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Alucinando en colores

El mundo anglosajón ha encontrado una nueva razón del fracaso escolar: el rotulador rojo con el que los profes corrigen los exámenes

 01:06  
Alucinando en colores
Alucinando en colores 

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Ya está. Fin. Esta mañana arrojé a la papelera todos mis rotuladores rojos, todos mis bolígrafos rojos, todos mis lápices rojos y, por si acaso, hasta el Libro Rojo de Mao. Como en tantas otras cosas, engañado había vivido hasta hoy, cuando unas circulares de esas que me llegan al correo electrónico coincidían en lo mismo: gran culpa del fracaso escolar la tiene el color rojo con que los profes tachamos en los exámenes los errores del alumno (o del alumno y la alumna, o del alumnado, o del elemento discente, o del copartícipe de las estrategias de enseñanza-aprendizaje, o del ciudadano y la ciudadana inmerso e inmersa en la dinamicalidad de la educacionalidad: ya no sabe uno cómo referirse al adolescente). La noticia es ya un tanto añeja, pero hay veces en que el mismísimo internet se retrasa. En efecto, tanto en el Estado australiano de Queensland (unos cinco millones de habitantes) como en unas cuantas docenas de colegios británicos se prohibió hace un tiempo el uso del color rojo para señalar los fallos en los ejercicios y las acotaciones al margen. Los pedagogos de la Oceanía argumentaron que el rojo «podía ser visto como agresivo» por la chavalería, por lo que aconsejaban, en un «kit» distribuido a unos cuantos centros piloto, que se usasen otros colores. Inglaterra fue más lejos: un jefe de estudios del Crofton Junior School se erigió en teórico y dictaminó que el rojo corrector en los trabajos no sólo era «amenazante», sino «desmotivador» (no especificaba el periódico si el caballero había superado las pruebas de alcoholemia y consumo de sustancias tóxicas antes de hablar, vaya por Dios). Según este nuevo Cicerón, según este Séneca redivivo, según este pedazo de hombre, las escuelas deben formar a los trabajadores del siglo XXI sin «connotaciones de escuela antigua», y, a juzgar por los centros que ampliaron la gama, él mismo ha comprobado que «los resultados de los alumnos mejoran cuando se les corrige utilizando colores distintos al rojo» .


Ya digo que en la inopia había vivido un servidor hasta hoy. Pensaba, errático entre las tinieblas de mi ignorancia, que el fracaso escolar se debía más que nada a la vagancia, la falta de esfuerzo, el pasotismo, la ausencia de cualquier valor reconocido, la amoralidad predicada por ciertas televisiones, la contumacia en el desprecio hacia cualquier tipo de disciplina, el cachondeo ambiente, la dejación de funciones de los padres, la permisividad suicida de los educadores con mala conciencia, el analfabetismo funcional o analfabetismo sin más de los famosos objeto de imitación, la miseria o la pobreza, la desigualdad social, los demenciales y sucesivos planes de estudio, la burocratización de la profesión docente y unas cuantas cosas más. Pues nada de eso. Otra vez más el mundo anglosajón ha vuelto a dar lecciones al mundo: el busilis del fracaso escolar está en el rotulador rojo, en esos tachones rojos que corrigen de modo amenazante y desmotivador al estudiante de 4.º de ESO que escribe «estavan mis ermanas donde no devian», en esas aspas rojas que amenazan y desmotivan al bachiller para el que «la rioja es una poblacion donde ablaban catalan».


Que no se preocupen por mí las consejerías de Educación ni el Ministerio del ramo. Ya conozco el percal y sé que cualquier tontería foránea encuentra rápido acomodo en mi solar patrio. Por ello, me hallo ya dispuesto para los tiempos venideros. A partir de hoy mismo, cuando una alumna de 18 años no sepa resumirme un texto en cuatro líneas sin tres faltas ortográficas o cuando su compañero deje en blanco el apartado «Escribe tu impresión personal sobre el último libro que hayas leído», no verán ni una delgada línea roja en su ejercicio. Me he comprado una partida de rotuladores fluorescentes color menta, vainilla, ámbar, manzana, néctar y turquesa que me van a dejar los exámenes más persuasivos, más estimulantes, más pintureros, coloridos, abigarrados y cegadores que una verbena andaluza. Ole.

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