RAFAEL MONJE
Con respeto, faltaría más, pero también con la libertad que concede el mayor de los sentidos, que es el común, tengo que decirlo porque si no reviento. A saber. Aún no salgo de mi asombro por el tratamiento informativo que hemos dispensado al fallecimiento de una de nuestras figuras más ilustres, a quien la universalidad de la lengua castellana tanto debe; al labrador de las letras y al excepcional cazador de palabras y sentimientos que ha sido y es Miguel Delibes. No entiendo, como digo, que su muerte haya merecido un titular secundario, incluso de esquina, en algunas portadas de la prensa que se edita en esta región, el mismo día que la inmensa mayoría de cabeceras nacionales y algunas internacionales abrían a toda plana con la triste noticia. Basta con echar un simple vistazo a esas portadas para comparar y extraer algunas conclusiones. Y una de ellas es lo mucho que nos cuesta reconocer por estas tierras el talento y la sabiduría de los nuestros, entendiendo por lo nuestro lo castellano y leonés. Les animo a realizar ese ejercicio de comparación de las portadas publicadas el pasado 13 de marzo y, aun a riesgo de recibir insospechadas reprobaciones, creo que hay una disparidad latente que no he encontrado, por ejemplo, entre los periódicos que se distribuyen en Cataluña. No habrá que darle mayor importancia, pero tampoco creo que sea una simple cuestión anecdótica, sino un síntoma más de que lo castellano «vende» fuera mucho más de lo que nos pensamos y que, lamentablemente, somos los castellanos los que no acabamos por creérnoslo. Y esto es lo triste, la exasperante falta de autoestima, la incapacidad de poner en valor lo que somos y, sobre todo, lo que podemos ser.
Esa escasa conciencia regional a la que tantas veces se apela como complaciente justificación de una forma de actuar ya no es admisible. Más bien da la sensación de que es la cómoda excusa para defender una actitud pusilánime con la que nos identificáramos para evitar dar explicaciones al vecino. De ahí que la prensa tenga la serena obligación de alentar a una sociedad civil y, de paso, provocar la necesaria reflexión sobre su esencial papel colectivo. Y ensalzar a quien por méritos propios se ha granjeado la admiración mundial no es sólo una razonable exigencia, sino la mejor oportunidad para reivindicarnos y mirarnos en el rostro de la sabiduría y de la humildad, cualidades que, por cierto, suelen ir unidas. Pero, si, por el contrario, no somos capaces de saludar debidamente lo propio, caeremos en la inevitable tentación de perder la estima y un razonable orgullo de pertenencia.
A esta tierra de nuestros adentros le sobran el bullicio irreal de la soberbia, la palabra fatua, la incredulidad y ese atávico victimismo, pero requiere como nunca de la conciencia de sus gentes, de la inteligencia y honestidad de sus responsables, del tesón de sus emprendedores y de rigurosos y afinados altavoces sociales.
El escepticismo ahoga a quien lo practica como el miedo atenaza a quien lo sufre, por eso la tierra que nos vio nacer y abre sus brazos solidarios a cientos de nuevos paisanos, la misma tierra que tan magistralmente describe la obra narrativa de Delibes, no es ni debe ser escenario para la pesadumbre, sino el territorio que ensalzan sus moradores. Sencillo no es, pero nadie mejor que quien pisa su propia tierra para entenderla, explicarla y darla a conocer; nadie mejor para realzar el trabajo y el alma de quienes han hecho de su vida un testimonio de ejemplo y virtud, de insondable apego a un territorio que le merece tanto o más que ellos a él. Escribirlo y contarlo a los nuestros es el mínimo homenaje que podemos hacer desde los medios, contarlo y escribirlo a los cuatro vientos, con profusión y letra ancha, no con recatado espacio y titular secundario.
rafael@promecal.es