fondo por cables, autos, carretas, vigas, postes de teléfono?». Despierten pronto las administraciones comprometidas.
www.angel-macias.blogspot.com
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