LUCIANO PAJARES
Aquellos días de tortillero, que así es como se llamaba en términos profanos de este Benavente de mi niñez el domingo de Lázaro, era cuando la tortilla española sustituía con éxito a los embutidos del año que todavía en estado de media curación no convenían para festejar una Dominica de Gracia en el entorno duro de D ª Cuaresma, pero acabó siendo la estrella indiscutible, dando nombre al festejo.
Era la primera fiesta de primavera y, por tanto, podía hacer frío o calor, llover o nevar, no obstante la ilusión era sentir que los rigores del invierno se habían ido y se conjugaban con el placer de merendar en el campo sobre una manta en el suelo, la suculenta tortilla regada con vino del lugar y casera de Quitapintas, enfriado en el agua del río; eso superaba todas las expectativas y tenía que ser muy malo el día para no juntarse las familias y en un carro cargado con la comida y con los más pequeños, acudir al Tamaral, la Ventosa o al Puente Castro; aunque también recuerdo que alguna vez, por claras expectativas de mal tiempo, todo el paseo quedó reducido a la umbría de la prodigiosa arboleda de la Fuente Mineral, donde además nos daban un vaso de agua milagrosa.
Durante mi larga vida han sido muchas las experiencias gastronómicas y muchas las tortillas que he degustado; las he comido normales, de varias -superpuestas al estilo de una tarta-, en maceración de tomate frito y con distintos complementos, como chorizo, berenjena, jamón, guisantes, atún, etc.; pero, sin duda, las mejores fueron apreciadas en aquellos días de tortillero cuando, entre familias amigas, se materializaban estas pequeñas excursiones al campo y las amas de casa se esmeraban en presentar la mejor tortilla, que se apreciaba por su rápida desaparición; Para esta competición de habilidad cocinera, las mujeres se preparaban el jueves anterior y se aprovisionaban de patatas y cebollas en la plaza de la Verdura, de huevos en la plaza de las Gallinas, de chorizos caseros a medio curar, etc... La tortilla era la reina, la estrella sin parangón, pero nunca faltaba una lechuga a lo tío amenizada con escabeche y aceitunas negras.
Lo cierto es que esa fórmula culinaria tan prestigiada y prestigiosa que se compone, fundamentalmente, de patatas, el alimento universalmente extendido de la América profunda, ligadas íntimamente al huevo, dan, por lo extremadamente deleitables al paladar más tosco, una fama internacional, tan grande y tan extendida como la de la paella. En la tortilla de patatas se confunden en una avenencia perfecta la patata y el huevo batido. Dos sutiles texturas de diferentes matices delicados y sublimes. No me extraña que cuando el ejército napoleónico invadió nuestra tierra y se aprovisionó de nuestras patatas, a la tortilla sólo de huevo la llamaran, de manera despectiva: ¡Francesa! Y, sin embargo, también es un plato delicado y muy apetecible.