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LAURA RIVERA CARNICERO Hay más de cuatro millones de parados y están aumentando. Esto no pasaba antes, cuando la mujer no trabajaba. Gran parte de la culpa la tienen las mujeres que, en vez de quedarse en casa cuidando a los hijos y al marido, en un reparto del trabajo que ha sido tradicional y tan buenos resultados ha conseguido para la pervivencia de la familia -la única que al final te echa una mano cuando vienen mal dadas-, y que constituye un modelo social que deberían copiar otros países de los que llaman avanzados. Porque permite paliar el sufrimiento en las situaciones difíciles, ya que siempre hay una mujer como el pilar firme de un edificio social tambaleante.
Bueno, y que como los tiempos cambian y ahora las chicas estudian y no se conforman con quedarse en casa como antes, bien está que puedan tener un trabajillo fuera de casa para sus gastos, algún capricho, algún extra? un complemento incluso del sueldo del marido que a veces no llega para todo. Para eso están las jornadas parciales, que parecen que ni pintadas para las mujeres, ya que permiten que se «realicen» con el trabajo -hay mujeres que dicen eso de realizarse, y hay que respetarlo- y de paso traer unas perrillas a la economía doméstica, sin dejar por ello de atender el resto de las actividades «domesticadas».
Eso si están casadas, claro, porque si están solteras necesitan un trabajo fuera de casa. Aunque tampoco hace falta que cobren tanto como un hombre, porque son más «apañadas» para hacerse sus cosas y no tener que andar contratando a alguien que les haga las tareas domésticas. Así que con menos sueldo y con menos jornada -eso hay que reconocerlo- una mujer se arregla mejor. No hay más que ver el ejemplo de las viudas, con la ínfima pensión que tienen, ¡con qué dignidad mantienen su forma de vida! Limpias, bien alimentadas, siempre arregladas, las casas confortables? y cuidando a los nietos para que las hijas puedan trabajar.
Es que si tienen hijos, sean casadas o solteras, «mucho trabajar, mucho estudiar y mucho luchar», pero no tienen la libertad de un trabajador para dedicarse a la promoción dentro de la empresa: no pueden dejar la casa y los hijos abandonados ni un solo día; no pueden desplazarse o viajar para promocionar a otro puesto de mayor nivel; ni tiempo para estudiar, aunque eso se les da bien cuando son jovencitas -mejor que a los chicos, está demostrado-.
Y luego hay algo que no pueden arreglar las medidas de conciliación de la vida laboral y familiar ni todos los servicios públicos, por cierto, ¡la pasta que nos gastamos en guarderías o residencias de ancianos! Si es que hay que pensar sinceramente si merece la pena que entre todos paguemos estos servicios para que la mujer pueda trabajar, o si no sería mejor que el coste de éstos se sumara al sueldo del marido, y la mujer se pudiera quedar en casa tranquilamente cuidando de niños y viejos, como siempre. ¡Y hasta un sueldo se podía pagar al ama de casa! Y estarían más descansadas que ahora, que no pueden con todo y andan denunciando, las más feministas, lo de la «doble jornada», «el techo de cristal» y otros inventos parecidos.
Lo que no pueden cambiar todos los apoyos sociales es que las mujeres son las únicas que pueden estar embarazadas durante nueve meses. Eso de momento no hay quien lo cambie. Y es normal que las empresas lo tengan en cuenta para contratar. Porque no solo son los meses de embarazo: que si hay que cuidarse y cambiar el puesto de trabajo que puede ser perjudicial para el embarazo? Después viene todo lo demás: el niño está malo, las vacunas, llevarlo a la escuela, hablar con la maestra? ya no paran de pedir permisos. Y eso no puede permitírselo una empresa, por más que digan que las mujeres no faltan al trabajo más que los hombres.
Por eso lo normal es que se prefiera a un hombre frente a una mujer joven en los trabajos, para evitarse complicaciones. También entra dentro de la normalidad desde el punto de vista de la empresa que debe velar por los beneficios y la rentabilidad, que antes de contratar a una mujer se le pregunte si tiene hijos, si piensa tenerlos? y diga lo que diga, si se queda embarazada, no renovarle el contrato o despedirla directamente. ¡La naturaleza no se puede cambiar!
Este último aspecto, el de la maternidad, debería ser tenido en cuenta por los autodenominados «pro vida» que estos días salen a la calle contra la vieja ley del aborto. Porque es injusto que a las mujeres se les discrimine laboralmente por el hecho de poder tener un hijo. A veces la decisión de tener un hijo no es una cuestión de libertad, sino de necesidad. Muchas veces, de verdad.
En definitiva: si aún se pensaba así en tiempos de bonanza, ¿qué va a ser de las trabajadoras durante la crisis?
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