El alzamiento de las Comunidades de Castilla

 
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La camarilla flamenca parecía tomar a Castilla como el gran botín que les deparaba el hecho de que su señor se hubiera convertido en rey de las Españas

MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ Sin entrar en detalles sobre el grave conflicto surgido en Castilla con el alzamiento llamado de las Comunidades castellanas, sí es conveniente recordar sus causas principales para reflexionar sobre lo que supuso aquel movimiento comunero y el sentido que cabe darle en la historia de la España imperial.


Por supuesto, esa nota de príncipe extranjero, es una de las primeras causas que hay que apuntar; nota extranjerizante agudizada por la camarilla flamenca que, presidida por Chiévres, parecía querer apoderarse del gobierno de España. Una camarilla flamenca ansiosa de riquezas que parecía tomar a Castilla como el gran botín que les deparaba el hecho de que su señor se hubiera convertido en rey de las Españas. Se rumoreaba que la mujer del propio Chièvres, al regresar a Flandes, llevaba consigo trescientos caballos y ochenta mulos cargados de riquezas.


Además estaba el hecho de que Carlos V, al ser elegido Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y al dejar España para recibir la Corona Imperial, supeditaba las cosas de España a las del Imperio. Y es más, que aquellas Cortes castellanas de 1520 reunidas en Santiago y después trasladadas a La Coruña lo habían sido para conseguir un fuerte servicio -el impuesto castellano- para pagar aquel costoso viaje, y que en aquella ocasión los procuradores de las Cortes de Castilla habían recibido tantas presiones que incluso alguno de ellos votaría en contra de las instrucciones que tenían de sus ciudades respectivas, veremos que sería el caso de los procuradores segovianos y que ello tendría graves consecuencias.


Además estaba la indignación por algunas medidas tomadas por el nuevo Gobierno carolino; la más grave, que al vaciar la silla arzobispal de Toledo, la catedral primada de España, fuera designado un extranjero que solo tenía a su favor el ser sobrino de Chièvres, de modo que España entera vio asombrada y escandalizada cómo un jovencísimo extranjero, un adolescente que apenas si contaba dieciocho años, era el que sucedía en el cargo de arzobispo primado de las Españas al cardenal Cisneros.


De ese modo, unas cosas añadidas a las otras, el malestar en toda Castilla acabó siendo tan fuerte que no pudo por menos de reventar con el alzamiento conocido como el de las Comunidades de Castilla.


En principio fue un movimiento urbano, y la primera ciudad en alzarse contra el mal Gobierno carolino fue la imperial ciudad de Toledo, que no podía olvidar el ultraje sufrido cuando se supo la noticia de que su nuevo arzobispo era aquel muchacho flamenco. Y aún había algo más: Carlos V, en aquella primera estancia suya, había puesto su Corte primero en Valladolid y después había ido a Zaragoza y a Barcelona, para dejar España tres años después sin visitar Toledo; ofensa que la capital del Tajo tendría muy en cuenta.


El alzamiento de Toledo le cogió a Carlos V cuando aún estaba en Galicia a punto de embarcarse. Y siendo la noticia tan grave, surgió la duda de si no sería conveniente aplazar el viaje para sofocar antes la rebelión toledana. Pero la ilusión de verse convertido en Emperador de la cristiandad y en recibir la primera corona imperial fue tan grande que Carlos V llevó a cabo su partida de España dejando atrás un verdadero polvorín a punto de estallar.


Y así ocurrió. Pronto las ciudades cercanas a Toledo, como Madrid y Cuenca, pero sobre todo las de la Meseta superior, se rebelaron abiertamente. En algunos casos la cólera de las ciudades alzadas contra Carlos V fue tan grande que se tomaron la justicia por su mano, dando muerte a los procuradores que les habían representado en aquellas Cortes incumpliendo las órdenes recibidas; tal fue el caso de Segovia, y sin duda el más violento.


En un afán de sacralizar sus funciones, las ciudades levantadas contra el mal Gobierno imperial mandaron sus emisarios a la ciudad de Ávila para crear una Junta que la representase, a la que dieron inmediatamente el nombre de Santa. Sería la Santa Junta de Ávila. Era un deseo de afirmar cuán justa era su protesta, hasta el punto de tener que levantarse contra su joven rey.


De todas formas, comprendiendo lo dudoso de su postura desde el punto de vista legal, los comuneros intentaron un golpe de fuerza: se presentaron en Tordesillas, se hicieron con el poder de la villa y trataron de que la reina Juana secundase su actitud. Pero no lo consiguieron y a partir de ese momento se diría que el movimiento comunero entró en dudas, empezando a perder fuerza.


