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HEMEROTECA » |
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AMADEU FABREGAT
Dicen que, después de dictar un texto, Eugeni D'Ors preguntaba a su secretaria: «¿Ha quedado esto claro?». Y cuando ella respondía afirmativamente replicaba el maestro: «Pues oscurezcámoslo». La anécdota del brillante catalán, y a ratos falangista, puede ser verdadera o falsa, lo mismo da. Pero ilustra muy bien acerca de las virtudes de la indeterminación, más allá del esnobismo intelectual de su presunto protagonista. D'Ors se horrorizaría hoy con esa obsesión tan extendida por definir y esclarecer, por reglamentarlo todo, sin dejar un resquicio a las bondades de la ambigüedad, que tanto han hecho por la felicidad de las personas y por el progreso de la humanidad.
En un país tan amante de las polémicas nominales, que siempre resultan ser las más letales para la convivencia, el Tribunal Constitucional clarifica que Cataluña no es una nación. Lo verdaderamente fáctico es que les han recortado un poco de aquí y de allá, ajustándoles la sisa, pero el titular ha conmovido más al imaginario colectivo. A Eugeni d'Ors, un personaje fascinante que pasó del nacionalismo catalán al nacionalismo español, tránsito facilón porque al final todos los nacionalismos se parecen, le habría complacido mucho esa decisión en algún momento de su vida, lo mismo que le habría disgustado profundamente en otros. El Tribunal se ha inspirado obviamente en la Constitución, que al nacer tutelada por el gremio de las armas, si tuvo que valerse de los ardides y poderes de los dobles sentidos como motores de la historia.
Parafraseando a Azaña, las ambigüedades de la Constitución nos han permitido llegar hasta hoy sin fusilar a nadie. Allí se consagró el termino nacionalidad, que viene a ser como la prima segunda de la nación, para denominar a las presuntas naciones que no podían serlo porque nación solo había una, que antes había sido además grande y libre. Otro oportuno equivoco semántico para salvar discrepancias, para nombrar lo enojosamente nombrable. Algo así como llamar hoy gay al bujarrón de antaño, si se me permite la licencia en fechas tan señaladas para el orgullo del asunto, cuyo concepto nunca entenderé porque ignoro como se puede estar orgulloso de algo que uno es al margen de su voluntad de serlo.
Así que, a cambio de quitarles unos dineros les despojan del término nación, que a tantísimos catalanes les pone infinitamente más que las competencias censuradas, que siempre podrán recobrar a través de otras vías mas fenicias. Me resulta poco caritativo el rigor definitorio del Tribunal Constitucional, aunque hay que elogiar que haya mantenido la utilidad de la incertidumbre durante tantos años. Si a muchos catalanes les hacia ilusión pensar que son una nación, porque privarles de ello, y de la tierna felicidad que el vocablo les proporcionaba. Hablando de cuestiones simbólicas, o metafísicas, mejor no darles demasiada importancia y dejar que cada cual se realice en paz con las suyas. La obsesión por aclararlo todo, por reglamentarlo todo, no puede traer nada bueno. Unas dosis de ambigüedad, convenientemente administradas, facilitan mucho la convivencia, sea en un matrimonio, en una comunidad de vecinos o en un país entero. No somos dueños del sentido de las palabras, y es mejor no intentar acotarlas demasiado. Hay parejas que se rompen cuando alguno de los dos pretende aclarar con mayor precisión y detalle el comportamiento del otro.
Pero ahora hay mucho reglamentista afrancesado suelto, con el asunto de los velos y del burka, por ejemplo, y la caza del crucifijo, sin entender que España nunca tuvo una revolución como la francesa, gracias a Dios, ni ellos tantos siglos de historia con moros y cristianos conviviendo en paz y armonía como nosotros. A mí me parece muy bien que las señoras usen velo o se pongan un burka, siempre que no estalle. La única objeción que le haría a estas vestimentas es que convendría estilizarlas un poco, para hacerlas más digeribles estéticamente, como ya hizo hace años David Delfín, en la pasarela Cibeles, muy vituperado por las feministas-leninistas del lugar. Las del burka son muy libres de entender su libertad y su dignidad como les venga en gana. Uno puede ser, o sentirse, libre en una cárcel, si se lo monta de místico, por ejemplo. No hay que pretender imponer todos nuestros valores a los demás, porque a lo mejor tienen gustos diferentes. Y a veces la mejor manera de solucionar un posible problema es no llegar a plantearlo, correr el tupido velo, y nunca mejor dicho, de la diosa ambigüedad.
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