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HEMEROTECA » |
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MANUEL PRIETO PEROMINGO Ciertamente no deberíamos criticar amargamente ninguno de los actos de los demás, aunque hay que reconocer que la tentación es muy fuerte y a veces caemos en ella todos, seamos buenos, malos, regulares, indolentes, activos, listillos o cretinos. Los cargos públicos, ya mujeres, ya hombres, gustan de no querer reconocer lo que sus adversarios hacen bien. Unas veces ignoran olímpicamente lo que con esfuerzo están llevando a cabo y otras arrean con aviesa intención electoral mamporros a diestro y siniestro sin pararse a delimitar bien sus ataques. Los hacen y se los hacen; y por eso son como son. No podemos dejar de reconocer que algunas veces nos ha ocurrido que miramos a otras personas de nuestra misma condición o edad y pensamos que seguramente nosotros no parecemos tan viejos o tan desagradables o tan estúpidos. Cada uno cree o considera que su situación es la mejor; algo normal y humano.
Su figura femenina se conservaba bastante bien para su edad; se cuidaba, hacía ejercicio todo lo que podía, no se pasaba en las comidas, llevaba una vida sana. Un día como otro cualquiera, en la sala de espera de un notario, al que había ido por primera vez para arreglar unas escrituras, encontró colgado en la pared un diploma en el que constaba el nombre y apellidos del notario en cuestión, con su lugar de nacimiento. Al leerlo, le vino a la mente el recuerdo de un mocetón alto, fuerte, de pelo castaño y ojos alegres que tenía el mismo nombre y que había estado en su curso, allá en los tiempos en que ella tenía diecisiete o dieciocho años en el instituto. ¿Sería el mismo chico que le había hecho tilín en aquellos años y que tanto le gustó? Cuando lo vio salir del despacho despidiendo a un cliente desechó enseguida tales pensamientos; era este un hombre entrado en años, calvo, delgaducho, con su cara llena de arrugas y con ojos bastante tristes. No era su compañero de clase y de instituto. Después de arreglar los asuntos profesionales que allí le habían llevado, le preguntó tímidamente si había estudiado en el instituto por aquellos años. Sonrió él con añoranza y dijo que sí. Le preguntó entonces que cuándo había acabado. Él le dijo el año y a su vez se interesó en que por qué se lo preguntaba, si podía decírselo. «Sí, es que creo que te conocí en mi clase». La miró pausadamente y dijo él, muy indiscreto: «¡Ah!, ¿sí? Y ¿de qué dabas clase? Eras profesora ¿verdad?» Sin contestar nada, ella se levantó, se despidió y se marchó con una sonrisa fingida, mientras pensaba furiosa: «¡Habráse visto!, majadero, flacucho, calvo, carcamal insensible? ¡Pues vaya notario! Porque notar no nota nada?¡Qué modo de llamarme vieja!, cretino hijo de?»
Y es que hay que mirar con generosidad a todos y sembraremos alegrías. ¡Claro que hay algunos que son incapaces de ello, aunque vistan cargo y quieran tener pose!
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