Ya para entonces, en aquel otoño de 1520, gran parte de la Castilla señorial se había alzado contra sus señores; eso no era sino seguir el modelo que les daban las ciudades de realengo: si ellas se alzaban contra su señor, que era el rey, ¿por qué no habían de hacerlo las otras, las villas de señorío, contra sus señores, la alta nobleza de Castilla? y dicho y hecho, empezando por la villa de Dueñas, alzada contra su señor el conde de Buendía en el verano de 1520.


Ese giro social que tomó el alzamiento castellano perjudicó hondamente a los comuneros. De pronto Carlos V se encontró con unos aliados inesperados: los grandes de la nobleza castellana; circunstancia que aprovechó para designar además a dos de ellos, el almirante y el condestable, para que acompañasen al cardenal Adriano, al que había dejado como regente en el gobierno de Castilla.


A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron.


Las fuerzas comuneras se refugiaron, inactivas, en Torrelobatón, donde pasaron aquel invierno. Y al apuntar la primavera, temerosas de verse acorraladas, dejaron Torrelobatón, pero ya perseguidas por la caballería realista. Y fue cuando, a la vista de Villalar, donde los comuneros trataron de guarecerse de un fuerte aguacero, la caballería carolina regia cargó sobre ellos y en un santiamén los derrotó.


Sería la acción de Villalar, librada en 1521, que apenas si puede considerarse como una batalla, aunque sus resultados fueron decisivos.


Al día siguiente, en la plaza del mismo Villalar, serían ejecutados los jefes comuneros más renombrados: Padilla, Bravo y Maldonado. Y toda la España comunera se rendiría a las fuerzas imperiales, salvo la ciudad de Toledo, que todavía resistiría hasta bien entrado el año de 1522, dirigida por María Pacheco, la animosa viuda de Padilla.


Y fue un buen final para Carlos V porque por aquellas fechas, y aprovechando los apuros en que veía metido al Emperador, Francisco I de Francia había invadido Navarra y el País Vasco, apoderándose de Fuenterrabía.


De ese modo, la primera de las muchas guerras hispanofrancesas desencadenadas a lo largo del reinado de Carlos V, tuvo un curioso efecto: el de unir a toda Castilla, incluidos los antiguos comuneros, para luchar contra el invasor.


Y ahora vayamos al gran debate: ¿lucharon las Comunidades por las libertades de Castilla? O bien hemos de verlas como un movimiento urbano promovido por las principales ciudades castellanas que querían hacerse con un poder al modo de las ciudades-estado que tanto proliferaban en Italia?


Pues bien, en un principio, los comuneros comienzan por considerarse los representantes legítimos de toda la Nación. Ellos no luchaban por un bien particular, sino por el bien común. Y de ese modo, cuando constituyen la Santa Junta de Ávila, esta se considerará la representación del reino y defensora de la república tan agraviada por Carlos V y sus consejeros flamencos.


La tesis comunera era que las ciudades reunidas en Cortes -o en Santa Junta- podían hacerse legalmente con el poder, cuando el rey estuviera incapacitado para ello. Y así Valladolid proclamaría que las Comunidades tenían «la voz del Rey». La manifiesta incapacidad mental de doña Juana, la juventud de don Carlos, su condición de extranjero, su dependencia de una camarilla flamenca y, finalmente, su ausencia, tras su viaje al Imperio, todo eso favorecía las pretensiones de los comuneros. Los desaciertos iniciales de Carlos V y el abuso del poder de sus consejeros flamencos permitían evocar el texto de las Partidas (como nos señala uno de los más lúcidos estudiosos del tema de las Comunidades, el profesor Maravall). En este texto jurídico del Bajo Medievo se apremiaba a los súbditos que tuvieran en cuenta «la guarda que han de hacer al Rey de sí mismo», de forma que «no le dejen facer cosas a sabiendas porque pierda el alma, nin que sea a malestanza et a deshonra de su cuerpo o de su linaje, o "a grant daño de su Regno"...».


Por lo tanto, las Comunidades de Castilla, al tratar de poner coto a la autoridad regia que tendía al absolutismo, era, según el afortunado juicio de Maravall, toda una revolución; de hecho, la primera revolución de los tiempos modernos.


De ahí que a la pregunta de si lucharon las Comunidades por las libertades de Castilla, podamos concluir: sí, en cuanto que lucharon por un régimen representativo, frente al autoritario que quería imponer Carlos V; o, como nos indica Maravall, hay que dar a los comuneros el papel que les corresponde en la Historia de la libertad democrática en España.


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