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HEMEROTECA » |
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ANTONIO AMIGO Mucho más práctico que el nacimiento (sobre todo en las zonas donde teníamos pinares a mano) triunfó decididamente sobre éste, que, aunque se siguió colocando, no podía competir con la vistosidad y el colorido de bolitas y espumillones. Acto seguido, otro extraño irrumpió en la escena navideña, el «Papá Noel», un grasiento vejestorio que la Coca-Cola tiñó de rojo y blanco, y que mantiene desde entonces una lucha desigual con nuestros orientales soberanos por colmar las ilusiones de los más pequeños.
Pocos años más tarde se nos moría el dictador y la modernidad imponía nuevas reglas. Mientras los resortes del poder eran convenientemente reubicados, se proclamaban a toque de clarín las virtudes de la democracia, concepto éste que casi nadie conocía: ¿Qué demonios era aquello de que gobernara el pueblo? Inciviles y ahostiadores se reconcomían sólo de pensarlo... Pero la decisión estaba tomada fuera de nuestras fronteras toda vez que, gracias al televisor, España tenía ya la madurez suficiente para recibir un presente de tal envergadura. Bastaba doblegar a los restos de la izquierda radical para que suscribieran el juego, crear un partido ad hoc que tomaría las riendas, y revestirlo todo de legalidad, pluralismo y participación. Después, Cánovas y Sagasta harían el resto. Así, mientras se nos ofrecía un nuevo dios al que idolatrar, nuestro nacimiento languidecía en desvanes y trasteros abrumado por la barahúnda de luces y reclamos publicitarios.
Por esas fechas se produjo también un importante desplazamiento de la iconoclastia católica por el que pasó a prestigiarse la pasión de Jesús, de modo que la imaginería de postín y los sambenitos cobraron una inusitada relevancia que empequeñeció más aún las humildes pajas del pesebre.
Pero hete aquí que el tráfago pendular de los tiempos hubo de fomentar los valores tradicionales e incluso la ecología. Y así, con las instrucciones que nos diera Martínez Soria para su montaje, corrimos al son del tamborilero en busca de nuestro arratonado nacimiento al que, además de lustre, dimos el nuevo nombre de «belén» -mucho más cómodo- dejándonos entre los raídos envoltorios el nombre tradicional que, a todas luces, delataría nuestra cazurra procedencia. De este modo, los nacimientos de la infancia pasaron a ser belenes en un giro metonímico muy característico de la idiosincrasia de estas tierras (bien entrenados en el eufemismo, las metonimias nos salen que ni pintadas).
En la actualidad, hijos todos de la calenturienta aldea global, nos atrevemos con el e-mail y el facebook con la misma fruición con que antaño manejábamos la tralla y el pespunte. Asumidos belenes y cristos como sinónimos de despropósitos, no nos queda otra que afrontar las propias contradicciones: mucho «belén viviente», mucho borrico zamorano-leonés, mucha mascarada de invierno, mientras, como el «nacimiento», agonizan los pastores, y a los «nacidos» en la provincia, eternos enemigos en fuga, se nos sigue prometiendo «puente de plata» y se nos bendice con el AVE... María.
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