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HEMEROTECA » |
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CARMEN FERRERAS El título es excesivamente largo y nada periodístico. Pero es el grito desolado y desesperado de la directora ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), Ann Veneman, tras el devastador terremoto que ha asolado Haití. Al perro flaco todo son pulgas. Haití es el país más pobre de América Latina. Una sombra del paraíso que fue hace muchos años. En ese país devastado por la furibundia de la tierra, enfadada y vengativa, el 49% de los casi 10 millones de personas que viven en el país son menores de 18 años, son niños, siempre vulnerables, especialmente en este tipo de catástrofes naturales y en las guerras.
Los pequeños generan necesidades muy especiales en materia de alimentación, refugio y protección. Hay que pensar también en ellos cuando de auxiliar a quienes más lo necesitan, el pueblo haitiano, se trata. Hasta donde yo sé, Unicef ha proporcionado ya un total de 3,4 millones de dólares de otros recursos de emergencia para ayudar a unas 10.000 personas. No debemos esperar a escuchar sus gritos de angustia pidiendo socorro, pidiendo que el mundo desarrollado no se olvide de tanto paria como habita el país. Hay que arrimar el hombro y quitarse de algo superfluo aquí, para llevar algo de primera necesidad allí, al lugar de la tragedia, mucho más espantosa y dolorosa de lo que nos muestran las imágenes de las televisiones.
Hay que aunar esfuerzos como han hecho Unicef, Cruz Roja Internacional y Media Luna Roja Internacional quienes, sobre el terreno, están atendiendo desde el primer momento las necesidades de los niños y mujeres, que son los más vulnerables. Y eso que también estas organizaciones han sufrido bajas físicas y patrimoniales. La sede de Unicef en Puerto Príncipe ha quedado totalmente destruida. Pero eso es lo de menos, lo que se cae, se levanta. Lo importante, ahora, es rescatar con vida a las personas que puedan hallarse bajo los escombros y atender convenientemente a los que han sobrevivido a tan intenso y destructivo seísmo.
Éste, de magnitud 7,3 en la escala de Richter, que ha sacudido de forma tan violenta Haití, ha sido devastador y salvaje. Hay que hacer un hueco enorme a la generosidad para hacer que la solidaridad germine y crezca al lado de tantas personas como se han quedado sin hogar, al lado de tantos niños a los que se ha empezado a proteger de inmediato para evitar la temida explotación de la que se les hace objeto. Merece la pena abrir como nunca los ojos y decidirse a ser útiles, incluso desde el confort del sillón de casa, haciendo como ya digo, un hueco a la generosidad, por pequeña que sea para que al dolor que producen la devastación y la muerte no haya que sumar el de la indiferencia y el olvido.
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