Políticos de raza

Hay que rezar en Washington, pero también en Madrid, en Cáceres y en León

 
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RAFAEL MONJE El político no está en sus mejores horas. La gravedad de la crisis, con un paro desbocado, y la caída libre y sin red de la confianza en nuestros representantes públicos están haciendo mella en este oficio tan digno como otro cualquiera. Cierto es que las tramas de corrupción no son precisamente el mejor aliado para que este sector salga airoso del envite, pero no por ello se debe generalizar y mucho menos condenar a quienes también se dejan la piel en el tajo político. Lo fácil, ya se sabe, es meterse con ellos y responsabilizarles de todos nuestros males. Los políticos de ahora siguen viajando en coche oficial, pero la mayoría es gente anónima que rara vez sale en la televisión y en los periódicos y que compagina su trabajo en el campo o en la fábrica con la actividad pública. Ahora los políticos también se congelan el sueldo; incluso se lo bajan. Se desplazan en coche en lugar de viajar en avión y se hospedan en hoteles más baratos. Estamos en lo que un buen amigo denomina la tecnocracia, porque no hay directivo, alto funcionario o gerente de empresa pública que, por razones de trabajo, deje en cambio de hospedarse en el mejor hotel de la ciudad y de comer en los restaurantes más finos y caros.


El político es admirado y odiado a la vez. Admirado porque tiene poder, capacidad para mover hilos y, supuestamente, mano para beneficiar a sus más allegados. Se les llama señorías, ilustrísimos y excelentísimos, una terminología que aún deja boquiabierto a más de uno. Y odiado porque se da por hecho que gana una pasta gansa, que goza de prebendas y tiene asesores múltiples, conductor y vehículo oficial; es decir, todo un lujo que produce la general envidia. Lo mires por donde lo mires, a los políticos les caen todos los palos, algunos con verdadera razón, pero otros ya por simple costumbre. Conozco a políticos que no han cotizado en su vida a la Seguridad Social antes de ocupar un cargo público y a otros que han prosperado lo suyo desde el ejercicio público. Pero también conozco a muchos políticos honrados, trabajadores, implicados de sol a sol en la tarea común, que viven al día y que siguen fieles a sí mismos, al paisanaje y a sus ideas.


Por todo ello, creo que es un error esa tendencia a generalizar y a maldecir a la clase política. Otra cosa es el político irresponsable, incoherente, enraizado en el ansia del poder e incapaz de reconocer sus errores. Otra cosa es la opacidad de las organizaciones políticas, los codazos internos, la fragilidad de ideas y la sumisión hacia el de arriba, cuando la lealtad no hay que identificarla con la sumisión, sino con la voluntad de corregir aquello que envenena la actividad pública.


No es momento para generalizar, sino de exigir a unos y otros que ejerzan con vehemencia aquello para lo que han sido elegidos, desde la responsabilidad y la conciencia. Hay mucho en juego: el drama diario de más de cuatro millones de personas sin empleo, la debilitada credibilidad económica del país y la falta de confianza en la capacidad de nuestros representantes públicos. Es, por el contrario, el momento de los políticos de raza, los que llaman al pan, pan y al vino, vino; los que cogen el toro de la crisis por los cuernos y los que, llegados el caso, dejan el paso a quienes tienen renovada vitalidad y nuevas ideas. Hay que rezar en Washington, pero también en Madrid, en Cáceres y en León. Hay que ser coherentes con lo que se dice en la calle Génova y al día siguiente en Castilla-La Mancha. Y hay que dotar de impulso político a una tierra, la nuestra, en la que parece que todo el pescado estuviera vendido. Es, en definitiva, la hora de los políticos de raza y con vocación de liderazgo. Las mamandurrias, los anuncios estériles y los juegos en el alambre ya no sirven.


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