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HEMEROTECA » |
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PACO ANTÓN Llevo toda esta semanita de campaña, sin quererlo. Tengo la impresión de haber emprendido una cruzada en defensa del concejal de Obras y Protección Ciudadana de la capital, Francisco Javier González, frente a quienes lo ponen a caer de un burro por haber forzado que la antigua plaza de la Cárcel, junto al Mercado de Abastos, esté otra vez patas arriba para arreglar el pavimento. Lo estoy defendiendo ante propios -unos con su mismo carné y otros simpatizantes populares- y también ante sus adversarios naturales, que le tienen ganas y no le pasan una. Bueno, para ser precisos, aclaro que lo que defiendo es su actitud en concreto ante esta obra, la decisión de no ser indulgente con la empresa adjudicataria y exigirle que remate los trabajos según lo convenido. Y, mientras tanto, no soltar un euro e incluso penalizar el retraso en la ejecución, con lo que la constructora lleva ya acumulada una sanción de casi diez millones de pesetas.
¿No es esto lo que queríamos?
Para quienes no frecuentan esta zona -que no serán muchos, porque es lugar de paso en pleno centro-, sepan que la re-pavimentación de la plaza de la Cárcel quedó hecha unos zorros tanto en la parte de nuevo adoquinado como en la más amplia en la que se intentaron aprovechar las antiguas losetas de granito. Nos dimos de bruces con un firme muy irregular, que con tenues lluvias hacía charcos y charquitos, pero sobre todo que hacía penoso el caminar sobre guijarros y salientes, que al menor descuido invitaban al tropezón. Así lo entendieron no sólo los transeúntes, sino también algunos vecinos y los escasos comerciantes de la plazuela, amén de los industriales del mercado, que recogieron firmas entre los ciudadanos para exigir al Ayuntamiento una correcta ejecución de las obras. «Y si hay que levantar otra vez la plaza, que la levanten», me decía uno de los afectados cuando recolectaba firmas de adhesión. Pues velahí: su ruego imperativo ha sido atendido al pie de la letra. Un comerciante que ahora es consecuente, justifica aquella reivindicación y demuestra generosidad al evaluar las consecuencias: «A los industriales no nos hace gracia estar otra temporada con las vallas en la puerta, pero entendemos que lo importante es el interés general, de quienes pasan por aquí y de quienes no pasan; que la plaza quede bien y que no le cueste un solo duro más a los ciudadanos, porque lo otro era una chapuza evidente».
Y ahí está el meollo de la cuestión. Que el Ayuntamiento o el concejal de turno defiendan la correcta ejecución de una obra como si fuera en su propia casa, lo que no tenemos certeza de que haya ocurrido antes y que ocurra siempre. Tienen argumentos y su parte de razón quienes se remontan a otras obras municipales que han sido recibidas (y pagadas) con serios desperfectos, que no se ha obligado a la empresa a repararlas en período de garantía y que los arreglos posteriores han sido costeados por el bolsillo público. Pero esto parece que se acabó. La firmeza del concejal de Obras en esta actuación concreta de la remodelación del entorno del Mercado (aunque nos quede la duda de cómo funcionó el control y vigilancia durante su ejecución), es un serio aviso a navegantes, un precedente que a buen seguro tendrán en cuenta quienes ahora realizan trabajos públicos y futuros contratantes con el municipio. Y que no decaiga.
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