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El hombre que no era feliz

El color negro cuando alcanza tan intensa cualidad presagia a cuervo, a luto, a duelo

 
El hombre que no era feliz
El hombre que no era feliz  

ANTONIO LÓPEZ ALONSO Taisir; se llamaba Taisir. Tenía esa edad en la que la vida nos puede confundir con más frecuencia: ni muchos ni pocos años: 33.
Su cara alargada exhibía la verticalidad exhaustiva del chopo, y en sus ojos anidaba una profunda tristeza.

En el momento en el que andaba metido en este pensamiento Taisir estaba frente a mí, reflejándose en su rostro la primera luz de la amanecida del día en el que la negrura de su noche se había distinguido con el acento de una opacidad vítrea.


El color negro cuando alcanza tan intensa cualidad presagia a cuervo, a luto, a duelo. Así el pelaje de la noche vivida hacia atrás una vez descorrido el velo del tiempo.


Pero, por esos misterios que esconde la naturaleza, conforme el crepúsculo fue perdiendo identidad, el rostro anémico de Taisir se fue llenando de trazos y tonos azules y en la transparencia del aire que nos envolvía se filtraban reflejos amarillos y rojizos.


Y Taisir empezó a mover los labios, conforme me trasladaba palabras, con una prosaica dejadez, como si hubiera perdido las ganas de vivir, o le importara muy poco lo que estaba viviendo. Un hilo violáceo pincelaba el color pálido de unos párpados, que permanecieron medio abiertos en todo momento, como deseando ocultar aquella fracción de pena que manaba de sus ojos.


-«Me llamo Taisir, que quiere significar en mi mundo, alegría, sonrisa, dulzura, ternura, esperanza. Pero mi humor vencejea de forma alarmante, cada vez con más frecuencia, y una monótona dejadez de melancolía apremia todas mis carnes. No soy feliz, señor». Y su mirada fue a posarse en el aire, en la indefinición del espacio que asomaba el semblante desde la distancia.


-«He consultado a todos los que poseen sabiduría en el ánimo de los hombres, pero en mis mejillas no he logrado que asome un solo suspiro de conformidad.


Solo pienso en morir, en concluirme para siempre».


Y Taisir me contó su vida, quién era, por qué su forma de hacer las cosas, hasta cuándo estaba obligado a hacerlas. Y Taisir hablaba y hablaba; y yo le escuchaba y miraba embargado por esa melancolía de desastre inminente.


Mi deseo coincidía con el suyo, aunque por distintas razones: quería que continuara contándome sus cosas, esas palabras que, quizás, nunca hasta ahora había pronunciado a nadie.


Movía las manos con el típico estigma de la caducidad, como si, en efecto, no deseara -o casi nada le importara- seguir caminando por el tránsito de una existencia por él discutida y abierta al insondable y frío vacío de la desesperación. En mí crecía el anhelo interior de búsqueda, de saber exactamente porque Taisir se encontraba en la situación en la que se encontraba, incapacitado para reconocer la vida con un cierto matiz de esperanza, aceptándose como un imposible.


Pasaron los días y Taisir no cejaba en su empeño de seguir hablando. Yo, en ningún momento le perdí la mirada, consideraba que así debía de ser mi comportamiento: escuchar y mirar.


Al tercer día, detuvo su parlamento y calló y una erupción volcánica de lágrimas humedeció la piel de su cara.


Taisir callaba y lloraba. Lloró durante otros dos días seguidos hasta que se le secaron los ojos, pues en esta vida todo termina muriendo.


Yo lo miraba en silencio para no perturbarle su dolor, -solo se llora cuando se está herido-. El agua salada de los lagrimales empezaba a cicatrizar la llaga.


Le permití llorar todo el tiempo que deseara hacerla, convencido de que le haría bien. Además Taisir era mi huésped.


Pasaron otros siete días y en su mirada seca solamente prevalecía el abismo y en su cuerpo la absoluta ausencia de gestos y movimientos como si todo él hubiera perdido la razón, mostrándose, sentado en su piedra, como una figura de manicomio.


Paseé yo un rato de muchas horas seducido por el color rojo y azul de la tarde, el amarillo del crepúsculo, el gris de las nubes y el verde permanente de la hierba del prado.


Por fin, acepté que mi tiempo había sido el necesario para Taisir y también mi silencio. Cuando asumí esta idea le dije:


-Taisir, ¿tienes casa donde cobijarte?


-Sí; respondió.


-¿Y trabajo para que los tuyos no se mueran de hambre?


-El campo, la tierra, nos proporciona lo necesario para vivir tirando.


-¿Te sientes querido por los que contigo viven, comparten el día a día?


La mirada uncida a la tristeza de Taisir, se detuvo donde se pierde el nítido perfil de las cosas, su forma, el sentido con el que se explican cuando las hacemos nuestras. Y calló. Nuevamente parecía que iba a caer en ese estado de estupor catatónico. Pero no; su silencio duró el mismo tiempo que la avutarda abandona la rama del álamo y esta deja de temblar.


-Percibo ese sentimiento: mi esposa y mis hijos -tiernos como las yemas que brotan de la tierra-, creo que me aman.


-Y tú, ¿quieres?


Una bandada de sombras revoloteó entre los espacios que alardean de existencia a nuestro alrededor, y el pico de un pájaro carpintero golpeó cien veces el tronco del chopo en el que estaba.


Y Taisir se levantó de la piedra en la que había permanecido un tiempo. Me miró por primera vez con lo más íntimo de su mirada y en el instante siguiente la retiró. Caminó la montaña una y mil veces y una y mil veces regresó a mí con la intención de responder. Pero había algo en su interior que enmudecía su lengua, las cuerdas dinámicas de su laringe.


Llovió; salió el sol y a un día sucedió la noche que se extinguió en el inicio del siguiente día.


Y Taisir se paró; se paró junto a la choza en la que yo sentado estaba. Esperando. Se paró frente a mí mientras una lágrima, densa y opaca como las nubes que presagian tormenta, vació de un solo golpe la cuenca de cada uno de sus ojos.


Y por fin, habló.


-No.


Retumbaron los árboles, las nubes, el agua, los sueños, la vida. Todo se enredó en el alma de la tierra. Y en mi alma. Se había descubierto. Por fin. Por primera vez en su vida alguien le entendió que no había querido a nadie desde que nació. Por primera vez aceptó, que, ni un solo beso acariciado había salido de sus labios.


A continuación añadió:


-Tu silencio; la paciencia de escuchar mis palabras y mis silencios, me han descubierto la verdad.


Y se marchó. Cuando alcanzó el último repecho que descansaba casi en la cima de las montañas azules, levantó su brazo y agitándolo me dijo adiós.


Y entonces el que lloró de felicidad y enmudeció de alegría para siempre fui yo.


Había vivido idéntica experiencia a la de Taisir unos años atrás de un pasado.


Por desgracia el amor se desvanece y extingue con facilidad.

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