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HEMEROTECA » |
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JOSÉ LUIS MARTÍN RODRÍGUEZ
La ilusión y el vivir ilusionado no son algo exclusivo de la juventud, aunque sea más propio y conveniente que la juventud viva ilusionada. También las personas de edad, incluso de mucha edad, pueden y suelen tener sus ilusiones. Venía el «Día de la Provincia» de 2009 en un autobús con un amigo que tiene 81 años y muchas operaciones, más de una grave de corazón, en su haber. Y, habiendo salido, ante una obra del alcalde señor Gallardón, el tema de las Olimpiadas y en concreto la de 2024, ante la duda de que se le concedieran a Madrid, dijo mi amigo: «Seguro que yo ya no veo Olimpiadas en Madrid»; es decir, que pensaba en acontecimientos de sus 92 años. ¡Bendita ilusión la de mi amigo!
Pero no es de él de quien quiero hablar en este relato. Hablaré de otro añoso conocido. Salía de su casa pasadas las cuatro y media de una tarde otoñal; iba muy animoso, porque iba a recoger a su nietecita a la salida del colegio. Esa nietecita, normalmente muy alegre, da vida y alegría a la familia, en especial al abuelo a quien ha rejuvenecido y en quien tiene la niña suma confianza. Apenas nuestro protagonista había comenzado a subir la cuesta en la que está la calle por donde se va al colegio, advirtió algo que no le produjo alegría alguna, sino todo lo contrario: sus piernas, antes ágiles y resistentes, acusaban cansancio; su andar, nunca airoso, pero siempre firme, era bastante tambaleante y, aunque no hacía las eses del beodo, en él imposibles puesto que es abstemio, iba poco recto, midiendo la acera, a veces, de un lado al otro.
Tardó algo más de la cuenta (más de su cuenta de otras veces) en subir la cuesta y llegar a la puerta del colegio. Pensó: ¿se deberá a la glucosa, hoy bastante alta? ¿Tal vez a la falta de hierro en la sangre, como dice el último análisis? ¿O serán, acaso, los años, que ya se aproximan a los ochenta? ¿Tal vez las tres cosas? Nuestro hombre llegó muy preocupado a la puerta del colegio donde ya esperaban unas cuantas personas.
Como no conocía a nadie de los que allí esperaban en ese momento, el «anciano» permaneció en absoluto silencio pensando hacia atrás y devanando la película de su larga vida.
En la vida real, al ver crecer a un niño o rememorando acontecimientos pasados, solemos decir: «¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer…». Y así es; el protagonista de este relato, al subir la ahora penosa cuesta, pensaba en lo liviana que era, en su juventud, la escalada de algunos montes de lo que hoy es Cantabria y entonces la provincia de Santander. Pero esta apreciación real del paso del tiempo es una película asombrosamente rápida cuando la imaginación realiza ese recorrido. Dicen que los moribundos recorren imaginariamente toda su vida en escasos segundos. No hace falta estar al borde de la muerte para experimentar ese fenómeno. A nuestro hombre le bastaron breves momentos para hacer ese recorrido en profunda abstracción.
Y tan abstraído estaba que, a pesar de estar mirando continuamente la angosta puerta por donde saldrían los pequeños, entre los que se encontraba su nieta, no advirtió la salida de ésta hasta que ella, a diario algo esquiva y huidiza de las caricias de su abuelo, estaba junto a él, abrazando sus piernas y llorando desconsolada porque algún «amiguito» le había roto uno de los adornos de su «mochila». El abuelo, que no puede soportar el llanto de un niño y menos, por supuesto, el de su pequeña, puso todo su empeño en consolarla, besarla y abrazarla con infinito cariño, y tratar de hacerle ver la escasa importancia que tiene, en sí mismo, el pequeño desperfecto.
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