JOSÉ LUIS MARTÍN RODRÍGUEZ
He hablado ya de la raíz en la que se basa el retraso de la justicia, a propósito de lo que ocurre en el Tribunal Constitucional con relación a determinado Estatuto de Autonomía. La circunstancia de que los magistrados para determinadas instituciones judiciales sean elegidos por los partidos políticos y no por los jueces, que deberían atender a la sabiduría, rectitud y experiencia de los candidatos, vicia, sin lugar a dudas, el comportamiento y el funcionamiento de los componentes de esas instituciones. Tal circunstancia es a dichas instituciones como la «moción de censura» al orden democrático. En éste, la voluntad del pueblo es suplantada por los parlamentarios de los partidos políticos; en el asunto de los magistrados, además de la dependencia de los partidos que los propusieron, existe alguna otra circunstancia que hace echar de menos la justicia, que debe ser el norte de la actuación y cuya ausencia causa el descrédito de eso que llamamos «la judicatura». No suscribo las recientes palabras de un líder político: «la justicia está hecha unos zorros a causa del "ganao" que la rige». Conozco jueces íntegros, entre ellos algunos que fueron alumnos míos en Bachillerato; y estoy completamente seguro de que un porcentaje muy elevado de los jueces, próximo al 100%, cumple con su deber de forma escrupulosa.
Pero, ante noticias que van dándose en la actualidad, quiero insistir en una idea que me ha preocupado desde hace mucho tiempo: la justicia y la verdad deben ser invulnerables. Esos y otros conceptos, como la vida, la honradez, la caballerosidad? etc. son los que me hacen «disparar», señor comentarista de las iniciales A.J.M.F., «siempre en la misma dirección», o -como en este caso- en cualquier dirección. Por si le vale de algo, diré que a los 26 años tenía mi vida resuelta y a los 30, con motivo de una injusticia, dejé aquella vida y comencé una nueva, casi desde cero, en Madrid; no deseaba comulgar con la injusticia como también tengo la desgracia de no «comulgar con ruedas de molino» en lo que se refiere a la verdad. Si voy a hablar, o digo la verdad o me callo. Cuando la expresión ajena no verdadera se refiere a cosas mías, exclusivamente, me callo muchas veces; si perjudica a muchos o a todos en general, no puedo callarme. Y, sin esperar que llegara a tanto para los dos, me arriesgué a aquella situación que desembocó en injusticia, presintiendo de antemano que sería el perdedor. La injusticia nos afectó a los dos competidores.
El título de esta colaboración se refiere a lo que está ocurriendo en ambos sentidos con el caso del tan controvertido juez Garzón. Primero fue él quien recusó, «por su enemistad», a tres magistrados de los que habían de decidir en las tres querellas presentadas contra él; después han sido otros los que han recusado a tres magistrados alegando la estrecha amistad con el mismo juez.
Si de lo que se trata (y debe ser así) es de administrar justicia, la amistad o enemistad no deben ser determinantes y, por tanto, no deberían ser motivo de recusación. Los jueces deben ser justos, por encima de todo; y sus decisiones deben responder a la justicia, ajustándose sin fisuras al espíritu y, seguramente, a la letra de la Ley. No debe haber una justicia para los amigos y otra para los enemigos; la justicia debe ser única porque la ley debe comenzar por ser justa («una ley injusta no obliga», estudié yo hace muchos años) y de acuerdo con esa justicia radical y esencial de la ley debe administrarse la justicia.
Somos humanos y, por tanto, podemos equivocarnos. Y los jueces, por ser humanos, pueden equivocarse; pero una cosa es la equivocación propia del ser humano y otra dejarse llevar de antemano y estar predispuesto a juzgar de acuerdo con la amistad o enemistad. La profesionalidad de las personas debe ser independiente de los afectos; y eso debe regir, sobre todo, en profesionales que han de ejercer en el campo delicado de la justicia. Siempre he preferido la actuación de un juez a la de un jurado. El juez debe decidir «iuxta acta et probata»; el jurado puede dejarse influir por otras circunstancias. De hecho un jurado declaró «inocente» a un individuo que había asesinado a dos agentes de la Seguridad.
Defiendo la competencia de jueces para elegir magistrados de instituciones que velan por la justicia. Y los que intervienen en asuntos de justicia deben ser personas acreditadas por unos conocimientos específicos singulares. No es de recibo lo que ha hecho el señor Rajoy: «fichar», como «asesor en materia penal», a una persona que, si se nos ha dicho la verdad sobre su preparación, carece de conocimientos jurídicos para ello por el momento. Digo «por el momento» porque es notorio el caso de un delincuente que, preso por asesinato, hizo en prisión la carrera de Derecho; igual podría hacer en libertad el señor fichado. Ni son competentes para intervenir colectivos que, en el caso arriba referido, han tomado partido contrario a la postura adoptada, por unanimidad, en el Tribunal Supremo. Opino (y no soy el único) que debemos dejar que la Justicia actúe con total independencia y que los jueces resuelvan los casos que se les presenten atendiendo a lo que es la Ley justa, sin interferencias de profanos y teniendo en cuenta sólo lo que es justo.
Si los jueces, en lugar de pesar sólo la justicia, se dejan llevar por amistad o enemistad, por acepción de personas o por cualesquiera otras consideraciones ajenas a la justicia, ésta no será tal, sino que se convertirá en un «compadreo» inadmisible. El juez que incurriera en tal conducta, si reincidía, debería ser despojado de su respetabilísima profesión; pero, si un juez decide en justicia, sea con el amigo o con el que no lo es, no debe ser eximido de la obligación de sentenciar de acuerdo con la ley justa. No se debe abusar de la recusación presumiendo la venalidad en determinados jueces, ni a favor ni en contra del sujeto a proceso.